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domingo, 11 de diciembre de 2011

Bibiana o la pasión

Realmente, yo quería hablar de Bibiana Fernández. Eso pretendo desde hace al menos ocho meses, cuando se estrenó La gran depresión en un teatro madrileño y nadie sabía que iba a ser la obra de la temporada. De hecho, creo que quiero hablar de Bibiana desde mucho antes. Desde un tiempo, desubicado en las razonables nieblas de la memoria, en el que la escuchaba cantar Call me lady champagne en un disco de varios artistas que tenía un tío mío que trabajaba en Hispavox. Mi adolescencia no fue especialmente turbulenta, no viví cada día como si fuera el último, algo que vendría muy bien para dar a este escrito aire de leyenda. Pero eso sí, albergué la sensación de ser eterno. Empecé a elaborar un apasionado mosaico de referentes que, instintivamente, iban modelando al mortal que soy. La manga era ancha, era manga japonesa, y en su interior cabía desde el vestido que Karina lució en Eurovisión hasta Espacio 1999 pasando por Adam Ant y Paul Michael Glaser. Todos hicieron un hueco a Bibiana; en aquellos años, Bibí Andersen. Admito que durante un tiempo pensé que era la misma mujer que trabajaba con Ingmar Bergman. Supongo que la razón, aparte de la similitud de los nombres, era que nunca había visto una película de Ingmar Bergman.

Tuvo que pasar mucho tiempo, tanto que incomoda recordarlo, hasta que llegase la noche en la que conversé con ella, por primera vez, en la discoteca Tito’s de Palma. No recuerdo los precedentes; tengo una capacidad de recordar muy cinematográfica: hago de la elipsis un arte. Ella, acompañada de amigos como Manuel Bandera, miraba bailar a Asdrúbal en la pista. “Mírale. Si yo tendría que estar en el hotel, tranquila, y no aquí”, me dijo, haciendo de su palabra un gag de madrugada. Y me reí. Solo con el tiempo comprendí lo que era emparejarse con alguien más joven, la vitalidad de un cuerpo siempre dispuesto para el amor… y la fiesta. Ellos marcan el ritmo y lo sigues porque no puedes hacer otra cosa. Puede que desde un punto de vista más objetivo parezca que nos dejamos imponer un estilo de vida. Puede ser porque, cuando nos enamoramos, la vida son ellos.


Bibiana ensalza la propia sabiduría del cuerpo, esa que permite a los deportistas de élite sanarse pronto de una lesión. Es tan de verdad que, en estos tiempos de pose, impresiona tenerla delante. Algunos referentes se han quedado atrás, fueron flor de un día, pero Bibiana, espiral hipnótica de mujer, encuentra su sitio y se acomoda de tal manera que nunca permitirías que se moviese de ahí.

La volví a ver cuando le ofrecimos grabar un Carta Blanca para La 2 de TVE. Uno de los mejores programas de la televisión pública nunca tuvo segunda temporada y el programa de Bibiana nunca llegó a ser. Nos reunimos en una ocasión con ella. Quedamos en el Olsen, un restaurante sueco del centro de Madrid. A la reunión también acudió el director del programa, Santiago Tabernero, y su subdirectora, Lara López. Cuando Bibiana se marchó, los tres admiramos la vehemencia de emociones, palabras y experiencias de esa mujer. Me asombró cómo lograba hacer de la locura, lógica. Cómo conseguía que Víctor Mature, YSL y Miguel Poveda compartieran la misma frase y no pudieras hacer otra cosa mas que asentir ante semejante muestra de sensatez.

He tenido la suerte de coincidir con Bibiana Fernández en muchos sitios: fiestas, inauguraciones, estrenos, presentaciones,… Jamás se acuerda de mí pero siempre te hace sentir especial, valioso, aunque sea durante medio minuto, pero lo hará. Te mirará a los ojos, te contará una anécdota y tendrás la sensación de que esa historia es para ti, aunque la haya contado ya mil veces. Como si compartiera un poco de sí misma contigo. Y tú te lo llevas, feliz como una perdiz, creyéndote la particularidad de esa historia porque ella deseaba que así fuera. Eso es lo que diferencia a la gente que ha nacido para el mundo del espectáculo de la gente que solo trabaja en el mundo del espectáculo: los primeros, saben contar historias.

Ya está. Siempre había querido hablar de ella. A veces se ha filtrado en mis escritos porque soy poroso y ella es un rápido que hay que descender sabiendo que, por desconcertante que te parezca, al final será una experiencia única. Mi último ‘descenso’ fue en la presentación del catálogo de la exposición de Juan Gatti, que puede verse actualmente en Madrid. Ella y el fotógrafo se sentaron, frente a frente, en dos butacas del salón Medinaceli del hotel Palace y empezaron a hablar. La idea era que Bibiana entrevistase a Juan. Eso fue imposible. Ella habló sin parar. Era lo que Gatti, gran tímido, quería. Dijo que la pasión era el estado de ánimo que había marcado la trayectoria de los dos: “tú, desde la pasión, has creado tu obra; yo, desde la pasión, me he hecho a mí misma”. Posiblemente, sea el estado de ánimo por el que merezca la pena vivir. Y morir. De amor, se entiende. Aunque Bibiana apuntó que había cambiado los hombres por los vestidos. “Me salen más baratos”, añadió. Y eso que lo que llevaba puesto podía ser un Gucci.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Mentes como cubos de Rubik

Mentes como cubos de Rubik. Mentes como la pizarra de John Forbes Nash. Mentes como un cielo abierto. Y solo eso, un cielo abierto. Mentes como neveras llenas de conocimientos envasados al vacío y con una inmediata fecha de caducidad. Es la tipología cerebral propia de nuestros días, consecuencia de los bombardeos informativos, de los torrenciales cauces de la información que, la mayor parte de las veces, no tiene nada que ver con el conocimiento. Mentes a las que, viendo que cada vez resulta más complejo dominar, algunos han optado por empezar a confundir.

Esta semana, el Consejo de Administración de RTVE –nunca me he fiado de un Consejo de Administración; siempre me ha recordado a un aquelarre de traje y corbata- decidió supervisar la elaboración de los informativos de la radio y la televisión públicas. Después de cuatro días, aún me atrevo a asegurar que, como en una felicitación por tu cumpleaños, la intención es lo que cuenta. Que a los consejeros de RTVE, nombrados por los partidos políticos y los sindicatos, se les pase por la cabeza, aunque solo sea como idea, la posibilidad de controlar la información por encima de la profesionalidad del periodista, es escalofriante. Que la propuesta partiese de los cuatro consejeros propuestos por el PP y del consejo propuesto por CIU es un toque de atención que no deberíamos olvidar. Pero que el PSOE, ERC y CCOO se abstuvieran me resulta aún más indecente si cabe. Al menos los otros fueron de frente. Ante el escándalo provocado por tan brutal decisión, los consejeros, como el grupo de accionistas de El gran salto de los Coen, echaron marcha atrás definiendo el ‘incidente’ como ‘malentendido’. Ya está. Las manos ya han manipulado el cubo de Rubik. Un movimiento a la derecha, tres a la izquierda, uno hacia abajo, y ya tenemos el rompecabezas desbaratado. Confusión.

Apareció Rajoy en la tele. Como siempre. Aplaudió la decisión de los consejeros por anular el pacto por el control de los informativos y dijo que rectificar, era de sabios. A veces no. A veces es de estrategas que simplemente están tomando distancia para alcanzar los objetivos empleando otra táctica, a otra hora y con otra excusa.

Hay mentes spa. Mecanismos que, ante el estrés y la ansiedad, consiguen llegar a un punto de desconexión, como si no existiera ley de la gravedad, como si la presión exterior nos importase realmente un pimiento. En mi empeño por transformar mi mente, como un cuarto de maravilla del siglo XVI, en algo parecido a un masaje sensorial visité la exposición del Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes, Juan Gatti, en La Fresh Gallery. La exposición responde al nombre de ‘Ciencias Naturales’ y en ella el fotógrafo y diseñador gráfico muestra parte de un trabajo de ambientación realizado para la película ‘La piel que habito’, de Pedro Almodóvar. Cuadros que recuerdan a las portadas de álbumes y cromos de nuestra infancia, como aquellos de Vida y Color. Imágenes de cuerpos despojados de toda piel, al estilo del muñeco del juego de Anatomía Humana, rodeados de una flora luminosa y una fauna idílica. Alguno de esos cuadros aparecen en la película de Almodóvar, tras el escritorio del despacho que el protagonista, Robert Ledgard (Antonio Banderas), tiene en su casa. En la inauguración, además del gran Juan Gatti, me encontré con Alaska y Nacho Canut, que se marchaban rápidamente a un concierto de Fangoria, el modelo Iván Sánchez, la peletera Elena Benarroch, y una radiante, y vestida de Prada, Bibiana Fernández. Lo mejor para la galería es que prácticamente todo el mundo compró obra. Mucho punto rojo debajo de cada cuadro. Ni rastro de Pedro Almodóvar. Tenía jaqueca. Al parecer hizo un esfuerzo y más tarde se presentaría en la after party en el estudio del artista.

“Todo es bello pero, al mismo tiempo, esa belleza es una perversa trampa que nos sitúa en un mundo que nosotros hemos dominado, explotado y destruido, pero al que irremediablemente nos vemos abocados”. Así define el comisario de arte Rafael Doctor la muestra de Gatti. La belleza como una perversa trampa. Como la mente spa. Tarde o temprano, los efectos del relajante muscular desaparecen y tienes que volver a enfrentarte a los señores que se apuestan tu bienestar al blackjack, a los especuladores de ruleta americana y a los consejos de administración.