sábado, 17 de diciembre de 2011

Darse cuenta

Era la típica noche de lengua suelta, de memoria activa, de copas que van y vienen, de risas en estéreo y, sobre todo, de amigos. Aunque es verdad que esa combinación puede darse en cualquier local de copas de cualquier ciudad, debo estar haciéndome mayor porque las disfruto más cuando suceden en casa. Sí, es así; entre una reunión de amigos en una casa y una reunión en un bar, hoy por hoy, prefiero la de casa.

Después de elegir el cantante en concierto por el que seríamos capaces de pagar una entrada de 700 euros, después de valorar la operación de tetas de una amiga, que dice que es el dinero mejor invertido de su vida y que a partir de ahora todo es beneficios porque ya están amortizadas, después de darnos cuenta que ninguno de nosotros se había liado con otro miembro del grupo –no pongan esa cara, no siempre se da esa combinación-, salió una de esas preguntas de seis de la mañana: “Y tú, ¿cuándo te diste cuenta de que eras gay?”

Siempre he pensado que los demás lo saben antes que uno mismo, que uno es gay incluso antes de sentir un deseo sexual por una persona de su mismo sexo pero lo bueno de este tipo de preguntas es que siempre vienen acompañadas de alguna anécdota.

Yo no sabía nada de sexo, ni de hombres, ni de morbo, cuando fui al cine con todos mis primos. Nuestros padres nos pagaron la entrada para que les dejásemos un poco en paz y allá que nos fuimos todos. Un cine próximo a la Alameda de Osuna. Creo que formaba parte de un hotel que acaban de abrir por la zona. Programa doble. La elección de las dos películas era digna de estudio: “El autobús atómico” y “West Side Story”.

Comenzó la proyección.

La primera en proyectarse fue “El autobús atómico”. La película era supuestamente una comedia. Vamos, supuestamente no; era una comedia. Mis primos se desternillaban en sus butacas cada vez que aparecía un gag en pantalla. Tampoco es que yo, a aquella edad, tuviera un humor muy cultivado pero la verdad es que la película me parecía un aburrimiento. No me hacía gracia ese autobús nuclear, ni su conductor, ni sus pasajeros, ni nada. Y eso que salía Ruth Gordon y Stockard Channing y que la peli fue precursora de "Aterriza como puedas", y con esa me reí muchísimo pero…no sé, la edad, esa cosa tan confusa. Debería volver a revisitar “El autobús atómico”, a ver cómo me lo tomo ahora. El caso es que mis primos disfrutaron muchísimo, vamos, aquello fue el no va más del disfrute,…hasta que empezó la segunda película: “West Side Story”.



Qué quieren que les diga…empecé a llorar, a ponerme en la piel de la pobre de María y el pobre de Toni, comprendiendo porqué Anita mentía a los Jets pero revolviéndome en la butaca ante la razón por la que lo había hecho, acompañando a Toni por las canchas de baloncesto gritando “¡Chino, Chino, mátame Chino!” Esa película logró que sintiera que estaba solo en el cine. Bueno, solo no; con Toni, María, Anita, los Jets y los Sharks, y la eterna música de Leonard Bernstein, que yo en ese momento no sabía ni quién era Leonard Bernstein ni Stephen Sondheim y si me apuras, ni Natalie Wood. Yo lo único que hacía era llorar como un bendito frente a aquella historia de amor con canciones y bailes mientras mis primos se aburrían como monas y me preguntaban “¿estás bien? ¿te duele algo?” Podía haberles contestado, pelín sobreactuado: “¡Sí, me duele el alma! Pero ¿qué clase de personas sois? ¿Es que no tenéis sentimientos? ¿Es que no veis que Toni y María se aman y todo su entorno está en contra de ese amor? ¿Cómo podéis quedaros así, tan tranquilos?” Claro que entonces mis primos lo mismo me hubiesen mirado fatal y al llegar a casa se lo contarían a sus padres y sus padres a los míos y…para qué adelantar acontecimientos.

El caso es que yo, ese día, me di cuenta de algo. Me di cuenta de que era diferente. Al menos en lo que a sensibilidad cinematográfica se refiere. No sé. Quizá ese dato no tenga ninguna responsabilidad en la persona que soy hoy. O quizá sí. De lo que sí estoy seguro es de que luego me pasé semanas enteras cantando Tonight, tonight. Aún hoy, ver "West Side Story" me sigue poniendo la piel de gallina.

Es un simple anécdota. Solo eso.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Bibiana o la pasión

Realmente, yo quería hablar de Bibiana Fernández. Eso pretendo desde hace al menos ocho meses, cuando se estrenó La gran depresión en un teatro madrileño y nadie sabía que iba a ser la obra de la temporada. De hecho, creo que quiero hablar de Bibiana desde mucho antes. Desde un tiempo, desubicado en las razonables nieblas de la memoria, en el que la escuchaba cantar Call me lady champagne en un disco de varios artistas que tenía un tío mío que trabajaba en Hispavox. Mi adolescencia no fue especialmente turbulenta, no viví cada día como si fuera el último, algo que vendría muy bien para dar a este escrito aire de leyenda. Pero eso sí, albergué la sensación de ser eterno. Empecé a elaborar un apasionado mosaico de referentes que, instintivamente, iban modelando al mortal que soy. La manga era ancha, era manga japonesa, y en su interior cabía desde el vestido que Karina lució en Eurovisión hasta Espacio 1999 pasando por Adam Ant y Paul Michael Glaser. Todos hicieron un hueco a Bibiana; en aquellos años, Bibí Andersen. Admito que durante un tiempo pensé que era la misma mujer que trabajaba con Ingmar Bergman. Supongo que la razón, aparte de la similitud de los nombres, era que nunca había visto una película de Ingmar Bergman.

Tuvo que pasar mucho tiempo, tanto que incomoda recordarlo, hasta que llegase la noche en la que conversé con ella, por primera vez, en la discoteca Tito’s de Palma. No recuerdo los precedentes; tengo una capacidad de recordar muy cinematográfica: hago de la elipsis un arte. Ella, acompañada de amigos como Manuel Bandera, miraba bailar a Asdrúbal en la pista. “Mírale. Si yo tendría que estar en el hotel, tranquila, y no aquí”, me dijo, haciendo de su palabra un gag de madrugada. Y me reí. Solo con el tiempo comprendí lo que era emparejarse con alguien más joven, la vitalidad de un cuerpo siempre dispuesto para el amor… y la fiesta. Ellos marcan el ritmo y lo sigues porque no puedes hacer otra cosa. Puede que desde un punto de vista más objetivo parezca que nos dejamos imponer un estilo de vida. Puede ser porque, cuando nos enamoramos, la vida son ellos.


Bibiana ensalza la propia sabiduría del cuerpo, esa que permite a los deportistas de élite sanarse pronto de una lesión. Es tan de verdad que, en estos tiempos de pose, impresiona tenerla delante. Algunos referentes se han quedado atrás, fueron flor de un día, pero Bibiana, espiral hipnótica de mujer, encuentra su sitio y se acomoda de tal manera que nunca permitirías que se moviese de ahí.

La volví a ver cuando le ofrecimos grabar un Carta Blanca para La 2 de TVE. Uno de los mejores programas de la televisión pública nunca tuvo segunda temporada y el programa de Bibiana nunca llegó a ser. Nos reunimos en una ocasión con ella. Quedamos en el Olsen, un restaurante sueco del centro de Madrid. A la reunión también acudió el director del programa, Santiago Tabernero, y su subdirectora, Lara López. Cuando Bibiana se marchó, los tres admiramos la vehemencia de emociones, palabras y experiencias de esa mujer. Me asombró cómo lograba hacer de la locura, lógica. Cómo conseguía que Víctor Mature, YSL y Miguel Poveda compartieran la misma frase y no pudieras hacer otra cosa mas que asentir ante semejante muestra de sensatez.

He tenido la suerte de coincidir con Bibiana Fernández en muchos sitios: fiestas, inauguraciones, estrenos, presentaciones,… Jamás se acuerda de mí pero siempre te hace sentir especial, valioso, aunque sea durante medio minuto, pero lo hará. Te mirará a los ojos, te contará una anécdota y tendrás la sensación de que esa historia es para ti, aunque la haya contado ya mil veces. Como si compartiera un poco de sí misma contigo. Y tú te lo llevas, feliz como una perdiz, creyéndote la particularidad de esa historia porque ella deseaba que así fuera. Eso es lo que diferencia a la gente que ha nacido para el mundo del espectáculo de la gente que solo trabaja en el mundo del espectáculo: los primeros, saben contar historias.

Ya está. Siempre había querido hablar de ella. A veces se ha filtrado en mis escritos porque soy poroso y ella es un rápido que hay que descender sabiendo que, por desconcertante que te parezca, al final será una experiencia única. Mi último ‘descenso’ fue en la presentación del catálogo de la exposición de Juan Gatti, que puede verse actualmente en Madrid. Ella y el fotógrafo se sentaron, frente a frente, en dos butacas del salón Medinaceli del hotel Palace y empezaron a hablar. La idea era que Bibiana entrevistase a Juan. Eso fue imposible. Ella habló sin parar. Era lo que Gatti, gran tímido, quería. Dijo que la pasión era el estado de ánimo que había marcado la trayectoria de los dos: “tú, desde la pasión, has creado tu obra; yo, desde la pasión, me he hecho a mí misma”. Posiblemente, sea el estado de ánimo por el que merezca la pena vivir. Y morir. De amor, se entiende. Aunque Bibiana apuntó que había cambiado los hombres por los vestidos. “Me salen más baratos”, añadió. Y eso que lo que llevaba puesto podía ser un Gucci.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Off the record

Cuando empecé a trabajar como periodista, no con contrato fijo y todo eso, no, con un contrato de prácticas, o sea, en los orígenes de la linotipia, me enseñaron muchas cosas. Una fue que el archivo de fotos era un lugar enigmático. De hecho, estoy seguro que ahora que todo es digital y no debe existir un diario con archivo fotográfico de los de toda la vida, muchos lo echarán de menos. Recuerdo que el guardián del archivo del periódico en el que yo inicié mis prácticas tenía las fotos de las mises en el apartado de ganadería. Y cuando lo descubrías y le mirabas buscando una respuesta, él clavaba sus ojos en ti y ya no querías hacer otra cosa que no fuera salir de allí.

En las prácticas también me enseñaron a no usar la primera persona, que es algo que, como ustedes pueden comprobar, no acabé por arraigar a mi estilo, y a decir esa frase tan tópica de “antes la muerte que la fuente”, aunque quien más y quien menos tampoco le tenía tanto cariño a la fuente como para jugarse la vida por ella.

Pero hubo algo que no me enseñaron y que aprendí yo solito. En mi primera rueda de prensa descubrí que lo interesante de verdad, el titular, el pelotazo informativo, siempre te lo van a decir “off the record”, o sea, que te cuentan algo para que lo sepas tú pero que no se haga público. Supongo que eso debe venir muy bien cuando eres analista político y vales más por los off the record que almacenas que por las noticias que das pero cuando eres un becario…¿para qué quería yo un off the record si no era para provocarme migraña? Cuando el personaje decía: “esto te lo comento off the record”, pensaba…¡vete a la mierda! Ahora soltará la bomba y…¿qué debo hacer yo? ¿me salto el off the record y a esperar la que se me viene encima? ¿O tal vez en el fondo está deseando que lo publique? Si es así, ¿no me lo podía decir directamente? En ese caos deontológico y ético fui aprendiendo la profesión. Y les cuento esto para ponerles en antecedentes y comprendan un poco por qué no me gustan los off the record.


Dicho esto, les confieso que hubiese preferido que la princesa Letizia hubiera dicho que está orgullosa de que en España exista matrimonio igualitario en la entrevista que concedió a Vanity Fair, por ejemplo, y no tener que rescatar las declaraciones de un off the record o, peor aún, ni siquiera eso; de una conversación privada en la inauguración de una fachada de un museo de Chile.

A ver, que estoy encantado de que haya hecho esa declaración; para el progreso de un país, más vale una declaración como esa que 50 libros de Pilar Urbano, pero echo de menos el estatus del titular, de la declaración sólida y entrecomillada, la de verdad. Sí, ya sé que ellos no pueden interferir en la vida política de la nación y claro, como ahora a quien amo y con quien quiero pasar el resto de mi vida parece ser que es política, pues por eso mejor que las declaraciones se filtren de esta manera. Bueno, yo hubiese preferido que esas palabras se hubiesen publicado en el interior de una entrevista o en las páginas de un libro y no así, de tapadillo, medio rescatada de una conversación privada. Que yo encantado, ojo, pero no sé...será que en esta sociedad de trazo grueso son los detalles los que nos dan razones para levantarnos cada mañana. Será eso. No me lo tengan en cuenta.

O sí. Hay quien dice que en medio de la tempestad Urdangarín, la filtración de la declaración de la princesa estaba más que premeditada. Hay quien dice que en el enfrentamiento entre cuñadas, Letizia es una corredora de fondo y está empezando a ver la meta. Yo, desde luego, no pienso perderme el mensaje de Nochebuena del Rey. Para mí que no lo va a hacer desde la Zarzuela. Lo va a hacer desde el interior de La Caja de Luxe.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Ríanse ustedes de Carrie Fisher

Si me diera por tomar lexatín con tequila, como contó Bibiana Fernández que hacía cuando se le juntaba mudanza, gira con La gran depresión y programa de Ana Rosa, posiblemente tendría la mente mucho más osada de como la tengo. Estaría menos expuesto a la corrección, a la arbitrariedad del otro, incluso superaría mi miedo a la incertidumbre con el carácter más relajado. Mucho más relajado. Sin embargo, cuando introduzco el ansiolítico en la boca y me acerco un chupito para ayudarme a digerirlo me viene a la cabeza la princesa Leia. O sea, Carrie Fisher, la actriz que acabó sumergida en un mar de drogas, antidepresivos y alcohol y que le ha sacado un rendimiento económico a ese cuadro de vida –vía biografía, vía monólogo teatral en el que ella llega a reírse de sí misma- que ya quisiera yo en mi cuenta corriente. Luego me acuerdo de aquel párrafo de sus memorias humorísticas, Wishful Drinking, en el que narró que cuando su madre se dio cuenta de su problema con las drogas y el alcohol, hizo aquello que toda madre comprometida, vigilante y preocupada haría: llamar a Elizabeth Taylor. ¿A quién llamaría mi madre? ¿A María Jiménez? Solo de imaginármelo, vuelco el alcohol en el fregadero. Pero me trago el ansiolítico. Con agua.


Desayunar ansiolíticos debe ser algo que hace la mayoría de los ciudadanos de este país. No hay muchas otras maneras de afrontar un Telediario sin notar la desagradable presión en el pecho que precede al ataque de ansiedad. Si a eso añado la cantidad de dudas que genera mi cerebro al minuto,…pueden hacerse ustedes cargo, ya que la Seguridad Social no creo que pueda. Imagino el mecanismo cerebral que genera las preguntas y lo veo como si fuera una pantalla de Tetris. Los interrogantes van apareciendo en la parte superior de uno de los lóbulos, quizá el frontal, y van descendiendo hacia algún recoveco donde la cognición se sienta a buen recaudo. La pregunta puede ser cuadrada, recta, en forma de T, en forma de L, y nosotros, en un proceso de racionalización, intentamos buscarle respuestas para que, cuando llegue a esa parte cerebral donde se almacena lo aprendido, encaje perfectamente y no acabe bloqueando, no encontrando respuesta y, por lo tanto, no encontrando su sitio. Como en el Tetris, cuando una pregunta no se responde, se crea con ella un muro de contención que servirá para ir acumulando dudas tras él hasta hacer saltar el cartel de game over. ¿Y toda esta paja mental para qué?, pensarán. Pues para que me ayuden a descifrar una ‘pregunta tapón’ que amenaza con estropearme el juego. ¿Alguno de ustedes sabe qué diablos hacen los jueces del Tribunal Constitucional? ¿Conocen cómo transcurre su jornada laboral? ¿Fichan? ¿Saben si ellos también tienen lista de espera, como la Seguridad Social, pero de recursos? Porque si me dan una respuesta a todas esas preguntas quizá pueda llegar yo solito a una conclusión y así no tener que plantear cómo es posible que lleven 6 años debatiendo si el recurso impuesto por el PP contra el matrimonio igualitario se ajusta o no a la Constitución.

Supongo que en todas las casas cuecen habas, que decía mi abuela, y que los jueces del Constitucional pensarán que bastante tienen ellos con intentar mantener su dignidad cuando los dos grandes partidos, PP y PSOE, juegan a la cuerda con la institución, paralizándola, porque no se ponen de acuerdo. Vamos, que alguien se ríe por lo bajinis de la independencia judicial. Solo recordarles a los señores y señoras jueces y juezas del TC que hay más de 25.000 familias en España pendientes de su decisión. Supongo que para la vida democrática de este país corría más prisa saber si Bildu podía acudir a las elecciones municipales de mayo que lo del matrimonio igualitario. Supongo que hay prioridades y por eso ustedes tuvieron una sentencia al respecto en el menor tiempo posible. Supongo que decidir si un ciudadano tiene derecho a contraer matrimonio con la persona que ama no debe ser tan relevante. Supongo que ustedes no saben lo que significan sus seis años de silencio, imagino que debatiendo, para esas 25.000 personas, gays y lesbianas, casadas y con hijos, que tienen su estabilidad familiar (y si me apura, emocional) pendiente de ustedes. No quiero suponer que todo esto sea una estrategia política para, gracias a la mayoría absoluta del PP en el Parlamento, cambiar a los magistrados y así sacar una sentencia más acorde a la ideología del partido que, en su momento, impuso el recurso de inconstitucionalidad.


Es que eso no quiero ni pensarlo. Porque si lo pienso, ríanse ustedes de Carrie Fisher.

lunes, 28 de noviembre de 2011

El culo de Corbacho

Mi primera intención fue contarlo todo desde una pretensión aséptica, como un reflectante quirófano minimalista de esos que salen en las películas de ciencia ficción posteriores a la odisea de Kubrick. Luego, cambié de opinión. Una vez leí que Eduard Punset decía que el ser humano sería más feliz cuando aprendiese a cambiar de opinión. Yo lo intento, aunque a veces no sé si esa felicidad tiene algo que ver con la confusión. O con la ignorancia. En cualquier caso, cambié de opinión. Decidí que, a pesar de estar todo el domingo pasado en una mesa electoral de un colegio de Palma, no tengo porqué cumplir mi promesa de rememorar ese día. Ya sé que lo prometí en mi anterior artículo pero, hablando de políticos y su materia prima (de riesgo), estoy seguro que ustedes ya tienen la razón blindada a promesas incumplidas y la mía, a fin de cuentas, les importa un pimiento. Además, ¿qué otra razón, que no sea el sadismo, podría obligarme a recordar esas horas interminables y narrárselas a ustedes, mis dos únicos lectores? ¿Esa sería forma de pagar su fidelidad? Ya les digo yo que no.

Al día siguiente a la victoria del PP, Palma amaneció nublada, con una lluvia que parecía caer con rabia. Asaltó mi memoria aquella canción protesta de Pablo Guerrero y pensé que el destino era bien cabrón. Una hora y media después, el propio destino me confirmaba, burlándose a un centímetro de mi nariz, que era todo un experto en jugar malas pasadas. Los de Air Nostrum se dejaron mi maleta en Palma. Según informó Iberia a mi llegada a Madrid, suelen hacerlo porque el avión es muy pequeño y cuando va lleno de pasajeros no pueden transportar todo el equipaje así que dejan algunas maletas en tierra. “Vaya, ya empiezo a notar el cambio”, pensé. Soy un tipo con suerte. En los dos últimos sorteos de mi vida (el de la mesa electoral y el que impidió que mi maleta saliese de Palma) han sacado mi número. Espero que no haya dos sin tres y que el próximo golpe de suerte tenga que ver con el Gordo de Navidad. Por cierto, la maleta tardó 21 horas en llegar de Palma a mis manos. Me relajó comprobar que hay cosas que no cambian.

Al día siguiente al abandono de la maleta, recibí una notificación de Facebook en la que me comunicaban que una fotografía que yo había colgado en mi muro quebraba las normas comunitarias de la red social y procedían a su eliminación. La polémica foto reproducía al actor José Corbacho emulando la foto que le robaron a Scarlett Johansson del móvil. El propio actor la colgó en la red siguiendo la broma que inició Berto Romero, otro hombre Terrat. De hecho, existe una página en Internet llamada #scarlettjohanssoning donde personas, animales y cosas de todo el mundo rinden homenaje a la actriz imitando su foto.

Lo que me llamó la atención fueron las razones de la gran red social para censurar un contenido. Según ellos, Facebook es una comunidad mundial de millones de personas, todas con sus propias opiniones, ideas o valores. Por respeto a esa diversidad, hay que tener cuidado con lo que cuelgas en tu muro porque esa foto, o ese texto, puede correr como la pólvora y llegar a los ojos de una inocente niña o de una persona a la que el culo de Corbacho le provoque tal estado de ansiedad que acabe denunciando ese contenido por ofensivo. A ver si lo he entendido bien: para respetar la diversidad, acabo con la diversidad. Para encontrar el equilibrio, me cargo la balanza.


Es verdad que el culo de Corbacho no es el de Jon Bon Jovi pero tampoco es para reaccionar así. Todos sabemos que los contenidos en Internet vuelan y ese es su gran potencial. Que una red social en Internet vaya contra la propia esencia de Internet es el mayor sinsentido desde las peras y las manzanas de Ana Botella. Yo no tengo la culpa de que la foto de un culo llegue hasta los ojos de una JMJ en un cursillo de informática. Pero lo que me parece abusivo es que su derecho a mantener sus ojos vírgenes sea superior a mi derecho a colgar una foto del culo de Corbacho en mi muro.

Los de Facebook me informan que si hay algo que me ofenda en su red social, puedo y debo denunciarlo. Y a continuación me exponen toda la lista de contenidos que infringen sus normas. Uno es la intimidación y el acoso, cuando los trolls (personas que solo buscan provocar a los usuarios de una red social) han hecho de Facebook su hogar. Otro es el lenguaje que incita al odio. Cada día nace un grupo homófobo en esa red social. Es verdad que si lo denuncias masivamente, lo acaban cerrando pero, como la Hydra, al día siguiente renace con otro nombre. Otro contenido peligroso es la violencia gráfica. Menos mal que a veces los videos no llegan a manos de los censores porque, con la normativa de Facebook en la mano, las cargas policiales contra el 15M en la Plaça Catalunya o la barbarie del Toro de la Vega no podrían ser vistas y, por lo tanto, no se podría despertar la conciencia social que moviliza a toda una población contra algo y de la que luego ellos presumen a la hora de darle relevancia a su producto. Eso por no hablar de los anuncios de Tráfico.

Hay nueve razones para censurar un contenido en Facebook. Y todas son porosas. Supongo que la que han esgrimido para eliminar el scarlettjohanssoning de Corbacho ha sido la del epígrafe ‘sexo y desnudos’. Ya solo comparar los dos conceptos me parece enfermizo. Pero así es. No sé si de esto se hablaba en la película de David Fincher. Es que no la vi.

Al día siguiente del episodio Facebook, veo las fotos del hijo de Sara Montiel, Zeus Tous, desnudo en otra revista. Enlazo una de las fotos a mi muro. El culo de Zeus, así, como concepto. Nadie ha denunciado de momento. Estoy a la espera. Lo mismo nadie lo hace; el culo de Zeus es, objetivamente, mucho mejor culo que el de Corbacho. A lo mejor el problema de la censura sea un simple síndrome de Stendhal. En cualquier caso, recuerdo la mítica frase con la que finalizaba esa gran película El hombre con rayos X en los ojos: “Si tus ojos te escandalizan, arráncatelos”. Eso sí, luego no cuelgues la foto en Facebook.

lunes, 21 de noviembre de 2011

1002 followers

Yo cumplo mis promesas. No como la mayoría de los políticos.



Reflexiones del día antes

Me dejaba elevar en la escalera automática. Miraba a las personas que, a mi lado, descendían por la contraria. Sus gestos, como protegidos por un candado, me empujaban a ver a la gente como maletas perdidas en la cinta transportadora, equipaje sin un propietario que diera señales de vida. Supongo que ellas pensarían lo mismo si hubieran reparado a mí. Estaba tan entretenido en ese pensamiento, absurdo y paliativo, que no escuché los gritos hasta llegar a los torniquetes de salida del Metro.

En Madrid es habitual encontrar a gente que le grita enfadada a alguien. En ocasiones, puede que incluso no exista alguien. Y también es bastante usual ver como los demás apenas le prestan atención a la pelea. En un principio, buscan el origen del jaleo pero, en cuanto lo identifican, a no ser que entre en juego la sangre o el contacto físico, regresan a lo que estaban haciendo sin perder un segundo más de su tiempo. Vivir en sociedad significa mimetizarte con la masa, acabar haciendo aquello que ves. Aunque me disponía a cruzar la zona de taquillas y llegar hasta la escalinata que me conduce a la superficie, sin darle mayor importancia a la disputa, en ese breve camino vi al hombre que le gritaba, amenazador, al taquillero. “¡Dame la hoja de reclamaciones! ¡Funcionarios! ¡Teníais que estar todos en el paro!”, gritaba. Salí de allí pero no pude evitar pensar, durante el trayecto hasta casa, que se avecinan tiempos horribles.

Si los entrenadores de fútbol son capaces, con sus formas y su talante, de encender los ánimos de jugadores e hinchada antes de un partido, los líderes de un país –ya sean políticos, económicos o espirituales- son los responsables, con sus mensajes y actitudes, de la crispación de los ciudadanos. Creo que la crisis, y sus gestores, han elaborado un discurso que solo logra irritar, enfrentar, confundir, violentar, estremecer. Por eso tengo la sensación de vivir en un país de personas irritadas, provocadoras, confusas, violentas, alarmadas. Gente que hoy cree tener la razón a toda costa y se reafirma en el menosprecio a los demás, gente que ha perdido el interés por el diálogo, gente convencida de que es más sencillo lograr lo que uno quiere desde la convulsión que desde la cooperación, gente que puede faltarle al respeto a un funcionario porque los políticos les han dicho que esos señores son unos vagos que no quieren trabajar más por menos. Y ese tipo de ciudadanos solo pueden construir un país de desigualdades, de insolidaridad, de rencillas.


Lo peor es que aquellos que hemos decidido instalarnos en el término medio, en la objetividad más razonable, aunque les parezca pretencioso, acabamos convertidos en víctimas saqueadas por los que han hecho del poder y la política su fuente de ingresos y por los otros, por esos que, amparados en viejas consignas antisistema, le roban al ayuntamiento la electricidad, que pagamos todos, para alumbrar su casa okupa. Ambos parecen estar cómodos en el enfrentamiento, ambos tienen razones que lo justifican pero, mientras tanto, nosotros pagamos el derroche de unos y la luz de los otros. Aunque, si me pongo pejiguero, la luz de una casa okupa me costaría menos que los privilegios de la clase política.

No piensen que esto es un entreverado alegato a favor de la abstención. Más bien todo lo contrario. Tengo más respeto por aquellos que votan a un partido que está en mis antípodas ideológicas que aquellos que no van a votar. Eso me recuerda a aquella pareja de lesbianas con la que me crucé en Madrid, la noche del 22-M, portando orgullosas banderas de un partido que no defiende sus derechos.

Ya entonces pensé que esa pareja tendría sus argumentos, aunque a muchos nos parezcan extraños, pero había ejercido su derecho al voto y lo había hecho en conciencia. Sin embargo, no querer participar me parece un ejercicio de insolidaridad. No votar, porque no crees en el sistema, es como si vieras al maltratador agredir a su víctima y optases por mirar al otro lado porque “total, la justicia es una mierda y al final, entran por una puerta y salen por la otra”. Creo que no participar es la manera más cobarde de participar. Y se lo digo yo que, mientras usted está leyendo este artículo, aún no habré votado. Más que nada porque soy segundo vocal en una mesa electoral y no podré ejercer mi derecho hasta el cierre del colegio. La semana que viene prometo contarles la experiencia. Pero solo si van a votar.


NOTA DEL AUTOR: Este artículo salió publicado ayer en Diario de Mallorca mientras yo me pasaba el día sentado en un colegio electoral actuando como segundo vocal. Próximamente contaré mi experiencia en la "gran fiesta de la democracia", aunque muchos ya la conocerán porque me pasé tuiteando las doce horas. Posiblemente, también reflexionaré sobre los resultados electorales. Reflexionar a 'toro pasao' se nos da mejor a todos. No aporta nada, pero relaja.

Ahora, a punto de tomar un avión en el aeropuerto de Palma, destino Madrid, viendo como llueve a cántaros, me viene a la cabeza aquella canción protesta de Pablo Guerrero y creo que el destino es bien cabrón.