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martes, 10 de agosto de 2010

Parece que fue ayer

Parece que fue ayer cuando España ganó el Mundial. Parece que fue ayer, y no hace un mes, cuando sentí que el país rompía con los prejuicios de la bandera, oscuro patrimonio de un pasado, y renacían nuevos complejos en colectivos nacionalistas que confundían el tocino con la velocidad. Hoy, paseando por las calles de un barrio madrileño casi desértico, compruebo que las banderas siguen colgadas de los balcones, como lantanas secas que no responden al viento porque, fundamentalmente, no corre ni una pizca de aire. He pasado unos días en Amsterdam y Bruselas y en ambos destinos he encontrado hombres, en bares y museos, vestidos con la camiseta de la selección española. Hombres españoles, no se vayan a creer ustedes que la fiebre es europeísta. Quizá para ellos no ha pasado el tiempo y el 11 de julio fue ayer. Dice una amiga mía que España padece el síndrome del nuevo rico, que como no está acostumbrado al lujo y la victoria, lo vive con una ostentación casi ridícula. No sé si acierta ese diagnóstico pero me he aburrido de escuchar a jóvenes ‘erasmus’ cantar eso de “yo soy español, español, español”, curiosamente el mismo día que todos los medios de comunicación en Bruselas informaban de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. Admito que no profeso ninguna querencia por la supuesta fiesta nacional, que detesto el maltrato en todas sus posibilidades y que el mundo del toro no me resulta especialmente simpático. Sin embargo, una vez más la actitud ejemplarizante de Cataluña se ha quedado en un quiero y no puedo. Si en la era de la versión original ellos optan por doblar, en la ruptura con el maltrato animal ellos deciden mantener los ‘correbous’, otro ejercicio de crueldad que, curiosamente, han olvidado prohibir. Decepcionante. Me bloqueo como un PC y me niego a resucitar la teoría de las dos Españas. Me aburre el simple impulso de escribirlo. Pero asisto a las reacciones de mis contemporáneos con escalofriante incredulidad. Me cuentan una anécdota relacionada con Valery Lagutik, un acordeonista ruso que, junto a su hermano gemelo Vitaly, forma parte del paisaje urbano de Zamora como músico ambulante. Lo mismo interpreta un ‘Asturias’ de Albéniz que un ‘Campanera’. En plenas fiestas de San Fermín, Valery probó suerte en Pamplona. En la vorágine mundialista, el hombre se plantó la camiseta de la selección ganadora, lo que para él sería un detalle de hermandad, y acabó víctima de una agresión por parte de un grupo de energúmenos que vieron en esa camiseta un enemigo. Valery cogió su acordeón y, asustado, regresó a Zamora. Curiosidad: su hermano y él grabaron hace unos años un cedé que incluía su versión del pasodoble/jota ‘No te vayas de Navarra’. Toma regate del destino. Me encuentro como una hormiga desconcertada, observando el mundo humano a través de un caleidoscopio, desde un estremecedor contrapicado que deforma los cuerpos y nubla las mentes, algunas apenas dotadas de ideas dispuestas a construir un mundo más justo. Creo que no me ha sentado bien la vuelta al trabajo. Voy a ver si me potencio las endorfinas y cambio el ánimo. Lo mismo después soy capaz de ver al ser humano con mejores ojos.