martes, 16 de agosto de 2011
Familias en serie
sábado, 29 de enero de 2011
Teoría del orden de nacimiento

Los noruegos han puesto en un brete a mi familia y eso no está bien. Ya habíamos superado aquellas declaraciones de Eva Sannum diciendo que los españoles no la aceptábamos como reina. Ella lo que no sabía es que los españoles, entendidos como masa patriótica, tenemos unas tragaderas que ni Linda Lovelace. Y particularmente, somos un país lleno de hogares que no son más que pequeñas repúblicas independientes -precioso invento publicitario de otros nórdicos- en las que nos importa más o menos poco el asunto de la sangre azul. Me refería a un estudio de la Universidad de Oslo y el Instituto de Salud Ocupacional, publicado en la revista Science, que ha llegado a la conclusión de que el hijo mayor es el más conservador, perfeccionista e inteligente; el mediano tiene más facilidad para desarrollar emociones negativas pero también resulta más sociable; y el pequeño, el eterno mimado, que adopta posturas más revolucionarias, bohemias, que se anima a correr más riesgos pero que también es el más débil de los tres. Mi madre se dio de bruces con la noticia mientras buscaba fotos del hijo de Pé y Bar. Sólo tuvo que levantar la mirada del periódico para ver delante de ella a sus tres hijos, o lo que es lo mismo, a sus tres joyas. “¿Me quieres decir que entonces soy yo la problemática? ¿Es eso lo que quieres decir?”, dijo la de enmedio, en plan Isabel San Sebastián a punto de abandonar la mesa de 59 segundos. “Yo no digo nada”, balbuceó mi madre. “Son los noruegos”. “¿Yo conservador? ¿Yo, que me quedé afónico de gritar ‘No a la guerra’?”, apunté. “Esos noruegos no tienen ni idea de cómo funcionamos los españoles”, añadí. “Bueno, os dejo que a y media entro en Ikea”, dijo la pequeña. “Claro, como tú siempre has sido la preferida de mamá”, disparó la de enmedio contra la pequeña. “Para nada. El preferido de mamá siempre he sido yo”, comenté, en plan perfeccionista e inteligente. Lo curioso es que ninguno de los tres nos dimos cuenta de que mi madre se había marchado al cine hacía media hora.
sábado, 18 de diciembre de 2010
El misterio

En casa de mi madre ha tenido lugar ese maravilloso acontecimiento anual que consiste en sacar, del fondo de algún lugar remoto, una caja de cartón de patatas Risi donde, desde que tengo uso de razón, se han guardado las figuritas del Belén. Debe ser el único objeto de la casa que no ha sufrido una reforma, una rehabilitación o, directamente, un cambio. El Belén permanece, algo que no ha logrado mi fe, por poner un ejemplo. “¿No crees que va siendo hora de cambiar las figuritas?”, comenta mi hermana mientras saca de la caja una oveja con dos patas y el brazo amputado de vaya usted a saber qué pastorcillo. “Esas figuritas llevan toda la vida con nosotros. No estaría bien cambiarlas por otras más modernas. Sería...como una traición a la nostalgia”, contesta mamá. Y retira el papel de periódico del año anterior con el que intenta proteger a los actores del montaje escenográfico que se representará en el recibidor de casa hasta el 7 de enero. Mi madre es una mujer que se entrega con facilidad a la nostalgia. Yo siempre le digo que la culpa de todo eso la tiene "Cuéntame", que nos hipnotiza y nos hace pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. La nostalgia es traicionera, pero mi madre no quiere traicionarla. Paradojas familiares. Mi hermana le insiste en que el ritual está empezando a ser algo doloroso, ya que cada vez hay menos figuras. “Como en la vida”, dice mamá. Y nadie rebate la verdad, así que empezamos a desembalar piezas, sabiendo que metemos la cabeza en la trampa. Y hablamos de aquel año que me dió por poner a C3PO y a R2D2 en el portal, adorando al niño, y mi madre me los quitó, con una sonrisa en los labios, al grito de: ¡Hereje! Y reímos con la figurita de la mujer que llevaba el cántaro a la fuente, que al final perdió el cántaro y el brazo pero la seguímos colocando, manca y todo, a ver si los Reyes Magos, que además son majos, le traían un brazo nuevo, aunque fuera sin cántaro. Al Belén le faltan los efectos especiales. Ya no tiene agua, ni luz, ni musgo, que ahora es delito ecológico. El Belén ya parece un campo de refugiados. Creo que mi madre por fín se ha dado cuenta. “El año que viene pondremos solo el Misterio”, ha dicho. “Pues si hay misterio, yo traigo a Harry Potter”, suelto. Y entre risas, mi madre nos manda a todos a la cocina.
