miércoles, 21 de julio de 2010
Kurt y Courtney. Capítulo V. "Vanity"
Cosas de madre
martes, 20 de julio de 2010
La Transversal. Llamada a Guille Mostaza
Disgustos temporales
Quizá debería recuperarlos y pinchar este tema en alguna fiesta...
El Myspace de Dios

Hay que destacar. Esa es la máxima de nuestros tiempos: destacar a cualquier precio. O brillas o eres invisible, no hay términos medios. Los términos medios están muy mal vistos porque son comunes, vulgares, del montón. Incluso diría más, de la parte de abajo del montón, y eso no vende. Y lo que no vende, no vale. Nuestra sociedad es una inmensa pantalla de televisión en la que la cuestión ya no es aparecer en ella sino permanecer todo el tiempo posible. Ahora, por ejemplo, si no tienes un perfil en Myspace, ese espacio web de interacción social, no eres nadie. Yo me he mantenido, durante años, alejado de ese universo -que además presume de manejo simple y he conocido descripciones de la mecánica cuántica más sencillas- pero desde hace un tiempo ya tengo perfil. La razón es...que hasta Dios tiene Myspace. Llegué a él por casualidad y puedo decir que ya he visto la luz. He entrado en el Myspace de Dios y te adelantaré varias cosas que leí en su perfil. Por ejemplo, Dios está soltero, o sea, que lo de la pareja no debe ser tan buena idea si él ha preferido seguir solo por los siglos de los siglos. Amén. Dice que nació en el cielo pero que ahora vive en Honolulu, o sea, en el paraíso -ignoro si fiscal- de algunos. Es Capricornio y entre sus intereses destaca la música. Especialmente la de todos los artistas y compositores muertos, incluido Cole Porter, que era gay. Le gusta mucho el folk y los crooners. No comenta nada de Jim Morrison o Kurt Cobain. Me temo lo peor. Disfruta con los filmes de Cecil B. DeMille, sobre todo Los diez mandamientos. En literatura resulta más previsible; con La Biblia tiene bastante. Su perfil acumula 445 amigos -no sé si a esto se le llama crisis o desaceleración-, entre los que se encuentra toda la monarquía mundial, incluida la española, Lady Di, Richard Burton y el Espíritu Santo y Jesucristo, ¡¡que también tienen Myspace!! Hay que llamar la atención. Hay que destacar. Es el signo de nuestros tiempos. Y esto...esto ya no lo cambia ni Dios.
martes, 13 de julio de 2010
La recaída

viernes, 9 de julio de 2010
La culpa la tiene el mar
miércoles, 7 de julio de 2010
Himno

lunes, 5 de julio de 2010
Yo tengo una teoría

Sólo hace falta permanecer durante treinta minutos en el epicentro de una reunión para darte cuenta que las teorías son como los culos: todos tenemos una. No importa si está basada en datos científicos o en la experiencia; da lo mismo si alude a un tema de vital importancia para la sociedad o unicamente tiene que ver con tu vida doméstica; no importa que sea una absoluta gilipollez; lo importante es que la sepas vender. “He pasado un fin de semana muy tranquilo”, le explicaba a una compañera. “Prácticamente durmiendo todo el rato y, la verdad, no entiendo bien porqué...tampoco es que hubiera hecho nada agotador”. Vamos, uno de esos típicos comentarios de ascensor. Entonces va ella y dice: “Yo tengo una teoría”. ¡Ay! “Cuando el cuerpo te pide dormir, hay que dormir”. Y se quedó tan ancha. Sonreí y me disculpé, con la excusa del baño, para salir de la habitación. Todos tenemos teorías: sobre el calentamiento global, sobre el monolito de 2001, sobre la antiguedad del euskera, sobre el final de Perdidos, sobre la desaparición de Madeleine,...y algunas pueden ser hasta conspirativas. La clave está en su divulgación. Hay que promocionarlas, difundirlas; de lo contrario, se te quedan dentro y se enquistan y, ¿quién quiere una teoría enquistada? Pero cuando nuestras habilidades sociales llegan a extremos casi delictivos es en el momento en el que el “yo tengo la teoría de que...” se transforma en un sospechoso “yo soy de la opinión de que...” El proceso que genera la opinión es muy parecido al de la teoría pero aquí se añade el agravante de que ya no basta con tener; ¡es que hay que ser! En esos casos, las teorías se llenan de opiniones y el resultado siempre suele acabar en un pobre receptor cagándose en la libertad de expresión e imaginándose un estado de excepción que, por lo menos, calle la boca a su interlocutor. ¡Qué curioso es el resorte que nos lleva a asociar las ideas! Acabo de acordarme de Francisco José Alcaraz. ¡Qué curioso! Incluso creo que este blog no es otra cosa que un montón de "yo soy de la opinión de que"...y me acaban de entrar unas ganas locas de callarme la boca, para cumplir con el ejemplo.
sábado, 3 de julio de 2010
Las noches espontáneas

Siempre he defendido la comunión del ocio. Pocas sensaciones se pueden igualar a la que se desata cuando un grupo de amigos se reúne y estalla la carcajada. Es como sí la física y la química de las relaciones humanas creasen unas partículas que, al chocar unas con otras, provocasen una descarga eléctrica de felicidad. La energía que desprende esa sucesión de emociones nos hace sentir tan bien que buscamos desesperadamente su repetición, provocándola si es preciso. Pero ahí reside la magia de ese instante; en que no se puede prever. Si es verdad aquello de que al lugar en que fuiste feliz, no debieras tratar de volver, quizá tendríamos que dejarlo todo en manos de la espontaneidad. Y ahí es donde quería llegar. Los amigos coincidimos el lunes en nuestro local favorito. No habíamos quedado, simplemente la casualidad nos reunió allí. Al día siguiente teníamos que trabajar así que nos prometimos una copa y retirada. Sin embargo, todo a nuestro alrededor indicaba que la descarga de felicidad estaba a punto de producirse. ¿Qué hacer en esos casos? ¿Asumir el peso ingrato de la responsabilidad o dejar rienda suelta al disfrute? El Sistema -con mayúsculas, el mismo que dirige nuestras vidas y nos empuja a contratar una hipoteca, a organizar nuestra vida en base a horarios, plazos e impuestos- no tolera la espontaneidad. Según vamos sumando velas a nuestras tartas, notamos como el entorno considera apropiado que los actos originales, casi instintivos, sean reemplazados por pensamientos reflexivos, por emociones controladas, por altas dosis de sentido común. Digamos que el Sistema exige a los individuos que componen su engranaje actitudes que él no tendrá jamás. “Es lo que Foucault llamaba el imperativo de la normalidad”, añadí. “¿Quién?”, preguntó Emma, frunciendo el ceño. “El de los chocolates”, contestó Encarna. Al notarse juzgada por varios pares de ojos, Encarna se explicó. “El de los chocolates Foucault. ¿No lo habéis probado? Se suele emplear para cubrir tartas y bombones”. “Fondant”, dijo Marta, muy serena. “El chocolate se llama fondant”. Y Encarna rompió en una carcajada contagiosa que nos acompañó hasta las 6 de la madrugada. Adoro las noches espontáneas. Al día siguiente no éramos seres pero asumimos nuestro malestar general sabiendo que la verdadera libertad reposa en la espontaneidad.
Ayer se cerró una ventana
viernes, 2 de julio de 2010
Marlon Brando

Ignoro si Vivien Leigh, cuando levantaba el puño poniendo a Dios por testigo, sabía que estaba grabando historia del cine en la mente de un universo de espectadores. O si Anita Ekberg en la Fontana de Trevi era consciente de que esa secuencia, por sí sola, significaba cine, independientemente de la película que la incluía. Marlon Brando, el que para muchos ha sido el mejor actor de todos los tiempos, falleció a los 80 años dejando cine en las retinas de varias generaciones. Su grito en Un tranvía llamado deseo –nadie ha lucido una camiseta imperio como él- es cine. Era su segunda película, un texto de Tennessee Williams que convertiría al actor en mito, con camiseta sudada y empapada en alcohol. Stanley Kowalski gritando a los pies de la escalera es cine inmortal.
Y aunque hay trabajos que justifican carreras enteras, en el caso de Brando fue sólo el comienzo de una de las trayectorias interpretativas más sólidas del séptimo arte. Mientras La ley del silencio, El Padrino (sus dos Oscar de la Academia), La jauría humana, Guys and Dolls, Sayonara o Reflejos en un ojo dorado iban forjando la leyenda de un actor, el protagonista se encargaba de desmitificarse declarando lo poco que le interesaba el cine –contaba que lo hacía sólo por dinero-, siendo impuntual en los rodajes y negándose a aprenderse los diálogos. La leyenda se tornó negra y su espíritu algo ¡Salvaje! parecía conducirle a la autodestrucción del mito.
Como todas las grandes estrellas de un Hollywood dorado, acabó sus días en producciones menores, muy por debajo de su talento, en las que aún dejaba boquiabiertos a muchos. Cuentan que en el rodaje de la prescindible Cristóbal Colón: el descubrimiento, Brando, que interpretaba a Torquemada, clavaba su interpretación en la primera toma. No debía querer perder ni un minuto en aquel set. Su aparición al final de Apocalypse Now aún pone los cabellos de punta y no conocer su interpretación en El Padrino tendría que estar castigado en el código penal.
Ni siquiera él, con su exceso de peso, arruinado (debía más de 20 millones de dólares al banco), envuelto en tragedias familiares y judiciales, postrado en una silla de ruedas y rodando bodrios de la factura de La isla del Dr. Moreau o Don Juan de Marco, ha logrado que tiñamos de desencanto su leyenda. Brando fue un estupendo actor que se convirtió en icono del siglo XX, y no al revés. Brando fue Stanley Kowalski. Brando fue, y será, cine.
Hágalo usted mismo

Estábamos en un restaurante. El camarero colocó sobre la mesa una banasta de pan moreno y una tabla con jamón, queso, embutidos y tomates partidos en dos mitades. Aceite, sal y unos dientes de ajo completaban el menú. “Todo evoluciona. Hasta el concepto de la mano de obra barata”, dijo Marta. “Y lo kafkiano es que la mano de obra barata se remunera, aunque sea con una miseria, pero se paga. Y aquí, paga el que trabaja”. Ni qué decir tiene que Marta está adquiriendo un nivel en el arte de la queja que no me extrañaría nada verla un día de estos en alguna tertulia política tipo 59 segundos. Aunque con ese cronómetro, mi amiga no tiene ni para empezar. Marta ha iniciado una campaña personal e intransferible contra la moda del ‘hágalo usted mismo’ en el sector servicios. “En las tiendas ya no hay un dependiente. Ahora te buscas tú la vida entre pasillos y estantes hasta que encuentras lo que quieres. Y para colmo, las cajas están desapareciendo para colocar unos terminales de autopago en los que pasas los productos adquiridos por un lector de código de barras y pagas con la tarjeta de crédito. En las gasolineras soy yo la que se sirve el combustible y en los aeropuertos casi todas las compañías funcionan con autocheking, que ya me gustaría saber a mí cómo se las apaña una señora de 70 años con el autocheking de los co…” “¿Me pasas la sal?”, interrumpió Emma, nuestra amiga rubia. “¿Me estáis escuchando?”, preguntó Marta. Todos asentimos con la cabeza mientras restregábamos el medio tomate en el pan. “Supuestamente lo hacen para facilitarnos la vida. ¡Mentira! Es para que el empresario reduzca personal, nosotros hagamos el trabajo de los despedidos y encima paguemos a la empresa. Deberían darnos el premio al gilipollas del año”, reclamó. Nadie apuntó nada. Estábamos demasiado ocupados confeccionándonos la cena. “Nos van a cobrar un pa amb oli, con su servicio incluido, cuando nos lo estamos haciendo nosotros. ¿De verdad os parece normal? Porque esto puede tener su gracia cuando tienes siete años y te tomas la cena como una clase de pretecnología, pero a los 40…a los 40, con lo que nos ha costado tener poder adquisitivo, vamos a los sitios a que nos lo den todo hecho”. Lo alucinante de todo esto es que no te puedes hacer una idea del rebote que se pilló cuando vio que no le habíamos dejado ni un pedazo de pan, ni medio tomate, ni una pizca de jamón.