viernes, 27 de agosto de 2010

Galería de Polaroids

Ecléctico y apaleado


Estimado amigo, para que veas que la derecha tiene inquietudes, te informo que esta semana nos ha visitado Alberto Ruíz Gallardón para hablarnos de música. Su conferencia comenzó con una máxima interesante. Dijo que “la única variante del pensamiento del hombre que no ha defraudado es la musical”. Podría añadir que no opino lo mismo cuando escucho a Julio Iglesias cantar tangos pero no lo voy a hacer porque voy a hablarte de gente que sí se decepciona con la música que escuchan los demás: los ‘xenófobos del ritmo’. Sí, has leído bien. Te pongo un ejemplo. Una vez me encontré, en el café Bosch de Palma, con un grupo de conocidos. Yo venía de comprar música y todos tuvieron la curiosidad de desvelar mis gustos. De la bolsa sacaron el I am a bird now de Antony and the Johnsons y el Feeling de Obk. Me miraron como si fuera un oso hormiguero saliendo de Loewe. “¿Es un regalo?”, me preguntó uno de ellos, con ese aspecto de diseñador gráfico catalán con gafas de pasta, levantando el cd del grupo español. “No, son para mí”, contesté con un orgullo aristocrático. “Imposible. No te puede gustar Antony and the Johnsons y Obk. Es absurdo”, dijo. Y todos rompieron a reír. ¿Sabes la sensación que te produce, cuando viajas en un avión, que la azafata cierre las cortinas que separan a los de Business -lo de primera les debía sonar clasista- para que los ‘miserables’ de la clase turista no los incomoden con sus miradas? Pues sentí algo parecido. Para ellos la música también sirve para echar la cortina entre los de Primera y los de Turista. Y si hay algo que un fan de Tom Waits deteste más que un compás latino es a alguien como yo, capaz de disfrutar con el Closing time de Waits y el Fijación oral de Shakira; que se divierta como pocos bailando el Eres de Massiel y se emocione escuchando el Delicate de Damien Rice; que tenga toda la discografía de Ani Difranco y toda la de Barbra Streisand; que escuche sin complejos a los Arcade Fire, Astrud, Dalida, Carpenters, Falete, Fischerspooner, Kevin Johansen, Hot Chip o Marta Sánchez. Por lo menos los fans de OT no te hacen sentir como un capullo porque te guste Pearl Jam. Mira Ruíz Gallardón, sin ir más lejos, que adora a Pablo Milanés.

jueves, 26 de agosto de 2010

La Transversal. Llamada a David Cantero


Cuando llamé a David Cantero y hablamos de gestionar el tiempo, de las canas y del blog. Ahora David, tras 25 años en RTVE, se marcha a Telecinco. En su blog escribió:

"Me quedan cinco Telediarios. No todo el mundo puede decir eso y que sea rotundamente cierto".

Arte.

Graffiti

Hace unos años, cuando participé en la exposición Fotos Bordadas de Lorenzo y Pasquale Caprile, dedicamos un fin de semana a componer lo que sería La verdadera y triste historia de la caída y ascensión de la simpar Lucecita Rodríguez. El núcleo central de la exposición era una serie de 11 tapices y un gran tríptico final en los que se contaba la historia de esta pobre desgraciada llamada Lucecita. La muestra presentaba fotografías que habían sido impresas en lienzos de algodón de 1,90 x 1,40 y de 1,90 x 2,30, para un posterior tratamiento mediante bordados y aplicaciones. Mi participación consistió en encarnar al sastre o modista que vestía a la doncella para una boda a la fuerza. Pero esa no era la intención de esta entrada; digamos que todo este texto actuaba a modo de introducción.

Lo que quería contar es que la sesión de fotos fue en el antiguo cine estudio Bogart, en el centro de Madrid. Un lugar magnífico e inquietante que, tras su clausura como cine, sirvió de alojamiento okupa y que hoy está cerrado a cal y canto, con los accesos tapiados. Allí saqué esta foto. Una pintada en la pared, que posiblemente siga allí, y que no pensé que me acompañara durante tanto tiempo. Y, sobre todo, que siga significando tanto.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Un buen ambiente laboral

Como una atareada telefonista de principios de los 60, esas que pasaban las llamadas a través de clavijas y que, como bien expone el guionista Matthew Weiner en la serie Mad Men, más valía que se las tuviera contentas porque eran las que acumulaban mayor información sobre el personal de la empresa, hay días que me levanto pensando que valgo más por lo que callo. Sin embargo, como un soplón de la policía de Baltimore, como un personaje de The Wire, también creo que todo tiene un precio y, de un modo casi inconsciente, dejo que la información fluya cual riada. Esta semana, mientras caminaba por los pasillos de ese insólito lugar que es la Casa de Radio, en Prado del Rey (es un sitio lleno de puertas donde uno ignora por completo qué se esconde tras ellas, como si entrase a formar parte de un falso cuadro de Magritte sobre ladrillo de posguerra), me crucé con unos sindicalistas. Les confieso, con el secretismo de una telefonista que cree conocer el cotilleo del mes, que he llegado a un punto en el que un liberado sindical me da más miedo que un miembro de la patronal. Ponían el grito en el cielo por el hecho de que David Cantero, fijo de RTVE durante más de 25 años, se marchase a Telecinco. Asumían que el mercado era el mercado –o sea, que si te pagan un pastón, no hay nada que discutir; el precio del que hablábamos antes- pero no comprendían por qué seguía presentando el informativo y no estaba ya cesado. Hablaban de desmantelamiento de la empresa y culpaban al director de informativos de TVE, Fran Llorente. Yo continué mi camino como si nada, como si fuera un loco despistado, como si mi mente estuviera intentando descifrar la letra de Alejandro de Lady Gaga y nada de lo que sucediera a mi alrededor podría arrancarme de la concentración. Lección número 1 del perfecto cotilla: pasar desapercibido.

Esta misma semana me encontré con un conocido que trabajó en Pájaros de papel, la película de Emilio Aragón. Formó parte del equipo técnico, esos que, en pleno rodaje, siempre parecen ir por libre. Son los pragmáticos, los irónicos, los que están ahí sin que te des cuenta que están ahí. Mientras escribo esto, una amiga actriz está viendo, delante del escritorio, la primera temporada de The Wire bajo prescripción facultativa mía. Le comento lo que acabo de escribir sobre el equipo técnico de una película. Ella no está de acuerdo. Da a la pause. Dice que los eléctricos, y la mayor parte del equipo técnico, están tan buenos que difícilmente puedes creer que no están ahí. Da al play. Sigo. Ese chico me dijo que Pájaros de papel iniciaba su recorrido internacional en el Festival de Montreal y que ya estaba vendida a Japón. Me extrañó que un ‘eléctrico’ me aportase esos datos. Es el director, el actor, el guionista, el productor, el que te vende la película a cada frase, pero…¿alguien del equipo técnico? Eso nunca. Y según iba hablando me fui dando cuenta de lo que había pasado: estaba abducido por el Universo Aragón, efecto que las bichas de la profesión llaman Dimensión Milikito. Parece ser que Emilio Aragón consigue un clima en el set absolutamente inconcebible para el cine español. Nada que ver con un rodaje de Alex de la Iglesia, donde se grita mucho. Aragón saluda a todo el mundo, como los personajes de la serie Periodistas, que cuando llegaban a la redacción se besaban para desearse los buenos días. Crea tan “buen rollito” que incluso llevó masajistas al rodaje para que el equipo no tuviera ninguna tensión. A eso le llamo yo crear buen ambiente laboral. Así, difícilmente puede salir mal el trabajo. Mi amiga da a la pause. Dice que fue a ver Pájaros de barro y que, en la primera aparición de Imanol Arias, ya quiso salirse del cine. Según ella, que me pide que no escriba su nombre para no crearse (más) enemigos en la profesión, la carrera de Imanol acaba en Cuéntame y en su interpretación del señor Alcántara. Yo lo que creo es que no debo leer en voz alta lo que voy escribiendo. Da al play. Le pregunto a mi amiga, que asume el rol de soplón, cuales son, a su entender, las actrices con reputación de ‘difíciles’ en el cine español. Lección número 2 del perfecto cotilla: preguntar barbaridades como quién pide la vez en la carnicería. “Loles León y Candela Peña”, me dice, casi sin pensar. “Pero a esas se las ve venir. Hay otras bien chungas que ni te las imaginarías”, añade. “Dame nombres”, le digo, en pleno interrogatorio policial. “Ana Millán”, suelta. ¡Uff! No valgo para inspector de policía. No puedo con tanta presión. Me vendría bien un masajista. Me vendría bien formar parte, alguna vez, de la Dimensión Aragón.


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Viaje a los sueños polares

Cuando uno empieza un viaje, lo habitual es conocer el destino de antemano. Tener la maleta perfectamente distribuida, devorar la guía del lugar elegido e incluso planificar los días y las rutas que harán de ese sitio nuestro hogar, más o menos fugaz. Sin embargo, hay otro tipo de viajes en los que uno puede llegar a intuir dónde comienzan pero que, de ninguna manera, acertaría a señalar en qué punto del mapa concluirán. No pongan esa cara; no estoy hablando de drogas. Me refiero a que, en ocasiones, los trayectos acaban incluso por encima de nuestras propias intenciones o deseos. Como en una road movie espontánea, La Transversal empezó casi sin saber quién se iba a subir al coche ni cuantas maletas llevábamos; imaginad, en esa circunstancia, hablar de destino. Nadie sabía si pillaríamos una autovía o una carretera comarcal. Ignorábamos si éramos más de playa o de montaña o de ambas cosas a la vez. Desconocíamos si el viaje duraría tres meses o diecisiete años. Lo único que teníamos claro es que íbamos a parar a todo aquel que nos hiciera auto-stop.

Quizá eso provocó que, a los pocos meses de haber iniciado este viaje, olvidásemos a dónde queríamos ir. Estábamos disfrutando tanto que, como explicamos en aquella ocasión en la que debatimos sobre el final de “Perdidos”, nos dimos cuenta que lo importante no era el destino; era el camino. Es cierto que parar el taxímetro nunca fue decisión mía. Hay unos jefes que deben tomar decisiones y lo han hecho. Para algunos esa decisión será errónea, para otros acertada, para unos injusta y para vaya usted a saber quien, adecuada. Pero una vez tomada lo único que puedo hacer es…reflexionar. Pensé que cuando la meta sale al encuentro del corredor, el hecho extraordinario ya te está obligando a detener el ritmo de tus zancadas. Y en nuestro caso, el coche ya funcionaba un poco como el de Los Picapiedra. Pasamos de dos horas y un equipo a 45 minutos y unos becarios maravillosos que dividieron sus prácticas del máster entre nosotros e informativos. Gracias chicos/as.

Cuando se me informó del fin de La Transversal se me instaló un vacío helado en la garganta, como si las cuerdas vocales se hubieran descolgado y cayesen, a través de mi cavidad corporal, para acabar desfibradas en los pies. Pero al poco tiempo comprendí que si no lográbamos que nuestro vehículo siguiera siendo el más bonito, el más original, el más interesante, el más divertido, quizá es que había llegado el momento de parar en el pueblo más cercano. Quería seguir haciendo La Tranversal, pero La Transversal que yo quería. Una que se aproximase un poco a la que caracterizó las dos primeras temporadas y eso era imposible. Un programa de 45 minutos semanales no tiene muchas opciones. Así que decidí ser obediente, por una vez en la vida, y quitar la llave de contacto. No es fácil renunciar a algo que te gusta. Y la mejor manera de hacerlo es sustituyéndolo por otra cosa que también te guste.

Quiero escribir. Llevo muchos años tomando notas en innumerables cuadernos que, algún día, deberían nutrir una novela. Nunca encuentro el momento preciso en el que detenerme y empezar con la disciplina del escritor. Así que me enfrenté al destino y pensé que si él había previsto acabar con La Transversal, tal vez también había contemplado la posibilidad de una novela para el año que viene. Y eso pensé. Hasta que en Radio Nacional me ofrecieron otra cosa.

Sé que muchos habéis recibido una respuesta de la Defensora del Oyente en la que se os informa de que continuaré vinculado a la casa. Eso es cierto. Me han ofrecido algo que, en cuanto se materialice, os contaré de qué se trata en este mismo blog que, por otra parte, deseo que se convierta en el punto de encuentro de todos aquellos ‘seres’ que durante tanto tiempo han habitado al otro lado, que ahora también es mi lado. Mi lado bueno. Voy a procurar compaginar ese nuevo rumbo con la escritura y deseo no deshidratarme en el intento.

En el nombre de todos los que alguna vez habitaron La Transversal quiero daros las gracias. No quiero ponerme ñoño, que sabéis que lo detesto, pero sería tremendamente injusto si pasara por alto los mensajes que habéis dejado en este blog, que habéis enviado al correo del programa o que habéis escrito en el muro del Facebook. Que pongáis mi nombre al lado del de Lolo Rico me parece encantadoramente exagerado. Y que habléis ya de una Generación Transversal me asusta tanto que me paraliza. Pero debo daros las gracias porque sé que lo decís de corazón, que no tenéis ningún interés en regalarme los oídos y menos en los tiempos del cólera, y que creéis en lo que manifestáis. Gracias infinitas. Prometo ir colgando fragmentos del programa en mi blog (como ya estoy haciendo) cada vez que me invada la nostalgia, que ya sabéis que es muy traicionera. Incluso estaba pensando empezar con “Las aventuras de Enrique y Ana” desde el capítulo 1. Ya veremos.

Ahora sólo me queda despedirme con un ‘hasta luego’. No me gusta la palabra ‘adiós’. Aún queda un programa y luego…nuevos caminos que recorrer. Espero que juntos. Y si me permitís una recomendación transversal, buscad en vuestra discoteca, cedéteca, digitalteca o en el mismo Spotify la canción “Viaje a los sueños polares” de Family, una banda indispensable. La canción es para vosotros, ‘raros seres del otro lado’ a los que tanto os estimula esa ‘tonta sensación de libertad’. Un beso.


Paco Tomás, un inmigrante al otro lado de La Transversal