martes, 4 de enero de 2011

Más complejo que armar algo de Ikea

Siguiendo tu consejo, me estoy conociendo a mí mismo y aún no sé si me alegro. Intento canjear mi espíritu malo de la Navidad por uno bueno y con tal objetivo me he enfrentado a las que, desde hace años, vienen siendo mis asignaturas pendientes en esto de las habilidades sociales. Primero fuí, con unas amigas, a tomar un café al Solleric, en Palma, entorno perfecto para convertirte en presa de las vendedoras ambulantes chinas. Ellas, con su muestrario completo de los siempre prácticos micrófonos luminosos, un puñado de destellos y las imprescindibles tiaras brillantes, tienen un talento especial para irrumpir en las conversaciones con una sonrisa a prueba del vestidor de Mariah Carey. Te juro que lo intenté pero es que estas chinas son como las contracciones del embarazo, tienes una cada cinco minutos. Así es imposible mantener un diálogo coherente y a la novena vez que me encontré con un pikachu resplandeciente ante mis narices contesté un NO tajante y nada amistoso que no borró la sonrisa de su cara y sí la recondujo automáticamente a la mesa de al lado, donde unas señoras vestidas y peinadas como si acabasen de interpretar una obra de Noel Coward, le dijeron: “No gracias, pero que tengas suerte guapa”. ¡Otra vez el espíritu de la Navidad!, pensé. Un día después probé suerte con las operadoras. Llamé a Telefónica, ahora Movistar, y me contestó una voz: “Bienvenido a la línea de atención personalizada”. ¿Atención personalizada? ¡Pero si estoy hablando con una máquina! Y lo que es peor, después de hacerme hablar durante cinco minutos con ella, como si fuera un esquizofrénico, la voz me dijo: “No disponemos de la consulta solicitada”. ¡Y me colgó! ¿De verdad crees que tengo que seguir intentándolo? Tal vez deberías aceptarme tal y como soy: complicado; más complicado que armar un mueble de Ikea, que esa es otra. Un beso. Paco.

lunes, 3 de enero de 2011

Yo también fui virgen

Amigo, ya sé que estás a punto de llegar a España para celebrar las fiestas en familia pero si tú desencadenaste este conflicto interno que vivo, tú vas a asistir a cada paso en falso que dé, aunque para ello tenga que cambiar el mail por el sms. El otro día presencié una conferencia de un escritor uruguayo que me aclaró que no estoy solo en el mundo; que seres semivacíos, primitivos en sus sentimientos y nada evolucionados en su interior, hay muchos. Eso me tranquiliza porque en el supuesto de que algún día la Tierra fuera invadida por fuerzas extraterrestres, el colectivo al que pertenezco sería indispensable para el combate y la victoria frente al alienígena, tanto por su número -el escritor dijo que éramos muchos- como por el sentimiento desarraigado, dato más que importante a la hora de decidir quién avanzará como escudo humano en una guerra de las galaxias. El escritor me estaba aportando mucha confianza en mí mismo hasta que puso a Cristo como ejemplo de persona evolucionada y a la Virgen María como todo lo contrario. Sus argumentos fueron que mientras Jesús sufrió y dió la vida por los demás, María sólo padecía por su hijo. Y a mí, que no tengo nada de mesías pero sí fui virgen una vez -los hay que piensan que aún lo soy-, pues no me sentó bien y abandoné la conferencia algo indignado. Y aquí sigo, mucho más perdido que el primer día que empecé a buscarme. Algo me dice que no me voy a encontrar antes de la Nochebuena, lo que supondrá tener que volver a ser el bicho que se queja del menú (ya son cerca de treinta y tantos años cenando lo mismo esa noche), que se niega a jugar al Pictionary en una mesa llena de cáscaras de pistachos y cabezas de langostino, y que le oculta a la tía Carmen el mando de la tele para que no pueda hacer zapping y descubrir que Raphael hace un especial en La Primera, con lo que a ella le gusta. Soy un monstruo. Lo sé.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Navidades narcóticas

No quiero parecer un aguafiestas pero de un tiempo a esta parte, la Navidad se ha vuelto narcótica. Navidades Narcóticas. Así lo veo yo. Como el título de una película muy de serie B. Pensé en ello la otra tarde, cuando paseaba por los alrededores de uno de los territorios más conflictivos en estas fechas: la Plaza Mayor. En la Navidad española, las plazas mayores dejan de ser el centro de la vida urbana para convertirse en una zona inhibidora del sentido común y la vergüenza ajena. Eso, que de entrada no vendría nada mal incluso en otras épocas del año, adquiere por estas fechas un nivel desproporcionado con características psicotrópicas. O sea, puedes pasar del jolgorio al grito aterrado con una facilidad asombrosa. Nuestra amiga Marta está convencida de que en la nieve en spray, la que venden en los puestos de la plaza, hay un agente químico que actúa sobre el sistema nervioso central y provoca que un correcto señor de 57 años de Ávila, vestido con la discrección de la clase media y con cara de agotamiento vital, se plante en la cabeza una peluca de espumillón rojo y camine mirando escaparates con una naturalidad hasta digna. Eso sí, del brazo de su señora, que también lleva una peluca de espumillón amarillo. Yo, que jamás he estado en contra de un buen pelucón pero que siempre lo he visto como parte de un ritual que incluyese su pestaña postiza, su buen vestuario y su taconazo, pensaba que ese tipo de actitudes en los contornos de una Plaza Mayor en Navidad, tenían su causa en la presencia, siempre confusa, de una criatura. La infancia es capaz de travestirse sin complejos y, lo que es mejor, de lograr que sus padres también lo hagan. Pero la zona narcótica no tiene en cuenta el libro de familia. He visto a parejas adultas, jóvenes, grupos de amigos, todos con un gorro cabeza de reno encima y sin rastro de infancia a sus pies. Incluso algunos no manifestaban síntomas de embriaguez. Estaban serenos y actuaban con la misma dignidad con la que se moverán por la ciudad tres semanas después. Pero con cuernos en la cabeza. Si eso no es cosa de narcóticos, que venga Dios, recién nacido, y lo vea.

El resumen del año

Mire donde mire, no puedo evitar darme de bruces con un resumen del año. Redactado, con imágenes, en sonidos, en aplausos, en lágrimas, en gritos, en apretones de manos y hasta en tocamientos mucho más puros de lo que algunos piensan. Cada uno cuenta el año como quiere. O como puede. Hay balances basados en entierros, en destierros, en movimientos de tierras y en terrenos que nunca se merecerán a sus terratenientes de alcalde. Estábamos hojeando una publicación que resumía el año con las mejores instantáneas de 2010 cuando nuestra amiga Encarna dijo: “Yo podría resumir mi año como si fuera Bridget Jones: en pesos y en tallas. Enero, febrero y marzo; tres meses de hojas de lechuga para llegar a una 38 cuando voy y conozco a Manuel. Abril: me dijo que me quería y crecí tres tallas. En mayo, me dejó plantada por miedo aún no sé a qué y me dió por las patatas de bolsa y los pañuelos de papel. Llego a la 46. Junio, julio, agosto y septiembre; no disfruté el verano, época perfecta para los amoríos, porque me deprimí tanto con lo de Manuel que me lancé a comer como una mula y me puse súperceporra, de manera que embutirme en un bañador era un atentado estético. Mi talla hizo juego con el aniversario de Los Picapiedra. En octubre conocí a un tipo de Huesca por internet y empezamos a chatear cada noche. Bajé una talla, que a mí la ilusión me adelgaza. Noviembre: me encontré con Manuel y noté que seguía enamorada de él mientras él ya se ha enamorado de otra. Me comí unas cuarenta XXL del Burger King. Sin esfuerzo me planté en la 52. En diciembre, decidí ponerme a régimen durante la primera quincena. Un logro discreto ya que a partir del día 22 no hubo noche que no celebrase la navidad con algunos de los compañeros de las siete empresas para las que trabajo. Ahora soy una boya de salvamento marímitimo que se ha propuesto para el 2011 adelgazar y hacerse lesbiana”. No nos quedó más remedio que cerrar la revista y empezar a preguntar cuanto costaba la matrícula en el gym de moda.

martes, 28 de diciembre de 2010

Inocente

Hay un día en el calendario cristiano que recuerda la matanza de recién nacidos que llevó a cabo un tal Herodes cuando le comunicaron el nacimiento de Jesús. En nuestra sociedad, la espeluznante escena se celebra bromeando como si viviésemos en un cuartelillo y la novatada fuera otra manera más de demostrar poder. “Te lo voy a decir sin ánimo de ofender”, dijo mi amiga Encarna, “pero eres un joderollos”, soltó así, a bocajarro, con el spray de nieve artificial en la mano. Hoy hemos vuelto a celebrar el Día de los Santos Inocentes; ese día en el que pueden tirarte huevos sobre el abrigo nuevo, dejarte en ridículo ante decenas de personas e incluso jugar con tus emociones para acabar gritándote, en el mejor de los casos y entre carcajadas, un ‘¡Inocenteee!’ que debes afrontar con una radiante sonrisa de mala leche. Me considero una persona con muchísimo sentido del humor pero cada vez tolero menos las bromas. Como todo, ‘las inocentadas’ han evolucionado a medida de la sociedad. Ya no es gracioso un monigote de papel colgado en la espalda. Ahora la diversión está más cercana a la novatada. Y si pinta cruel, rollo Neil LaBute, pues mejor. La broma adquiere categoría en la medida en que resulte más humillante para la víctima olvidando que, si tú no te ríes, no es gracioso. Cuando digo esto, el grupo de amigos me mira como si fuera Cañita Brava cantando un tema a dos voces. “Está claro: te estás haciendo mayor”, dijo Marta, especialista en bromas telefónicas. Puede que tenga razón pero distingo perfectamente lo que me hace gracia de lo que no. Me pasé el Día de los Santos Inocentes tranquilamente en casa, evadiéndome de la provocación, de la burla y de los malos pensamientos. Que no es la primera vez que una broma me ha hecho invocar a ese tal Herodes con la esperanza de que se llevase a los bromistas; si era posible, a cachitos. “Deberías volver al psicólogo”, concluyó Marta. “Ahora hay una oferta muy buena: tres sesiones y pagas dos”. Fíjate, eso me hizo gracia.

domingo, 26 de diciembre de 2010

La ley Sinde

Cuando una ley deja de identificarse con su nombre oficial y pasa a conocerse popularmente con el apellido del ministro que la respalda, tiendo a pensar que algo va mal. Ya sucedió con la Ley Corcuera y ha vuelto a suceder con la Ley Sinde. Imagino que yo, que comparto profesión con la ministra, debería pensar que esa ley que tumbó el Congreso el martes pasado me defendía. Si era así, ¿por qué no tuve esa sensación? La Disposición Final Segunda de la Ley de Economía Sostenible hablaba de proteger a los creadores. Mi impresión es que no se refería a todos los creadores sino a los rentables. Entonces, ¿por qué lo llaman cultura cuando quieren decir negocio? Además, hablamos de la industria de la cultura y el entretenimiento, que aquí parece que todo es contenido cultural y me gustaría saber a mí qué conocimientos genera Fast and Furious 5. Pero aún así, me tragaría mi complejo de ‘poco rentable’ y apoyaría una norma que, aunque sea a largo plazo, algún día me pudiera proteger. Y me encuentro con que se iba a crear una Comisión (¡¡miedito!!) para que decidiese si una web vulneraba derechos de propiedad intelectual o no. Y para colmo, como la justicia es lenta, íbamos a tener una vía rápida para no soportar largas esperas. Como si, cuando te pones malo y vas a urgencias, los médicos tuvieran la obligación de atenderte a ti primero porque eres un ‘creador’. Y se me abrieron las carnes de sólo leerlo.

Gracias a leyes de este tipo y a la colaboración de algunos empresarios de la industria cultural, los mismos que me pagan mucho menos por mi guión porque me dicen que el resto lo voy a cobrar en derechos de autor, acabaremos teniendo a la opinión pública en contra. Si a todo el mundo le pareció indignantes las exigencias de un controlador aéreo después de conocer su nómina, ¿con qué cara se defiende que Alejandro Sanz o Warner Music quieran seguir recaudando dinero por un disco ya amortizado? Podría intentar defenderlo pero la Ley Sinde no me lo ponía fácil.

Mucha de la gente que me rodea no tiene nada que ver con mi universo laboral. Todos, de una manera u otra, han tenido que ajustarse el cinturón en sus empleos. Algunos incluso han sufrido en sus carnes una reconversión industrial que les cambió la vida. Y ahora llegan los poderosos de la industria del entretenimiento (en la Coalición de Creadores no están los grupos que cuelgan su música en myspace, ni yo, que ‘guardo’ mis textos en un blog) y les dice que aún no han ganado suficiente. Que aún hay que ganar más. Todos sabemos que no está en peligro la música, ni el cine, ni la literatura; está en peligro un modelo de negocio porque existe una realidad, llamada Internet, que no va a cambiar, por mucha ley que intentemos colar de tapadillo.

Me alegra que no se haya aprobado esta ley y que esto sirva para reabrir un debate en la sociedad. Por supuesto que los creadores deben cobrar por su trabajo. Eso nadie lo discute. Por supuesto que hay que desterrar la idea del ‘gratis total’. Pero tenemos unos políticos tan mediocres que en lugar de potenciar la creación de nuevas plataformas para los productos audiovisuales (¿quién se descarga música desde que existe Spotify?), en lugar de animar a las distribuidoras y productoras de cine a que cuelguen sus catálogos en una web, con calidad y a un precio razonable (en iTunes puedo ver Origen, eso sí, en versión doblada, por 3 euros), se dedican a prohibir. La manera más sencilla de hacer política y la menos pedagógica.

Los grandes empresarios de la cultura, no los creadores, son como los individuos que compran muchos pisos y luego viven de las rentas que les generan esos inmuebles. Lícito,...pero yo a eso no lo llamo cultura. No soy Alejandro Sanz, ni Joaquín Sabina, ni Ruíz Zafón, ni Almodóvar; soy un creador de la parte de abajo del montón. Mentiría si dijera que no sueño con llegar a donde han llegado ellos, a que mi obra tenga mucha más repercusión y difusión, pero, de momento, me conformo con vivir de mi trabajo y quiero seguir haciéndolo. Pero si hay que educar a la sociedad y quitarle el vicio de la descarga (y para eso hay que crear alternativas) también hay que aleccionar a la industria. No es lo mismo grabar una película en la sala de cine, convertirla en un link y comerciar con ella en una web que tener un blog sobre el cine español del siglo XX y colgar escenas de las películas de las que se habla. Con la Ley Sinde en la mano, se podrían cerrar las dos páginas. Pero para mí, como creador, una podría vulnerar mi propiedad intelectual pero la otra, bajo ningún concepto. Ya he dicho muchas veces que no entiendo una cultura que sólo pueda emplearla quien puede pagarla, porque eso no es cultura; es un Rolex. Me niego por completo a aceptar que una comisión, a la que únicamente le preocupa el dinero que va a dejar de ingresar, decida sobre si algo altera mi propiedad intelectual o no. Nada me enorgullece más que ver cómo mi trabajo tiene miles de visitas en Youtube, como se enlazan mis textos en las redes sociales o cómo la gente emplea frases que yo he escrito y que ya forman parte de su vocabulario. Para mí, eso tan contagioso y permeable es cultura. ¿O es que los usuarios de Facebook, Tuenti o Twitter van a tener que cobrarle a la industria cultural la labor que están haciendo al promocionar canciones, videoclips, películas o programas de televisión en sus muros? Hay que permitir que los creadores vivan de su creación pero que su producto pueda viajar por la red, difundirse, porque así, tendremos más trabajo. Y si para eso hay que cambiar la Ley de Propiedad Intelectual, pues se cambia.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Las aventuras de Enrique y Ana. Cap. 10

Año 1985.

Ana cuenta cuentos.

Enrique compone una canción que no tiene título.




ENRIQUE

Tenía la canción lista pero justo cuando estaba pensando en ponerle un título, van las musas y se piran. Y me dejan así en cueros, sin un plan alternativo, con la canción empantaná, sin un título. ¿Y donde voy yo con una canción que no tiene título?


ANA

¿A la mierda?