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domingo, 24 de octubre de 2010

El martes se me olvidó ser feliz

El martes se me olvidó ser feliz. Aún no entiendo cómo pudo suceder. ¿En qué estaría yo pensando? El martes pasado, Madrid fue capital mundial de la felicidad y yo sin enterarme. Lo descubrí al día siguiente y me invadió una sensación de derrota, de oportunidad perdida, que aún hoy intento superar a base de magdalenas rellenas de chocolate. El chocolate genera endorfinas y, digo yo, que a falta de felicidad, buenas son las endorfinas. La designación de Madrid como capital de la felicidad tenía que ver con el primer congreso internacional sobre ese asunto que se celebraba en la ciudad. Todo estaba organizado por el Instituto Coca Cola de la Felicidad. Empezábamos mal. A mí la Coca Cola me provoca gases y los gases no me hacen feliz.

El filósofo Javier Sádaba, el psicólogo Javier Urra, el divulgador científico Eduardo Punset, la alpinista Edurne Pasabán o uno de los 16 supervivientes del accidente aéreo ocurrido en los Andes en 1972, Gustavo Cervino, fueron algunos de los participantes que, desde sus propias experiencias y conocimientos, intentaron darnos herramientas para ser felices. Entre los ponentes también estaba el primer ministro de Bután, Jigme Thinley, un político tan revolucionario como la utopía, que propuso crear un índice, como el PIB, que mida la Felicidad Nacional Bruta (FNB). Cree que hay que medir el desarrollo de los países según las sonrisas de sus habitantes. Bután, ese pequeño país situado en el Himalaya, con unos 700.000 habitantes, está considerado uno de los estados más felices del mundo. Nosotros tenemos tasa de paro; ellos tienen tasa de infelicidad. La nuestra es del 20%; la de ellos, un 3%. Según Thinley, los valores para medir dicha felicidad se basan en un desarrollo socioeconómico sostenible, en la preservación y promoción de la cultura, en la conservación del medio ambiente y en el buen gobierno. O sea, que podemos darnos por jodidos. Nunca seremos un país feliz. Cuanto antes lo asumamos, mejor para todos.

El miércoles, mientras me enteraba que había llegado tarde a mi oportunidad de ejercer como individuo feliz en una ciudad feliz, recibí la llamada de un amigo que me informó que los dos días de celebración del congreso eran dos días de felicidad oficial. O sea, que ese miércoles aún disponía de la ocasión de ser feliz. La noticia me pilló escribiendo un sketch sobre la inmunda versión que hizo Ramoncín del Come as your are de Nirvana y su posterior perdón a los fans. O sea, me pilló en plena desdicha para mis oídos. Venía de un día en el que había vuelto a madrugar –eso, para mí, es un síntoma de absoluta tristeza-, de un trayecto en Metro donde constaté que, si el desarrollo de España se midiera por la sonrisa de sus habitantes, estábamos en un oscuro agujero negro, de encontronazos y zarandeos –porque la multitud es muy maleducada- y de una lectura del último libro de Bret Easton Ellis, Suites Imperiales. Así, ¿quién demonios iba a pensar en felicidad? Ya sé que lo importante en la vida no es lo que pasa sino lo que hacemos con lo que pasa. Como dijo Jean Paul Sartre, no hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace. Pero me di cuenta que yo no podía hacer nada para intentar ser feliz porque la felicidad no dependía de mí. Para ser feliz no me basta con la egoísta satisfacción personal: necesito que mi entorno familiar y emocional también esté feliz. Necesito tener esperanza y esa se diluye cada vez que me siento ante un Telediario o abro un periódico. Lo único que puedo hacer es intentar relativizar el disgusto, usar mi experiencia para prever la caída y levantarme después con la menor cantidad de rasguños posibles, ser un mero observador lo suficientemente atento a lo que sucede para no volver a dejar pasar la sensación de felicidad y disfrutarla plenamente la próxima vez que me señale.

Y recordé la noche anterior, cuando en la sede del Instituto Europeo de Diseño, tuve delante al actor Clive Owen. Era una fiesta en la que se presentaba la edición limitada del whisky Chivas 12, en un estuche creado por el diseñador barcelonés Alex Trochut. Entre cócteles, canapés y mujeres muy del estilo Ana García Siñeriz, tuve la suerte de asistir, frente a frente, a la mirada del señor Owen (Closer, Hijos de los hombres). Tampoco es que el hombre fuese accesible, de hecho se situó en su pequeña zona reservada y se pasó buena parte de la velada hablando con amigos y de espaldas al resto de invitados, por si acaso caían en la fea tentación de hacerle fotos con el móvil como si fuera Copito de Nieve. Pero a mí me bastó con tenerle delante, con mirar sus ojos verdes y recibir una minúscula mueca, como un aperitivo de sonrisa, a modo de saludo. Porque, en el fondo, quizá la mejor manera de ser feliz sea conformarse.

viernes, 18 de junio de 2010

Amigos




Me he despertado y he sonreído. Hoy cumple años una amiga y aunque no puedo asistir a su fiesta de aniversario -creo que siempre hay que celebrar los cumpleaños; de hecho opino que hay que festejarlo todo en esta vida-, el primer pensamiento del día ha sido para ella. Solo hay una cosa más importante que el amor, y esa es la amistad. Puede que suene cursi pero el que lo probó, lo sabe. No voy a ir de moderno. Creo que ya fueron los griegos los que especularon sobre si la amistad era más necesaria en la prosperidad o en el infortunio. Mi madre siempre ha acuñado esa máxima de que “para una fiesta, todo el mundo está dispuesto, pero cuando vienen las vacas flacas, todos desaparecen”. Yo le decía que esa era una mentalidad de posguerra; que esos años les había hecho grises, desconfiados y bastante reprimidos a todo lo que destilase placer. Entonces ella me miraba, pensando que convertir a su hijo en alguien de provecho era una batalla perdida, y yo le guiñaba un ojo, que eso la desarma. Volviendo al tema, nunca he comprendido esa necesidad de valorar a los amigos por el número de desgracias que comparten contigo. Confío en la hermandad de la fiesta, en los lazos de la risa, en los vínculos de la felicidad. Creo que a los amigos hay que apreciarlos por el número de juergas, de demostraciones de felicidad que habéis compartido. Los buenos ratos son los que forjan los pilares de la amistad, la manera más noble de abrazarlos. Precisamente esas risas juntos son las que hacen que estén presentes cuando asaltan las lágrimas, y no al revés. La atenuación de los disgustos importa poco y quizá por eso todos huímos de la idea de ser objeto de pena para los amigos. Lo que deseamos es el placer, a veces auxiliador, que provoca su sola presencia. Lo que te contaba: me he despertado y he sonreído. Luego he pensado que me conformaría con que, en algún minuto de la fiesta, alguien echase de menos un buen dj. Aunque fuera ‘virtual’.