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viernes, 28 de enero de 2011

Una nariz roja por Alex de la Iglesia

Cuando menos lo esperas, estalla la tormenta. Y entonces, empapados y confusos, buscamos un lugar, cualquier lugar, donde ponernos a cubierto. Lo hacemos rápido, de un modo instintivo, huyendo de la sensación de derrota que siempre atraviesa la ropa mojada.

Ángeles González Sinde, la mujer que escribió La buena estrella, un día decidió entrar en política. Supongo que pasar de la escritura silenciosa al fragor de las declaraciones y descalificaciones no es sencillo. Supongo que hay que buscar un incentivo. Supongo que será la necesidad de creer que algo ‘es posible’, que puedes aportar un pequeño grano de arena para hacer de tu país un lugar mejor. Esa es mi teoría romántica e ingenua de la política. De lo contrario, tendría que suponer que sólo les mueve la ambición y eso, que es un giro de guion interesante, se convierte en una hipoteca que el ciudadano nunca termina de pagar.

No al gratis total. Todo tiene un precio: la casa, la ropa, la electricidad, el detergente, la leche, las corbatas, los dvd’s de Mad Men, los discos de La Casa Azul, el cine y, por supuesto, entrar en política. Ya nadie recuerda que González Sinde escribió La buena estrella. Unos pocos la recuerdan, y con ironía, por Mentiras y gordas aunque yo, viendo la tormenta descargar, pienso más en La vida que te espera. De alguna manera, ella ha hipotecado una parte de su trayectoria profesional, de su credibilidad, al amparo del gobierno Zapatero. Ha sido la cabeza visible de otra ley elaborada a espaldas de la sociedad y favoreciendo a un determinado colectivo. ¿Todo para el pueblo pero sin el pueblo? Y digo otra ley porque la eliminación de la publicidad en TVE no fue una demanda social. Más bien fue un ‘apaño’ para favorecer a una parte del negocio audiovisual y dejar al ente sin un duro para poder cubrir 24 horas de programación diaria en dos cadenas y tres canales temáticos.

Supongo, y ya sé que llevo un artículo con mucho suponer, que la ministra que un día fue guionista habrá pensado que la cartera ministerial no dura toda la vida. De hecho, tiene una pequeña fecha de caducidad escrita junto al pespunte. Y ese día tendrá que volver a dedicarse a escribir historias. Y para que podamos ver esas historias en pantalla grande, o pequeña, tiene que llevarse bien con los empresarios de la cultura, con aquellos que le ofrecerán un guión y, espero, se lo paguen como corresponde. NOTA: Acabo de recibir un mail del Sindicato de Guionistas en el que, a través de su junta directiva, se me recomienda que no participe en el concurso de guionistas cómicos El Hormiguero, organizado por ese programa y la productora CinemaVip, por “considerar que las bases son abusivas y no respetan la Ley de Propiedad Intelectual ni la dignidad de los trabajadores”. Y luego la culpa es de las descargas…

A Ángeles González Sinde, la mujer que escribió La ley Sinde, le estalló la tormenta y le pilló sin paraguas. Empezó como un huracán llamado Alex pero a su paso por la última reunión con la Academia de Cine se ha convertido en tormenta tropical. El director Alex de la Iglesia ha encontrado al enemigo en casa. Un sector de la Academia le echa en cara su excesiva implicación en la polémica, su absurdo interés por hablar con los internautas –a los que el productor Gerardo Herrero compara con traficantes de cocaína-, y su enfrentamiento contra la ley creada por el PSOE, pactada con el PP y consensuada con CiU. Los creadores deberíamos manifestar que estamos con Alex de la Iglesia, que le apoyamos, que no está solo. Que si la ministra prefiere aliarse con los empresarios de la cultura y el entretenimiento, nosotros preferimos estar con los nuestros, en el lado de los creadores. Alex de la Iglesia les ha dado una lección a todos acercándose al núcleo de la cuestión, informándose, dialogando –que es alucinante que para algunos temas de política interior se reclame diálogo y para la ley Sinde no exista diálogo posible-, nutriéndose de puntos de vista, enriqueciéndose y comprendiendo que aquí nadie habla de ‘gratis total’. Que lo que hace falta es empezar de cero y elaborar una ley seria, basada en la realidad, en la era Internet, en la revolución que ha supuesto la red en todos los ámbitos, y dejarse de remates y zurcidos porque además, y si no al tiempo, no van a servir de nada.

Para el productor Gerardo Herrero, Alex de la Iglesia “ha perdido la cabeza con el Twitter”. Podríamos debatir la forma si realmente no fuera más importante el fondo. En el fondo, Herrero cree que hablar con los internautas es “como si el Ministerio de Sanidad negociara con los traficantes de cocaína cómo se hace una ley y si la coca debe ser de mejor calidad y se habla del tema con la gente que tiene problemas con ella”. Yo, sin embargo, creo que Alex de la Iglesia puso la primera piedra para crear un nuevo canal de distribución de la cultura y el entretenimiento, un lugar más sostenible, como si el consumidor pudiera ponerse en contacto con el agricultor que cultiva tomates y pudiera comprarle el tomate sin tener que pagar a todos los intermediarios que encarecen el tomate en más de un 500%. Y si alguno no entiende la comparación al menos no me negará que un tomate es mucho más saludable que una raya.

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domingo, 26 de diciembre de 2010

La ley Sinde

Cuando una ley deja de identificarse con su nombre oficial y pasa a conocerse popularmente con el apellido del ministro que la respalda, tiendo a pensar que algo va mal. Ya sucedió con la Ley Corcuera y ha vuelto a suceder con la Ley Sinde. Imagino que yo, que comparto profesión con la ministra, debería pensar que esa ley que tumbó el Congreso el martes pasado me defendía. Si era así, ¿por qué no tuve esa sensación? La Disposición Final Segunda de la Ley de Economía Sostenible hablaba de proteger a los creadores. Mi impresión es que no se refería a todos los creadores sino a los rentables. Entonces, ¿por qué lo llaman cultura cuando quieren decir negocio? Además, hablamos de la industria de la cultura y el entretenimiento, que aquí parece que todo es contenido cultural y me gustaría saber a mí qué conocimientos genera Fast and Furious 5. Pero aún así, me tragaría mi complejo de ‘poco rentable’ y apoyaría una norma que, aunque sea a largo plazo, algún día me pudiera proteger. Y me encuentro con que se iba a crear una Comisión (¡¡miedito!!) para que decidiese si una web vulneraba derechos de propiedad intelectual o no. Y para colmo, como la justicia es lenta, íbamos a tener una vía rápida para no soportar largas esperas. Como si, cuando te pones malo y vas a urgencias, los médicos tuvieran la obligación de atenderte a ti primero porque eres un ‘creador’. Y se me abrieron las carnes de sólo leerlo.

Gracias a leyes de este tipo y a la colaboración de algunos empresarios de la industria cultural, los mismos que me pagan mucho menos por mi guión porque me dicen que el resto lo voy a cobrar en derechos de autor, acabaremos teniendo a la opinión pública en contra. Si a todo el mundo le pareció indignantes las exigencias de un controlador aéreo después de conocer su nómina, ¿con qué cara se defiende que Alejandro Sanz o Warner Music quieran seguir recaudando dinero por un disco ya amortizado? Podría intentar defenderlo pero la Ley Sinde no me lo ponía fácil.

Mucha de la gente que me rodea no tiene nada que ver con mi universo laboral. Todos, de una manera u otra, han tenido que ajustarse el cinturón en sus empleos. Algunos incluso han sufrido en sus carnes una reconversión industrial que les cambió la vida. Y ahora llegan los poderosos de la industria del entretenimiento (en la Coalición de Creadores no están los grupos que cuelgan su música en myspace, ni yo, que ‘guardo’ mis textos en un blog) y les dice que aún no han ganado suficiente. Que aún hay que ganar más. Todos sabemos que no está en peligro la música, ni el cine, ni la literatura; está en peligro un modelo de negocio porque existe una realidad, llamada Internet, que no va a cambiar, por mucha ley que intentemos colar de tapadillo.

Me alegra que no se haya aprobado esta ley y que esto sirva para reabrir un debate en la sociedad. Por supuesto que los creadores deben cobrar por su trabajo. Eso nadie lo discute. Por supuesto que hay que desterrar la idea del ‘gratis total’. Pero tenemos unos políticos tan mediocres que en lugar de potenciar la creación de nuevas plataformas para los productos audiovisuales (¿quién se descarga música desde que existe Spotify?), en lugar de animar a las distribuidoras y productoras de cine a que cuelguen sus catálogos en una web, con calidad y a un precio razonable (en iTunes puedo ver Origen, eso sí, en versión doblada, por 3 euros), se dedican a prohibir. La manera más sencilla de hacer política y la menos pedagógica.

Los grandes empresarios de la cultura, no los creadores, son como los individuos que compran muchos pisos y luego viven de las rentas que les generan esos inmuebles. Lícito,...pero yo a eso no lo llamo cultura. No soy Alejandro Sanz, ni Joaquín Sabina, ni Ruíz Zafón, ni Almodóvar; soy un creador de la parte de abajo del montón. Mentiría si dijera que no sueño con llegar a donde han llegado ellos, a que mi obra tenga mucha más repercusión y difusión, pero, de momento, me conformo con vivir de mi trabajo y quiero seguir haciéndolo. Pero si hay que educar a la sociedad y quitarle el vicio de la descarga (y para eso hay que crear alternativas) también hay que aleccionar a la industria. No es lo mismo grabar una película en la sala de cine, convertirla en un link y comerciar con ella en una web que tener un blog sobre el cine español del siglo XX y colgar escenas de las películas de las que se habla. Con la Ley Sinde en la mano, se podrían cerrar las dos páginas. Pero para mí, como creador, una podría vulnerar mi propiedad intelectual pero la otra, bajo ningún concepto. Ya he dicho muchas veces que no entiendo una cultura que sólo pueda emplearla quien puede pagarla, porque eso no es cultura; es un Rolex. Me niego por completo a aceptar que una comisión, a la que únicamente le preocupa el dinero que va a dejar de ingresar, decida sobre si algo altera mi propiedad intelectual o no. Nada me enorgullece más que ver cómo mi trabajo tiene miles de visitas en Youtube, como se enlazan mis textos en las redes sociales o cómo la gente emplea frases que yo he escrito y que ya forman parte de su vocabulario. Para mí, eso tan contagioso y permeable es cultura. ¿O es que los usuarios de Facebook, Tuenti o Twitter van a tener que cobrarle a la industria cultural la labor que están haciendo al promocionar canciones, videoclips, películas o programas de televisión en sus muros? Hay que permitir que los creadores vivan de su creación pero que su producto pueda viajar por la red, difundirse, porque así, tendremos más trabajo. Y si para eso hay que cambiar la Ley de Propiedad Intelectual, pues se cambia.