Mostrando entradas con la etiqueta artículo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta artículo. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de agosto de 2011

Modus Vivendi

El Madrid pos-JMJ apenas tuvo tiempo de recuperarse de la invasión cuando la plaza de Cibeles volvió a ser tomada. Fue por un acto de los católicos tostados, o sea, los ‘kikos’. Un snack nada crujiente. Más bien duro como una piedra. Eso, en religión y en política, se conoce como ultraconservador. En el mundo de los aperitivos, podría ser un producto en stock. Ellos lo llaman Camino Neocatecumenal. Desconfío de todas las asociaciones y movimientos religiosos que juegan con la palabra ‘camino’. Pero esa desconfianza no se debe a que un día me sirvieran kikos rancios mientras disfrutaba de un vermú y almacene el rencor como si fuera energía. Está argumentada por una decena de reportajes –les recomiendo que los lean- que nos muestran las tinieblas que rodean a esta organización religiosa, una absoluta secta si no fuera porque está aprobada por la Santa Sede y eso parece darle bula papal a su funcionamiento.

Ni el ayuntamiento de Madrid, máximo responsable de esa ocupación de suelo público, ni la Comunidad han explicado aún la razón por la que cedieron el centro de la ciudad a una especie de secta religiosa. El acto, que suele ser tradición tras una visita del Papa, debía celebrarse en Cuatro Vientos pero el Ministerio de Defensa negó el permiso porque se salía de la convocatoria oficial de las JMJ. Sin embargo, Gallardón, el poli bueno, corrió al auxilio de esta especie de ejército de salvación y le permitió no solo ocupar Cibeles sino aprovechar toda la infraestructura que se montó para el Vía Crucis. ¿La razón? Para muchos tiene que ver con el benefactor de este ‘camino’, el cardenal de Madrid, Rouco Varela. De hecho los ‘kikos’ (este nombre rinde homenaje a su creador, Kiko Argüello) han sido los que han nutrido de voluntarios las JMJ y han aportado una importante cantidad de dinero, o sea, hay que devolverles el favor. En cualquier caso, les aseguro que verlos desfilar (sí, al acabar el acto volvieron a pasearse, todo muy espontáneo, por las calles céntricas de Madrid, banderas en alto, a voz en grito, cual soldados dispuestos a amedrentar cualquier insurgencia). Podemos restarle importancia pero verlos de frente les aseguro que da miedo.

Ellos avalan su poder en la convocatoria de 150.000 neocatecumenales y en más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo. Al director de cine Alex de la Iglesia le siguen más de 156.000 personas en Twitter y el perfil de Lady Gaga tiene más de doce millones de seguidores en todo el mundo. Puestos a elegir, prefiero que se corte el tráfico en Cibeles para proyectar, en pantalla enorme, Balada triste de trompeta o para un concierto de la Gaga. Todo gratis.


Tras ese blue monday, la ciudad fue recuperando, poco a poco, la cordura. De eso se vale nuestra clase política: de ese analgésico modo de olvidar que tenemos los españoles y que nos permite seguir viviendo. Cometemos el error estadístico de pensar que lo que nos indigna en las redes sociales es lo que le preocupa a la gente. No siempre es así. Porque, ¿ustedes creen que la gente hablaba en los bares o en el metro de la reforma express de la Constitución y la necesidad de un referéndum? Ya les digo yo que no. Habían decidido volver a olvidar. La amnesia como modus vivendi.

Para compensar las lagunas, la ciudad está llena de oportunidades para evadirse. Una de ellas es la fascinante exposición de la japonesa Yayoi Kusama en el Museo Reina Sofía. Un experiencia sensorial que mezcla arte pop y compromiso feminista con esculturas de acumulación y apéndices fálicos. Muy visitada durante la JMJ. No sabemos si les gustó.

El jueves, la cuestión era asistir al estreno de la ópera prima de Vicente Villanueva, Lo contrario al amor, o sentarse en una incómoda butaca del Matadero y ver lo que hecho Tomaz Pandur con La caída de los dioses de Visconti. Lo tuve claro. Sobre todo porque no me invitaron al estreno de la película protagonizada por Hugo Silva y Adriana Ugarte y sí al montaje teatral interpretado por Belén Rueda, Manuel de Blas, Pablo Rivero y Santi Marín, entre otros actores. La falta de opciones facilita la elección.

No voy a aprovechar para hacer crítica –total, esta función nunca llegará a un teatro dirigido por Margalida Moner; lo desolador es que antes, tampoco-, pero diré que ver el declive de una aristocracia alemana en los primeros momentos del Tercer Reich sigue inquietando. Especialmente si nos da por jugar a las siete diferencias. Los Essenbeck que se colocan el brazalete con la esvástica recuerdan que una tierna flor puede ser aplastada si entorpece el avance del Estado. No quiero seguir dándole vueltas. Voy a intentar olvidar. Al menos durante los próximos 60 minutos.

jueves, 25 de agosto de 2011

Los besos del amor



Nuestra amiga Encarna se ha vuelto a enamorar. Como siempre ocurre en estos casos, sucedió cuando ella menos lo esperaba; cuando dejó de anhelarlo con unas fuerzas desesperadas, cuando notó que la única manera de encontrar era dejando de buscar; cuando una noche no se arregló para los demás y se vistió para sí misma, con la única intención de tomar una copa con las amigas al salir del trabajo. Encarna clasifica la vida en la medida de lo enamorada que esté; como Karina ordenaba las flechas. “Me he dado unos besos del amor esta mañana”, me contó por teléfono. “Fuímos al cine del amor y luego estuvimos compartiendo una cena del amor”, le contó a Emma. “Con el coche del amor nos iremos a pasar el fin de semana a Alaró”, le contó a Marta.

“¿Se ha vuelto boba? ¡Todo lo que dice es del amor! Parece una canción de Maná y por ahí sí que no paso”, comentó Marta, visiblemente horrorizada, ante el asentimiento del resto. “Creo que tenemos demasiados prejuicios con la palabra amor”, apunté. “Y no tiene nada que ver con Gran Hermano 9”, añadí. “Creo que existe un miedo ridículo a pronunciar la palabra, a vivirla, a entregarnos a ella sin condiciones ni horarios. Un miedo social a apostar y perder. Miedos tan antiguos como el propio miedo que genera. Y por eso estamos aquí, burlándonos de Encarna mientras ella está gozando de unos besos del amor”, dije.


Todos me miraron con la cara que pondría Karl Lagerfeld ante el armario abierto de Mariah Carey. Su silencio se me antojó tan eterno que volví a tomar la palabra.

“Vamos, digo yo...pero tampoco me hagáis mucho caso que hoy he dormido fatal”, me excusé, con una sonrisita. “Será eso”, atajó Marta. Y todos volvieron a conversar como si nada. Solo Josep interrumpió la charla hablando de Cásate conmigo, una peli de Jason Biggs que muy bien podría definirse como un ‘filme del amor’. “Es la evolución natural del amor: acabar en comedia. Eso, en el mejor de los casos”, soltó Marta. No me extraña que su madre diga que así no va a encontrar novio nunca.


domingo, 1 de mayo de 2011

Par

Solo necesito sentarme ante un Telediario para saber lo que realmente estimula a nuestra sociedad. Cada vez estoy más convencido de que, a pesar de los intentos por ver la vida como una portada de revista cara, llena de sumarios sugerentes e incitantes, todo se resuelve con una simple operación matemática de resultado par. El producto puede que no sea exactamente divisible por dos y, en ocasiones, designará un número impreciso pero todos, consciente o inconscientemente, nos situaremos junto a una u otra cifra. Reclamamos, con más derecho que voz, un cambio de la ley electoral para dejar de sentir que estamos en un falso sistema bipartidista pero es imposible: somos carne de par. Necesitamos el par, el símbolo de géminis, para posicionarnos y, de inmediato, enfrentarnos. Aunque rechacemos los polos opuestos como parrilla de salida, nos venden una realidad tan fragmentada, tan burda, tan plana, tan poco dada a los matices, que acabamos vistiendo el uniforme de un equipo u otro como si nos fuera la liga en ello.

Si poco podemos hacer ante eso (la bipolaridad no es otra cosa que el número par en absoluta libertad), nuestra capacidad de decisión se limita a elegir, en medida de nuestras posibilidades, entrenador. En el reino del número par solo hay dos opciones: o te entrena Mourinho o te entrena Guardiola. Dos métodos y un mismo objetivo. Salimos a la calle como si irrumpiésemos en el terreno de juego, con la misma energía, con ganas de comernos el mundo, de regatearnos las oportunidades los unos a los otros y acabar, con un poco de suerte y mucho esfuerzo, apuntándonos un tanto. La diferencia está en el talante, esa palabra que en los últimos años ha sido más argumento de burla que un principio a seguir. Para mí es importante. De hecho, en una sociedad polarizada como la nuestra, es la única tabla de salvación que nos queda para no acabar convertidos en hienas. Es difícil no posicionarse pero, ya que lo hacemos, necesito alinearme junto a los que incentivan desde la humildad, desde la confianza en el individuo para que trabaje en equipo, desde conceptos que ya suenan tan pretéritos como educación y respeto. Por eso me alegró la victoria del Barça frente al irritante Real Madrid.

Esta semana, la semana en la que la señora Cospedal y la señora Mato nos dejaron entrever lo que nos espera cuando lleguen al poder (Mato dijo que nunca había visto tanta manipulación en la televisión pública como ahora. Debe ser que en la era Urdaci o en la era María Antonia Iglesias veía Telecinco), me he encontrado con bases del Partido Popular que han elevado a ‘escándalo’ el supuesto ‘enfrentamiento’ entre la periodista Ana Pastor y la política argumentando que Ana es hermana de Mercedes Pastor, la jefa de prensa del presidente de Castilla La Mancha, José María Barreda, candidato del PSOE a la reelección y, por lo tanto, adversario de Cospedal en las próximas elecciones autonómicas. Añaden que ese parentesco inhabilita a Ana Pastor para hacer esa entrevista. Sin embargo, ser marido, cuñado, hijo o amigo íntimo de un político parece no inhabilitar en absoluto para hacer eso que ellos llaman ‘negocios’. Debo relajarme. Me lo exige mi entrenador desde el banquillo. Es que me parece un ejemplo de osadía insólita atreverse a denunciar manipulación en la actual TVE teniendo los casos de Telemadrid o Canal 9 tan cerca.

Como no me interesa nada el fútbol, mientras se jugaba el Barça-Madrid, yo estaba en el teatro Valle-Inclán de Madrid viendo un verdadero espectáculo: Falstaff, en la adaptación de Marc Rosich y Andrés Lima sobre textos de Shakespeare. Por cierto, Andrés Lima, director y actor de la función, cada vez me recuerda más a Alex de la Iglesia. Dicho esto, solo puedo lamentar que este montaje no recorra toda España para que puedan disfrutarlo desde Lanzarote hasta Finisterre. Daría por bien empleados mis impuestos si esa producción de un teatro público no se quedase circunscrita a Madrid y rotase por nuestro país, como danza el gordo de Falstaff al ritmo de una botella. Acompañado por la actriz Cristina Fenollar, y con los directores de cine Félix Sabroso y Dunia Ayaso y los actores Paco León y Mariano Peña, disfruté del sorprendente resultado de una operación matemática que me demostró que tres horas de función no son igual a tostón y jaqueca. Una propuesta admirable y un reparto magistral, encabezado por un futuro premio Max llamado Pedro Casablanc en el papel de Falstaff, con Raúl Arévalo, Carmen Machi, Jesús Barranco o Rulo Pardo entre otros, formaban parte de la fórmula.

El gordo de Falstaff no es un personaje; es la vida misma. Es la conciencia borracha que solo busca sobrevivir en el terreno de juego cuando está tan gordo que ni siquiera puede correr tras el balón. Falstaff vive en un mundo en guerra que se retroalimenta para que sigamos enfrentándonos los unos a los otros. Un mundo en el que la fuerza, la traición y la ambición por el poder son sinónimos de triunfo. Un mundo par, sin apenas guardiolas y docenas de mourinhos y cospedales. Un mundo que nos vende pena porque sabe que la pena, como le sucedió al gordo Falstaff, es lo único que nos puede matar.


martes, 15 de marzo de 2011

A spanish film

Voy a contar el argumento de una película. No es una milonga. Está basado en hechos reales, como las tv movies que el Ministerio de Cultura ha decidido dejar de subvencionar.

El guion está protagonizado por un escritor. La historia comienza en Madrid, en los años 80. El personaje es testigo del cambio sociológico que se está produciendo en su país, empleando la cultura y el ocio como una herramienta de dinamización y liberalización social. En ese momento, se escucha un tema de Almodóvar y McNamara titulado “Voy a ser mamá”. La letra cuenta que Pedro y Fabio van a tener un bebé y que lo vestirán de mujer, lo explotarán bien o lo incrustarán en la pared. Los progres de la época aplauden el atrevimiento y la provocación del tema. Eso les afianzaba en su espíritu de cambio. Los fachas, por su parte, añorando tiempos peores, vaticinan el apocalipsis. De hecho, llevan dos mil años haciéndolo. En su telepredicación, acampan a las puertas de un céntrico cine de la ciudad para insultar y ‘condenar’ a todos aquellos espectadores que pagan su entrada para ver Je vous salue, Marie, de Jean-Luc Godard, una película que, a ellos, les escandaliza. De hecho, la proyección y distribución de la cinta llega a decidirse en algunos tribunales de justicia. A todo eso, hoy en día, articulistas y cronistas lo llaman “explosión de libertad”.

Mi protagonista, con el paso del tiempo, ve como el anhelado cambio no es otra cosa que la alternancia en el poder de dos partidos: uno de izquierdas y otro, de derechas. Los de derechas, fieles a sus principios, apenas le prestan atención a la política social. Ellos solo gobiernan para sus votantes, nunca para el grueso de los ciudadanos. Por eso, cuando le toca el turno a la izquierda, consciente como es de que en política económica y laboral su palabra vale menos que un cheque de Ruiz Mateos, apoya toda su estrategia electoral en lo social. Y lo hace con tal entrega que recuerda al adolescente que se enfrenta a su primera relación sexual: tanto ímpetu, que al final se pasa de largo. Bajo su mandato nace la corriente de lo ‘políticamente correcto’. Un arma de doble filo que nuestro protagonista festeja, en un principio, como sucederá con la ‘discriminación positiva’, porque por lo menos mira por sus intereses y por su bienestar como parte de una minoría discriminada durante siglos. Pero, de repente, como cuando un mogwai comía después de medianoche y se convertía en un gremlin, lo políticamente correcto se transforma en un argumento peligroso en manos de torpes. Especialmente porque nuestros políticos, jueces y gestores no han aprendido todavía a distinguir entre realidad y ficción.

A partir de ese momento, y con el tortuoso transcurrir de los años, el personaje de mi película no puede encenderse un pitillo. Una ministra socialista, amparada en una ley antitabaco que yo aplaudo, prohíbe fumar a los actores encima de un escenario, en un plató de televisión o en un set de rodaje. Vamos, que se carga de un plumazo el cine negro. Si Leire Pajín fuera americana, no existiría Mad Men. Ella no sabe de qué habla un actor cuando habla de componer un personaje. Ella solo propone cigarrillos electrónicos para interpretar a los hippies de Hair. Difícilmente puede un actor darle credibilidad a un fumador de marihuana con un cigarrillo electrónico. Menos mal que han llegado los pitillos de hierbaluisa para no restar verdad al trabajo del actor.

Pero cuando mi personaje cree haberlo visto todo, irrumpe en la secuencia la Fiscalía de Barcelona e imputa al director del Festival de Cine de Sitges, Ángel Salas, por un delito de difusión de pornografía infantil al proyectar la película A serbian film dentro de la programación del certamen.

A mi escritor le sorprende ver que todas esas asociaciones que decían defender a los creadores cuando se debatía la Ley Sinde, no estén alzando la voz con la misma energía en esta ocasión. A su entender, decisiones así ponen mucho más en peligro su libertad como creador que 200.000 descargas ilegales. Él cree que si no va a poder escribir la historia más atroz, la más asquerosa, la más hiriente, la más ofensiva, la más brutal, porque la fiscalía le va a denunciar, su libertad como creador está en serio peligro. Con el Código Penal en la mano, podríamos condenar a Nabokov por escribir Lolita, a las televisiones que han emitido Saló o los 120 días de Sodoma, de Pasolini, y si me apuran, al teatro que represente Divinas Palabras de Valle-Inclán, donde un retrasado mental es paseado por ferias y mercados, explotado como un bicho circense, para que Mari Gaila se saque unas pelas.

No sé cómo va a acabar la historia. Quizá alguien tenga que explicarle a nuestros políticos, fiscales y a algún que otro periodista, como es el caso de Concha García Campoy, casada con un productor de cine para más coña, la diferencia entre realidad y ficción. Alguien debería explicarles que lo que hizo Ana Rosa Quintana con la mujer del presunto asesino de la niña Mari Luz es realidad. Lo que hacía Victoria Abril en Tacones lejanos, ficción. Del mismo modo que nos parecería una estupidez inmensa meter en la cárcel a Victoria Abril por confesar un crimen en una película, denunciar a un director de festival por proyectar una película, en horario nocturno y para público adulto, casi supera esa majadería.

¡Lo que aparece en A serbian film es ficción! ¡No es un bebé real, es un muñeco! ¡El actor finge! ¡Finge hacer una cosa espantosa! Como cuando Isabelle Huppert fingía oler pañuelos con semen en La pianista o cuando Charlotte Gainsbourg se cortaba el clítoris en Anticristo, de Lars Von Trier. Si ese argumento le incomoda, señora Campoy, le desagrada, le parece gratuito y abyecto, muy bien: no vaya a verla. Es adulta. Es su opción. Critíquela hasta aburrirse. Pero jamás justifique que se pueda denunciar a un festival o a un creador por ejercer su libertad de contar una historia de una determinada manera.

Ahora es cuando los creadores deberíamos levantar la voz, quejarnos de algo que de verdad pone en peligro nuestra profesión: la censura. O lo que es peor, una política que nos empuje a la autocensura.


Y que yo sepa, de lo único que se le puede acusar a A serbian film es de ser un bodrio. Pero por eso, la Fiscalía no imputa.


lunes, 14 de marzo de 2011

Paso de resintonizar

(Se me olvidó colgar en el blog este artículo correspondiente a la semana pasada...qué cabeza)


A veces, las leyes del dividendo digital, como una conjunción astral, hacen que los elementos se ordenen, alterando el orden de las cosas. Nos asusta que algo se altere. Nos preocupa la conmoción, el trastorno, que pueda existir detrás. Pero, en ocasiones, la alteración es solo cambio, un simple proceso de cambio. Y eso no tiene porqué ser malo. Por ejemplo, esta semana, ha cambiado mi TDT. Seis canales se han perdido en el laberinto de las frecuencias. Me informaron que el Ministerio de Industria había iniciado un proceso para la liberalización del dividendo digital –como si yo supiera de lo que me estaban hablando- y que debía resintonizar el televisor para poder seguir viendo todos los canales de la TDT. Lo primero que pensé fue: “¿no podrían seguir aplicando la liberalización del dividendo ese y limpiarme la TDT de basura y dejarme únicamente tres o cuatro canales?” Pero sospeché que eso abriría otro debate y con los que ya tenemos abiertos, no necesitamos más. Así que escuché y reaccioné: paso de resintonizar mi tele. Me bastó con saber qué seis canales habían desaparecido de mi receptor para tomar esa drástica resolución. Si tenemos en cuenta que dos de esos canales eran Intereconomía y Veo7, mi decisión ya estaba amortizada. Quiero volver a disfrutar del zapping como siempre, sin sobresaltos espantosos, apuñalamientos verbales y nuevas expresiones de telebasura como las que representan seres como Xavier Horcajo o Eduardo García Serrano, tipos que van de analistas políticos pero que simplemente son recreaciones enfermizas de concursantes de Gran Hermano buscándose un hueco en la televisión. ¿O existe mucha distancia entre la vehemencia hiriente de García Serrano y la de Aída Nízar? Es verdad que pagan justos por pecadores y al no resintonizar, me pierdo Gol Tv y Teledeporte. Los que me conocen un poco saben que esa pérdida no me altera el karma. Lo de AXN y Canal + 2 podría escocerme más pero, cuando veo lo que gano a cambio, me compensa. Ya sabrán ustedes que una de las últimas perlas de los hombrecillos grises del Grupo Intereconomía fue afirmar que Pa Negre, la película de Agustí Villaronga que arrasó en los Goya, había triunfado por dos razones: el catalanismo y la presión del lobby gay. ¡Toma ya! Vamos, que la Academia había votado siguiendo un criterio ideológico y no artístico. Como cantaba Serrat en Los macarras de la moral, “si no fueran tan peligrosos, nos darían risa”.

Ante semejante bombardeo de información adulterada, lo más saludable es resintonizar la mente de vez en cuando. Yo lo hago siempre que puedo. Para mí es mano de santo abandonarme al disfrute, por ejemplo, asistiendo a la fiesta ¡Qué Maravilla!, que organiza el actor Jorge Calvo en Madrid. Ignoro las dosis exactas de los ingredientes de esta fórmula magistral pero sus resultados en mi organismo son espectaculares. La última fiesta fue el pasado fin de semana y estaba dedicada a los Oscars, con posterior retransmisión de la ceremonia. Sobre el escenario, la actriz Antonia San Juan interpretó el monólogo de La Agrado (Todo sobre mi madre), por primera vez en directo, en una de esas comuniones artista-público que erizan el vello de emoción. A ese mismo escenario subieron Loles León, Hugo Silva (cantando por Los Chunguítos) y Pedro Almodóvar que, involuntariamente, protagonizó la anécdota de la noche cuando el portero del local no le reconoció y le impidió la entrada. Almodóvar, con mucho sentido del humor, contaba que se quitó las gafas de sol, para que el portero le reconociera, y ni por esas. “Pero no le regañéis”, decía Pedro, ya dentro de la fiesta, explicando que la situación le sorprendió y le había hecho hasta gracia. Entre el público, Alaska y Mario Vaquerizo, los directores Félix Sabroso y Dunia Ayaso (que el 6 de abril estrenan La gran depresión en el Teatro Olympia de Valencia, con Loles León y Bibiana Fernández), el presentador Màxim Huerta, los diseñadores David Delfín y Carlos Díez o los actores Asier Etxeandía, Ángel Martín y María Adánez.

Lo que les decía, que en algunos casos lo mejor es resintonizar la mente. No tenerle miedo a alterar los acontecimientos. Incluso no desestimar la posibilidad de alterarnos a nosotros mismos y empujarnos al cambio. Porque, como decía La Agrado en Todo sobre mi madre, “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Dormir para vivir


Ya sé lo que quiero hacer cuando sea mayor: dormir. Lejos de ensoñaciones fabulosas tipo La Bella Durmiente y más lejos aún de utilizar esa historia como excusa para demandar besos de amor que me devuelvan a la realidad, con sus atascos, sus colas y el estrés callejero, yo lo que quiero es dormir. “No conozco mejor manera de perder el tiempo. Enhorabuena”, dijo mi amiga Marta, que aunque no está muy segura de que por madrugar Dios le vaya a ayudar más, sí cree que poniendo el despertador, a uno le cunde más el día. “Yo lo que quiero es que alguien investigue la energía mental que generamos mientras dormimos porque entonces vendería esa energía, muy sostenible, nada contaminante, y me dedicaría a ganarme la vida en horizontal”, expliqué. Algo así logró, hace tiempo, un universitario holandés de 22 años, Yde Van Deutekom, que iba pagando el alquiler gracias a una página de internet en la que se mostraba a sí mismo durmiendo. No sé qué fue de aquella página pero en su momento logró algo más de 4.560 euros de anunciantes que habían invertido en sus espacios de publicidad. “Dormir no es más que un hobby para mí y es lo único en lo que soy bueno. Todo el mundo me pregunta qué quiero hacer con mi vida, pero lo que realmente deseo es dormir”, dijo el muchacho, que pasaba todo el día en la cama a excepción de unos minutos para ducharse, ir al baño y comer algo. “Es mi alma gemela”, pensé, sumergido en la admiración, ante la mirada incrédula de Marta. “No me mires así. Para mí dormir no es una pérdida de tiempo; es un placer. Un mínimo de diez horas. Sin alarmas. Dejando que el cuerpo renazca sin la colaboración de ningún factor externo. Te aseguro que soy más productivo, salgo a la calle con mejor humor y, además, es buenísimo para las arrugas. Y si me apuras te diré que dormir es un arte. ¿O es que ya nadie recuerda el vídeo de Sam Taylor Wood en el que se mostraba a David Beckham durmiendo, elevando el descanso a la categoría de arte?”, aclaré. Luego Marta apuntó que en ese caso, la obra de arte era el propio Beckham, no su sueño, y ya me jodió la tarde.

martes, 15 de febrero de 2011

Los 'thenardiers'


Una mañana, Marta apareció en casa con ‘Los Miserables’ debajo del brazo. “Si es una recomendación, llegas tarde; lo tengo y ya me lo leí. Si es una indirecta, reconozco que cada día que pasa aumenta tu capacidad diplomática. ¿Has pensado en ejercer esta cualidad tuya en Oriente Medio? ¿Qué tal si llevas algo de Salman Rushdie así, como quien no quiere la cosa?”, le comenté, de buen rollito. “No te rías. Este libro es la Bíblia de los ateos. Aquí estamos todos, con nuestras conciencias más o menos limpias”, soltó. Después de esa frase no supe si indagar en el origen y jerarquía de la secta en la que, evidentemente, había ingresado u ofrecerle un programa como telepredicadora, en franja sobremesa, a ver si lográbamos de una vez quitarle audiencia a ‘Sálvame Diario’. “¿Te acuerdas de Silvia, la que estuvo liada con aquel chaval de las Nuevas Generaciones del PP y que siempre se agitaba las mechas después de decir lo súper enamorada que estaba de su chico? Pues me la acabo de encontrar de la mano de uno que va en las listas del PSOE al ayuntamiento. ¿Cómo se te queda el cuerpo?”, dijo, toda flamenca ella. “Tampoco te creas que esas cosas me sorprenden mucho pero, en cualquier caso, ¿qué tiene que ver Silvia con Víctor Hugo?”, pregunté. “Silvia es una chica Thenardier, como los posaderos de ‘Los Miserables’. Están entre nosotros, no podemos bajar la guardia”. Y me explicó que, según su teoría, en épocas de cambios, de pactos, de negociaciones e incluso de crisis devastadoras, resurge una categoría de individuos que hacen de la ética su ropa interior. Son personas que consideran ético aquello que reporta más beneficios que pérdidas e inmoral, aquello que no inclina la balanza a su favor. Usuarios de la conducta de la conveniencia que Marta define como “thenardiers”. Desde entonces, leo los periódicos y me sitúo ante los informativos con una inquietud rastreadora, buscando a esos personajes de nuestra vida cotidiana que, como describió el autor de “Nuestra Señora de París”, son “naturalezas enanas que, si por azar las caldea un fuego sombrío, llegan con facilidad a ser monstruosas”. Mientras tanto, Marta sigue comprando ejemplares de ‘Los Miserables’ para regalar en cumpleaños. Ella es así de bruta, a veces.

domingo, 13 de febrero de 2011

Telebasura en la red social

ARTICULO PUBLICADO HOY EN 'DIARIO DE MALLORCA'


Cuando me ofrecieron escribir esta columna semanal, lo primero que pensé fue en un título. Hay escritores que van componiendo su novela y al final, eligen un epígrafe total. A mí me gusta empezar por el título, aunque sea muy provisional. Ponerle un nombre a lo que estoy escribiendo condiciona, en un principio, mi actitud frente al texto y también proporciona una confianza siempre necesaria cuando uno se enfrenta al abismo en blanco del papel. Tuve un brainstorming conmigo mismo y opté por ‘El ingenuo seductor’. Llegué a él a través de ‘El guardián entre el centeno’, la obra de J. D. Salinger, que cuando se editó en catalán apareció con el título de ‘L’ingenu seductor’. Sin vocación de pretencioso, opté por ese nombre por todo lo que tenía la novela de escaparate de las costumbres y escenas urbanas, de acuarela social. Y aquí estoy, convertido en un personaje más de mi propia narración; un personaje que en ocasiones puede pensar como el adolescente Holden Caulfield pero que, en el fondo, está dibujado por Daniel Clowes.

Todo este párrafo, que huele más a justificación que a prólogo, intenta revelar que quizá debería haber titulado esta columna ‘El ingenuo voyeur’ o ‘Mi vida en 140 caracteres’, dada la relevancia que las redes sociales están adquiriendo en mis últimos escritos, en detrimento de la vida real. Me pregunto si Holden Caulfield, el protagonista de ‘El guardián entre el centeno’, tendría perfil en Facebook. Sospecho que no. De tenerlo, lo tendría en Twitter pero, en el fondo, los pondría a todos a parir. El caso es que, si la semana pasada explicaba lo sorprendido que estaba ante la reacción de algunos (muchos) usuarios de Twitter ante la broma del director de cine Nacho Vigalondo, esta semana puede parecer que me contradigo. No es así. Creo que lo que transformaba en absurdo todo aquello no era la forma, sino el fondo; no era que el entorno de la broma fuera la red social sino que alguien se tomase la broma en serio. De hecho, el propio Vigalondo se lo ha contado a su manager en Los Angeles, que es judío, y se ha descojonado de la risa. Pero no creo que expresar tu opinión por Twitter sea menos importante, o relevante, que hacerlo en una entrevista en un programa de La Sexta, por ejemplo.

Esta famélica reflexión se desencadena cuando el presentador de La Noria, Jordi González, muestra su apoyo –vía red social; últimamente no voy a estrenos ni a nada- a Carla Antonelli y rechaza la línea editorial de Intereconomía, cadena de televisión en la que un neandertal llamado Xavier Horcajo criticó la entrada de la activista lgtb en la lista electoral del PSOE a la Comunidad de Madrid con varios insultos de una catadura moral y ética asquerosa. A ese mensaje de Jordi González, una usuaria contestó: “Y que eso lo diga uno que trabaja en la telebasura de Telecinco es para descojonarse”. A lo que el presentador respondió: “Telebasura tu puta madre, guapa”. Aquello corrió como la pólvora por el patio de vecindad y acabó siendo noticia del día, junto a las protestas en la plaza de Tahrir y el endeudamiento de las comunidades autónomas.

Podemos pensar que esa conversación virtual es menos destacable que si ese mismo diálogo hubiera sucedido en un plató de televisión o en una rueda de prensa. No entiendo porqué se le quiere restar importancia a la red social y convertirla en un parque de atracciones donde lo único que podemos hacer es divertirnos. Y volvemos a Vigalondo. El director de ‘Los Cronocrímenes’ apuntó: “Por favor, basta ya. No convirtáis Twitter en una reserva de moralina rápida. Lo de Jordi González es OTRA chorrada. NO ES RELEVANTE”. Estoy de acuerdo. No es relevante como lo es la situación política de Egipto o los despistes de Rato al frente del FMI. Pero no es una chorrada. Es una opinión. Una opinión que nos podría conducir a un interesante debate sobre si algo que eligen y consumen muchas personas no puede ser definido como ‘telebasura’ porque eso sería insultar a esas personas. Y que ese debate se genere en una red social o en La Noche en 24 horas, es indiferente.

Sólo añadir que por mucho que me guste una hamburguesa del McDonalds, nunca me sentiré insultado cuando se la defina como ‘fast food’ o ‘comida basura’. Sé lo que me estoy comiendo. Y sé lo que es un solomillo de ternera de Aliste. Que no somos tan bobos, señor González.



sábado, 12 de febrero de 2011

PH

De repente, uno se pregunta: ¿qué fue de Sonia Arenas? ¿Y de Maricielo Pajares? ¿Y de todos esos colaboradores que tenía Emma García en 'A tu lado'? Personajes que durante meses, por no decir años, han actuado de piezas, voluntarias o inconscientes, del juego de las cadenas de televisión y que, un buen día, desaparecen. En una demostración de higiene, las teles se duchan de vez en cuando. Pero no es PH neutro todo lo que reluce. Las folclóricas, las amantes de unos y otras y grandes hermanos en general parecen ir, poco a poco, encontrando su verdadero lugar -que en el caso de alguno/a no es otro que el anonimato- para dejar vía libre a una nueva, y sorprendente, generación de protagonistas de la noticia fucsia: los políticos. Ellos se convierten en las actuales estrellas mediáticas, en los propagadores de escándalos, en el almuerzo de un determinado tipo de periodistas que ha visto en esta corriente informativa una manera de disfrazar de prestigio lo que antes era puro chisme malintencionado. Los presidentes del gobierno y los ministros, incluso los líderes de la oposición, hacen gala de sus romances convirtiendo en pública su vida privada. Son carnaza de corrillo de marujas a la vez que primera plana de los periódicos y prensa especializada. Desde el escándalo del gobernador de Nueva York y la prostituta de lujo al ministro de asuntos exteriores finlandés encaprichado de una stripper, pasando por el chapero que, en una falta de profesionalidad que debería pasarle factura, le cuenta a una revista todo lo que nadie le ha preguntado sobre las orgías de Rodrigo De Santos. Primera plana que va del amarillo al rosa. Es el lugar que Nicolas Sarkozy soñó para él y para la primera dama francesa, Carla Bruni, la mujer que se viste de Jackie Kennedy mientras en Estados Unidos se anunciaba que un desnudo suyo salía a subasta por 3.000 dólares. Tal era el afán de protagonismo del presidente de la República que hasta propuso leyes polémicas, como la que bloquea las descargas masivas a través de programas como eMule o Big Torrent. ¡Uff! No echo de menos a Maite Zaldívar pero no tengo claro haber ganado con el cambio. Quizá le solicite a la UE la instalación de un limitador de Sarkozy en mi ordenador. Por higiene y perspectiva, que es como el PH.

viernes, 11 de febrero de 2011

Ese santo con forma de corazón

No te rías pero comienzo a tener los síntomas del soltero en vísperas de San Valentín. Empiezo a soñar con la Anne Igartiburu que salía en Homo Zapping. Se me aparece en medio de mis descansos nocturnos para recordarme que el tetra brick de leche tiene forma de corazón, corazones, y que cuando el día 14 me dé por llorar y me suene la nariz, me fije en el pañuelo porque seguro que los moquitos tienen forma de corazón. Ni qué decir que me despierto sobresaltado todas las noches. No llevo bien lo de San Valentín; siempre dudando si sucumbir a las leyes de la oferta y la demanda o mantenerme firme frente a un amor que no necesita rosas y bombones para demostrar que está vivo. Recuerdo un año en que decidimos, de mútuo acuerdo, no sucumbir al marketing ni gastarnos un euro en un gran almacén. Nada. Nos amamos todo el año y nos pasamos por el forro de los Calvin Klein al santo del amor. Pero el 14 es un número implacable y uno no puede evitar pensar que, en el fondo, un detallito tampoco hace mal a nadie. Así que compré una rosa y un compacto de baladas italianas, lo que demuestra que el 14 de febrero el cerebro se licúa. Busqué el momento e hice entrega de mi regalo, con todo mi amor. “Pero... ¿no habíamos quedado en que no nos regalábamos nada?”, dijo. “Ya, pero no lo he podido evitar”, argumenté. Me dio un beso y unas gracias pero no un regalo. “¿Será capaz de haber pasado de San Valentín y dejarme sin detalle?”, pensaba. “No, está disimulando. Hace como que no ha comprado nada pero cuando menos me lo espere...” Según avanzaba el día, el 14 daba paso al número de la bestia y comienzas a pensar cosas horribles de tu pareja, que ni siquiera ha sido capaz de romper el trato para comprarte cualquier cosa. Porque, para tu desgracia, es del tipo de personas que cumplen su palabra. Aquel año decidí dejar de celebrar San Valentín y empezar a celebrar San Ballantines.

jueves, 10 de febrero de 2011

Tienda de campaña

Me interesa mucho, desde un punto de vista sociológico, escuchar cómo mi amiga Marta siempre habla de Fidel Castro como si ya hubiera muerto. El caso es que el otro día, que no sé a santo de qué volvió a aparecer el 'difunto' Fidel en la conversación, Marta y yo charlábamos sobre cosas pueriles. Lo sé, no deberíamos jactarnos de ello pero, qué quieres que te diga, nos entretiene. “¿Qué te vas a poner para la próxima campaña electoral a las municipales?”, pregunté. “Pues no sé, aún estoy algo confusa pero he pensado en una buena gafa de sol, algo que me proteja de los rayos ‘ultraviolentos’ de los candidatos”, contestó mientras succionaba una horchata a través de una pajita de plástico. “Está campaña promete ser animada”, apunté. “Desde luego. ¿Hay algún candidato nuevo, al que no hayamos votado antes? Uf, es que no puedo aguantarme las ganas que tengo de vivir esta campaña. Va a ser tan...tan...¿pedímos otra horchata?” “Vale. ¿Cambio de tema?” “Por favor”, suplicó Marta.

“¿Te acuerdas del atracador aquel que se hacía llamar Robin Hood y que se pasó 42 años entrando y saliendo de prisión?" "Sí", contestó Marta. "Pues sabe gestionar su tiempo. Algo que tú y yo aún no hemos logrado. Entre que entraba y no entraba en la cárcel, o sea, entre que lo pillaban y no lo pillaban, le dio tiempo a teorizar sobre el arte de delinquir”, conté. “Curioso. Algunos a eso mismo lo llaman programa electoral”, soltó Marta. “El tipo guardaba unos apuntes en los que enunciaba sus claves para ser un profesional del atraco”, expliqué. Entre sus perlas: ‘lo difícil no es saber dar el golpe sino saber conservar el botín’ o ‘en España hay mucho dinero; lo que no hay son profesionales para llevárselo’.

“Ese Robin Hood no conocía a Correa ni tenía conocimiento de la desbordante caridad de nuestro ex president Jaume Matas. De haberlo sabido, no hubiera escrito eso”, comentó Marta, muy relajada. “Pero, ¿no querías cambiar de tema?”, cuestioné. “Imagínate. Todos los candidatos encerrados en una tienda de campaña, conviviendo, tipo Gran Hermano, las 24 horas. Sería una campaña distinta. De hecho sería una tienda de campaña. ¿Crees que algún productor de televisión habrá registrado esta idea?”, preguntó. “Fijo”, contesté. Pero no vi yo que se quedase muy convencida.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Qué serías capaz de hacer por amor?

Hablo con Marta casi a diario. Todas sus historias comienzan con las temperaturas de Palma y yo siempre acabo aludiendo al frío y a la lluvia. En ocasiones, llueve dentro. Menos mal que ella sabe de revestimientos impermeabilizantes -que tuvo un novio albañil en el instituto- y me ayuda a quitar la humedad de mis tardes de domingo. Ella se sienta en un café de Ciutat y yo en otro de la calle Hortaleza de Madrid. Pedimos un café con leche, bien caliente, y, como en el Juntos de Paloma San Basilio, leemos a medias el periódico. Vodafone podría patrocinar nuestra amistad pero a lo más que llega es a descontarnos unos euros de la factura mensual. No tienen ni idea de marketing porque nosotros podríamos ser su mejor campaña publicitaria. Allá ellos. Algo que nos encanta hacer a distancia es contestar a las preguntas bobas de los cuestionarios rápidos de las revistas adolescentes. “¿Duermes vestido o desnudo?”, pregunta ella. “Duermo solo”, me lamento yo. “¿Qué te llevarías a una isla desierta?”, pregunto. “A Colin Farrell, a Russell Crowe y a Matthew Fox, que ya sabe qué hacer en una isla aparentemente desierta”, contesta ella. Hasta que llega la dichosa pregunta: “¿Qué serías capaz de hacer por amor?” Ahí siempre guardamos unos segundos de silencio, como si dejásemos pasar un ángel a través del teléfono, y contestamos algo diferente a la última vez. “Yo...mentir. Pero mentir como un bellaco”, apunté. “Estoy en una etapa de mi vida en la que prefiero pensar qué sería capaz de hacer el amor por mí”, respondió Marta. Tiene razón. El tiempo, y seguramente el clima, nos está convirtiendo en egoístas sentimentales. Dificilmente podemos volver a arrastrarnos por amor, a cambiar de look por amor, a castigarnos por amor, a reprimirnos por amor, a deprimirnos por amor. No vamos a esclavizarnos por amor, ni a corrompernos por amor. Tampoco a traicionarnos por amor, ni a embrutecernos por amor, ni a emborracharnos por amor, ni a enfermar por amor, ni a abandonarnos por amor, ni a arrepentirnos por amor. Ni tan siquiera a cambiar por amor. Ahora es su turno. Que todo lo que antes hice por amor, ahora lo hago por amor propio.

lunes, 7 de febrero de 2011

No me llames de usted, twitteame

Sofía Mazagatos era una visionara. Su capacidad para seguir a Vargas Llosa sin tan siquiera haberle leído no era otra cosa que el germen, quizá algo ingenuo, de lo que hoy en día se conoce como red social. Es totalmente injusto que los artículos y las películas sean para Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, y olviden a nuestra miss que empezó a seguir a alguien sin conocerlo. Eso es una red social. Como apuntaba el martes Alex de la Iglesia, “lo más duro de Twitter es descubrir que es exactamente igual que la vida: absurdo y cruel, dulce y maravilloso, complaciente y torturador”. Y lo hizo desde su cuenta en Twitter, la misma que empleó para adelantar que abandonaba la Academia, como un 'triunfito' más. (NOTA: Iván Ferreiro escribió en su twitter que vio a la chica de OT cantar su canción, ‘Años 80’, y le pidió a sus seguidores que no se “quemasen” con ella, que a él le pareció bien, que era una canción “jodida de cantar” porque te quedas sin aire, por eso él ya no la canta en los directos).

Esa vida de la que hablaba Alex es muy compleja; en todos sus parámetros, en sus peculiaridades, hasta en lo cotidiano de esas peculiaridades. Otro tema es si somos nosotros mismos quienes convertimos la ecuación en algo irresoluble. En cualquier caso, Twitter se ha convertido en una prolongación virtual de nuestra propia existencia, de nuestra propia personalidad, dominada por arrebatos instantáneos. Y en esas dos vidas, que son una, los impulsos siempre son cuestionados. Más aún si permanecen, constantes, en una pantalla LCD. (NOTA: Vicente Vallés, el de La noche en 24 horas, el único rincón de la televisión que se puede soportar sin que te invada la vergüenza ajena o la indignación, informa en su twitter que Rajoy desveló su programa: si es presidente derogará la reforma de la ley del aborto, el canon digital y la ley de Memoria Histórica)

La vida se nutre de la vida. Me sorprende que cada vez existan más noticias generadas por la propia red social. Alejandro Sanz, Ricky Martin, Arturo Pérez Reverte, David Bisbal,…han sido noticia por sus twitteos. También lo ha sido, y muy a su pesar, el director de cine Nacho Vigalondo. No voy a hablar de la causa que originó lo que algunos denominan ‘incendio de la red’ porque ya lo sabrán ustedes de sobra. Lo que me sorprende de Twitterland es que finja ser un lugar especial, una zona residencial en la que habita la élite de la red social –el que vale, vale, y el que no, al Facebook-, la generación de los 140 caracteres que ya ha superado, en número, a la población de España. Allí residen los que presumen de ser los más rápidos a este lado del Far West, los que desenfundan ideas, conceptos, ironías, noticias, a la velocidad del rayo. Pero la vida nos acaba resumiendo. No hay mucha diferencia entre los habitantes de Twitter y los de una calle cualquiera de cualquier barriada española. Ellos también son, pueden ser, masa. Una masa obtusa, incapaz de comprender, que responde al impulso con impulsos. Estímulos que de la misma manera que pueden movilizar a toda una población a favor de una buena causa, pueden ‘apalear’ a un ser humano con las mismas razones que empujan a una turba iracunda. Como la vida misma. Algo parecido le sucedió a Vigalondo. Soltó un chiste, quizá desafortunado, y los habitantes de Twitterland encendieron una mecha que, días más tarde, algunos medios de comunicación se encargaron de avivar. Mientras asistía, desde mi twitter, a todo eso no dejaba de pensar en La broma, la estupenda novela de Milan Kundera. Su protagonista, Ludvik, es expulsado del Partido Comunista por una broma escrita en un mensaje a una novia. Esa broma le convierte, de repente, en el enemigo del pueblo. ¿De verdad hubo alguien que creyó que Nacho Vigalondo era antisemita y negacionista por una broma, políticamente incorrecta, en un contexto llamado Twitter? Me preocuparía una respuesta afirmativa.

A veces tengo la impresión de que vivimos en una continua lapidación. Que como en la espectacular obra maestra de los Monty Python, La Vida de Brian, acudimos a ella semi disfrazados, cargados de razones y argumentos que estamos deseando estrellar contra la cabeza del otro. Y quizá Twitter no sea un lugar tan diferente. Quizá sea una prolongación más de esta maravillosa y traicionera existencia llamada vida.

(NOTA: He escrito en mi twitter que lo malo de escribir un artículo dominical es que todos los temas que te interesan están más trillados que la reputación de Sonia Monroy).

miércoles, 2 de febrero de 2011

El 'bocas'

Imagina que organizas una cena. Imagina que llegan todos los amigos con ganas de risa y botellas de vino. Imagina que entre los invitados se encuentra una mujer a la que no ves desde hace meses y que llega acompañada de su novio actual. Imagina que nada más abrir la puerta, entre besos y apretones de manos, descubres que el novio lleva escrita en la frente la palabra ‘bocazas’. Pues deja de imaginar, que eso me pasó la otra noche. Fue en el segundo plato cuando Marta comenzó a bromear con lo complicado que estaba el mercado de los afectos. “Los corazones, y algún que otro genital, sí que están desabastecidos. ¡Y desde hace años! El mercado de los amantes está bajo mínimos”, contaba entre risas. Entonces, el ‘bocas’ apuntó: “Las mujeres de tu edad... -¡¡Error!! Nunca iniciar una frase con esa gramática. No delante de Marta; no si quieres seguir con vida- ...sois muy exigentes a la hora de elegir a un simple compañero de cama y por eso os va tan mal.” Me costó arrancar el tenedor de la mano de Marta. Casi tuve que romperle los dedos para que lo soltara. “La culpa es de Sexo en Nueva York. Seguro que ya habéis visto la película. La uno y la dos. Queréis emular tanto a los hombres que pensáis que podéis tratar el sexo como lo hacemos nosotros, pero eso es imposible. La mujer que se acuesta con un tío una noche y al día siguiente no tiene remordimientos es un personaje de ficción”. Nuestra amiga estaba tan avergonzada que no levantaba la vista de la servilleta. “Vais de emancipadas pero, en el fondo, tenéis demasiados prejuicios”. “Voy sacando el postre”, dije. Pero allí no reaccionó nadie. Entre todos retiramos los objetos punzantes y volantes del alcance de Marta. “Mi novia, sin ir más lejos, nunca se atrevería a tirarle los tejos a un tío, por mucho que le apeteciese llevárselo a la cama. Sin embargo yo, puede que no tenga suerte en la pesca pero siempre lanzo el anzuelo. Es nuestro carácter”. “Será el tuyo”, apuntó Santi, con cara de palo. Marta le retó con la mirada y añadió: “Mira tío, eres tan, tan, tan gilipollas que hasta el resto de los hombres de esta cena se han dado cuenta.” Ellos se fueron pero Marta se quedó a explicarnos al “resto de hombres de la cena” esa contundente valoración de la masculinidad.

lunes, 31 de enero de 2011

La palabra 'amor'

Nuestra amiga Encarna se ha vuelto a enamorar. Como siempre ocurre en estos casos, sucedió cuando ella menos lo esperaba; cuando dejó de anhelarlo con unas fuerzas desesperadas, cuando notó que la única manera de encontrar era dejando de buscar; cuando una noche no se arregló para los demás y se vistió para sí misma, con la única intención de tomar una copa con las amigas al salir del trabajo. Encarna clasifica la vida en la medida de lo enamorada que esté; como Karina ordenaba las flechas. “Me he dado unos besos del amor esta mañana”, me contó por teléfono. “Fuímos al cine del amor y luego estuvimos compartiendo una cena del amor”, le contó a Emma. “Con el coche del amor nos iremos a pasar el fin de semana a Alaró”, le contó a Marta. “¿Se ha vuelto boba? ¡Todo lo que dice es del amor! Parece una canción de Maná y por ahí sí que no paso”, comentó Marta, visiblemente horrorizada, ante el asentimiento del resto. “Creo que tenemos demasiados prejuicios con la palabra amor”, apunté. “Y no tiene nada que ver con Gran Hermano 9”, añadí. “Creo que existe un miedo ridículo a pronunciar la palabra, a vivirla, a entregarnos a ella sin condiciones ni horarios. Un miedo social a apostar y perder. Miedos tan antiguos como el propio miedo que genera. Y por eso estamos aquí, burlándonos de Encarna mientras ella está gozando de unos besos del amor”, dije. Todos me miraron con la cara que pondría Karl Lagerfeld ante el armario abierto de Mariah Carey. Su silencio se me antojó tan eterno que volví a tomar la palabra. “Vamos, digo yo...pero tampoco me hagáis mucho caso que hoy he dormido fatal”, me excusé, con una sonrisita. “Será eso”, atajó Marta. Y todos volvieron a conversar como si nada. Solo Josep interrumpió la charla hablando de Cásate conmigo, una peli de Jason Biggs que muy bien podría definirse como un ‘filme del amor’. “Es la evolución natural del amor: acabar en comedia. Eso, en el mejor de los casos”, soltó Marta. No me extraña que su madre diga que así no va a encontrar novio nunca.

sábado, 29 de enero de 2011

Teoría del orden de nacimiento

Los noruegos han puesto en un brete a mi familia y eso no está bien. Ya habíamos superado aquellas declaraciones de Eva Sannum diciendo que los españoles no la aceptábamos como reina. Ella lo que no sabía es que los españoles, entendidos como masa patriótica, tenemos unas tragaderas que ni Linda Lovelace. Y particularmente, somos un país lleno de hogares que no son más que pequeñas repúblicas independientes -precioso invento publicitario de otros nórdicos- en las que nos importa más o menos poco el asunto de la sangre azul. Me refería a un estudio de la Universidad de Oslo y el Instituto de Salud Ocupacional, publicado en la revista Science, que ha llegado a la conclusión de que el hijo mayor es el más conservador, perfeccionista e inteligente; el mediano tiene más facilidad para desarrollar emociones negativas pero también resulta más sociable; y el pequeño, el eterno mimado, que adopta posturas más revolucionarias, bohemias, que se anima a correr más riesgos pero que también es el más débil de los tres. Mi madre se dio de bruces con la noticia mientras buscaba fotos del hijo de Pé y Bar. Sólo tuvo que levantar la mirada del periódico para ver delante de ella a sus tres hijos, o lo que es lo mismo, a sus tres joyas. “¿Me quieres decir que entonces soy yo la problemática? ¿Es eso lo que quieres decir?”, dijo la de enmedio, en plan Isabel San Sebastián a punto de abandonar la mesa de 59 segundos. “Yo no digo nada”, balbuceó mi madre. “Son los noruegos”. “¿Yo conservador? ¿Yo, que me quedé afónico de gritar ‘No a la guerra’?”, apunté. “Esos noruegos no tienen ni idea de cómo funcionamos los españoles”, añadí. “Bueno, os dejo que a y media entro en Ikea”, dijo la pequeña. “Claro, como tú siempre has sido la preferida de mamá”, disparó la de enmedio contra la pequeña. “Para nada. El preferido de mamá siempre he sido yo”, comenté, en plan perfeccionista e inteligente. Lo curioso es que ninguno de los tres nos dimos cuenta de que mi madre se había marchado al cine hacía media hora.

viernes, 28 de enero de 2011

Una nariz roja por Alex de la Iglesia

Cuando menos lo esperas, estalla la tormenta. Y entonces, empapados y confusos, buscamos un lugar, cualquier lugar, donde ponernos a cubierto. Lo hacemos rápido, de un modo instintivo, huyendo de la sensación de derrota que siempre atraviesa la ropa mojada.

Ángeles González Sinde, la mujer que escribió La buena estrella, un día decidió entrar en política. Supongo que pasar de la escritura silenciosa al fragor de las declaraciones y descalificaciones no es sencillo. Supongo que hay que buscar un incentivo. Supongo que será la necesidad de creer que algo ‘es posible’, que puedes aportar un pequeño grano de arena para hacer de tu país un lugar mejor. Esa es mi teoría romántica e ingenua de la política. De lo contrario, tendría que suponer que sólo les mueve la ambición y eso, que es un giro de guion interesante, se convierte en una hipoteca que el ciudadano nunca termina de pagar.

No al gratis total. Todo tiene un precio: la casa, la ropa, la electricidad, el detergente, la leche, las corbatas, los dvd’s de Mad Men, los discos de La Casa Azul, el cine y, por supuesto, entrar en política. Ya nadie recuerda que González Sinde escribió La buena estrella. Unos pocos la recuerdan, y con ironía, por Mentiras y gordas aunque yo, viendo la tormenta descargar, pienso más en La vida que te espera. De alguna manera, ella ha hipotecado una parte de su trayectoria profesional, de su credibilidad, al amparo del gobierno Zapatero. Ha sido la cabeza visible de otra ley elaborada a espaldas de la sociedad y favoreciendo a un determinado colectivo. ¿Todo para el pueblo pero sin el pueblo? Y digo otra ley porque la eliminación de la publicidad en TVE no fue una demanda social. Más bien fue un ‘apaño’ para favorecer a una parte del negocio audiovisual y dejar al ente sin un duro para poder cubrir 24 horas de programación diaria en dos cadenas y tres canales temáticos.

Supongo, y ya sé que llevo un artículo con mucho suponer, que la ministra que un día fue guionista habrá pensado que la cartera ministerial no dura toda la vida. De hecho, tiene una pequeña fecha de caducidad escrita junto al pespunte. Y ese día tendrá que volver a dedicarse a escribir historias. Y para que podamos ver esas historias en pantalla grande, o pequeña, tiene que llevarse bien con los empresarios de la cultura, con aquellos que le ofrecerán un guión y, espero, se lo paguen como corresponde. NOTA: Acabo de recibir un mail del Sindicato de Guionistas en el que, a través de su junta directiva, se me recomienda que no participe en el concurso de guionistas cómicos El Hormiguero, organizado por ese programa y la productora CinemaVip, por “considerar que las bases son abusivas y no respetan la Ley de Propiedad Intelectual ni la dignidad de los trabajadores”. Y luego la culpa es de las descargas…

A Ángeles González Sinde, la mujer que escribió La ley Sinde, le estalló la tormenta y le pilló sin paraguas. Empezó como un huracán llamado Alex pero a su paso por la última reunión con la Academia de Cine se ha convertido en tormenta tropical. El director Alex de la Iglesia ha encontrado al enemigo en casa. Un sector de la Academia le echa en cara su excesiva implicación en la polémica, su absurdo interés por hablar con los internautas –a los que el productor Gerardo Herrero compara con traficantes de cocaína-, y su enfrentamiento contra la ley creada por el PSOE, pactada con el PP y consensuada con CiU. Los creadores deberíamos manifestar que estamos con Alex de la Iglesia, que le apoyamos, que no está solo. Que si la ministra prefiere aliarse con los empresarios de la cultura y el entretenimiento, nosotros preferimos estar con los nuestros, en el lado de los creadores. Alex de la Iglesia les ha dado una lección a todos acercándose al núcleo de la cuestión, informándose, dialogando –que es alucinante que para algunos temas de política interior se reclame diálogo y para la ley Sinde no exista diálogo posible-, nutriéndose de puntos de vista, enriqueciéndose y comprendiendo que aquí nadie habla de ‘gratis total’. Que lo que hace falta es empezar de cero y elaborar una ley seria, basada en la realidad, en la era Internet, en la revolución que ha supuesto la red en todos los ámbitos, y dejarse de remates y zurcidos porque además, y si no al tiempo, no van a servir de nada.

Para el productor Gerardo Herrero, Alex de la Iglesia “ha perdido la cabeza con el Twitter”. Podríamos debatir la forma si realmente no fuera más importante el fondo. En el fondo, Herrero cree que hablar con los internautas es “como si el Ministerio de Sanidad negociara con los traficantes de cocaína cómo se hace una ley y si la coca debe ser de mejor calidad y se habla del tema con la gente que tiene problemas con ella”. Yo, sin embargo, creo que Alex de la Iglesia puso la primera piedra para crear un nuevo canal de distribución de la cultura y el entretenimiento, un lugar más sostenible, como si el consumidor pudiera ponerse en contacto con el agricultor que cultiva tomates y pudiera comprarle el tomate sin tener que pagar a todos los intermediarios que encarecen el tomate en más de un 500%. Y si alguno no entiende la comparación al menos no me negará que un tomate es mucho más saludable que una raya.

PINCHA EN LA PÁGINA DE 'EL PAÍS' SI QUIERES MÁS INFORMACIÓN