
Cuando llamé a Concha Velasco ella estaba en pleno rodaje de la serie "Herederos". Y lo mejor de todo, cumplí un sueño: cantar con ella. Un duet. A lo Tony Bennet.

Nada más regresar de mis mini vacaciones –cualquier descanso temporal que no me provoque nostalgia del ambiente laboral se me antoja minúsculo-, quedé para cenar con unos amigos. La convocatoria fue en un restaurante que una conocida tenía ganas de visitar. Cuando reparé en la carta me di cuenta que el que le tenía ganas era el restaurante a ella. Ejemplo: las botellas de agua costaban 30 euros. Entre plato y plato (por cierto, muy ricos) comenté: “No os lo vaís a creer pero llevo como dos meses conviviendo con una especie de fantasma”. Antes de que la conocida empezase a soltarme una chapa sobre lo poco romántica que es la convivencia, le saqué de dudas. “Todo el día se escucha un lamento que proviene de la cocina. Es como un quejido, como si tuviera un alma en pena en la secadora”, comenté, echándole un poco de teatro al asunto. That´s entertaiment. Nos interrumpió el camarero, que deshaciendose en disculpas por la tardanza y con una cortesía pelín empalagosa, nos invitó a una pequeña cata de aguas. “Les ofreceremos un vasito de Bling H2O, la que está considerada el agua más cara del mundo”, dijo. “Pero, ¿el agua más cara del mundo no era la de Barcelona?”, pregunté. El camarero sonrió con condescendencia y siguió: “Se trata de un agua de excepcional pureza, extraída a más de 800 metros de profundidad de un manantial en Smokey Mountains, en Tennesse, Estados Unidos”. Vivimos en un mundo esquizofrénico que lucha por dejarnos a todos a su imagen y semejanza. “Tan solo es agua, ¿verdad?”, dijo uno de los comensales, cabal como él solo, tras beber un trago del líquido milagroso y comprobar que en la carta su precio ascendía a 50 euros la botella. No sé qué se puede esperar de un líquido insípido, incoloro e inodoro para justificar semejante coste. “Teníais que probar el agua corriente de Palma”, añadí. “Esa sí que sabe…a rayos y centellas, pero al menos tiene sabor”. Está claro que el agua se está conviertiendo en un bien cada vez más preciado pero nunca imaginé que llegaríamos a convertirla en un objeto de lujo. “Esto es solo el principio”, dijo uno, en plan apocalíptico. Quizá tuviera razón. El planeta agua tiene muy poco más que ofrecer al consumo humano. El 97% del agua es de mar y está salada, el 2% está congelada y solo queda un 1%. Y esa hay que pagarla a 50 euros la botella. “Hay una edición especial de 370 euros”, apuntó el camarero. “En este caso debo reconocer que lo que realmente encarece el producto es la botella –y nos mostró un envase de cristal ahumado con la marca en incrustaciones de cristalitos Swaroski- y el tapón”. Luego me contaron que los ruidos extraños de mi cocina posiblemente se debieran a las tuberías y estuvieran provocados por la presión del agua. “El agua se manifiesta como un espíritu y lo hace en mi cocina”, pensé. En el aire acondicionado de mi hogar, me quedé un buen rato observando el envase de Bling H2O que el camarero me había regalado y que yo guardaría en la nevera, aunque previamente la llenaría de agua del grifo. Del grifo de Madrid, se entiende.

Hace un tiempo que noto que mis años no comienzan el 1 de enero, como sería lo lógico, sino el 1 de septiembre. Eso convierte el mes de agosto en una especie de pasarela de barco pirata desde la que darse impulso. Aunque la principal incógnita siempre será si el mar que aguarda abajo estará lleno de tiburones o de pececillos de colores. Historias de bucaneros aparte, tengo la vida planificada como un estudiante: por cursos académicos. Tras las vacaciones de verano, acechan llenos de incertidumbres y nuevos retos. Me he acostumbrado a ello, hecho que no significa que disfrute con esa sensación. Lo apuntaba el otro día en mi Facebook. Sé que la duda forma parte del ser humano; que lo importante no es el final, sino el camino; y que estoy aprendiendo a convivir con la incertidumbre pero, aún así, la impresión es bien rara. Es como ese incómodo pitido que se apropia de nuestro oído cuando abandonamos el volumen atronador de una discoteca. Nos lo llevamos a casa, como si siempre hubiese estado ahí, como si formase parte de nosotros. Pero cuando cerramos los ojos sobre la almohada deseamos, con una intensidad feroz, que desaparezca. Estas reflexiones, propias de un agosto pirata, se convierten en la voz en off de una película de Jim Jarmusch cuando planean sobre una aletargada ciudad como Madrid. Agosto en la capital provoca la misma reacción que el GHB en las ‘musculocas’ de una rave. La ciudad está tan sedada que siento encontrarme ante el mes perfecto para trabajar. No hay atascos, siempre hay sitio en el metro, no hay colas, no hay distracciones, los informáticos de la empresa bajan a arreglar el ordenador cuando les llamas y no 45 minutos después,... Es como si la urbe permaneciese aletargada mientras las empresas funcionan con la tranquilidad y el ritmo productivo con el que deberían trabajar el resto del año.
A esta ciudad le importa un pimiento de Padrón si Jaime Lissavetzsky –creo que hay un estudio que apunta que los apellidos difíciles de pronunciar nunca triunfan en política- y Trinidad Jiménez son “un tándem ganador” o los nuevos concursantes de Hombres y Mujeres y Viceversa. Incluso diría más. Creo que si fueran lo segundo tendrían más respaldo social.
Tengo una vecina que vive enganchada a Telecinco. Prácticamente las 24 horas. Escucho, a través del patio, como empalma, con perdón, un programa con otro. Supongo que disfruta con ello porque no ríe, no se indigna, no llama a los concursos que pueblan todos sus programas,... Si no fuera porque algunas noches noto que se enciende una luz y ningún olor nauseabundo invade el patio, pensaría que está muerta, delante de la televisión, con un montón de envases de helados La Sirena vacíos a sus pies y con los gritos de los colaboradores de Sálvame como únicos testigos de su despedida. Estoy casi seguro que si los candidatos a la alcaldía y a la comunidad de Madrid tuvieran su minuto en Vuélveme loca o se dejaran despellejar los secretos en El juego de tu vida, tendrían su voto. Cuando aún me estaba recuperando de la noticia de que David Cantero será el nuevo rostro de los Informativos Telecinco de las 15.00 horas, me llega una convocatoria al correo electrónico. Me invitan a solidarizarme con una acción que pretende que el próximo 20 de agosto nadie vea la ‘cadena amiga’. La fecha coincide con el estreno de la tv movie Vuelo IL8714, sobre el trágico accidente de Spanair. Los familiares de las víctimas ya han mostrado su desagrado con la miniserie de dos episodios, protagonizada por Carmelo Gómez y Emma Suárez, y han pedido a la cadena que no lo emita al considerarlo una “brutal agresión a las víctimas” por un “afán materialista”. Y apuntan que “no todo vale para conseguir más audiencia”. Ahí se equivocan. Todo vale. Y eso que creo que la miniserie será mucho más respetuosa con las víctimas de lo que lo fueron, hace dos años, los servicios informativos y los programas de todas las cadenas.