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lunes, 21 de noviembre de 2011

Reflexiones del día antes

Me dejaba elevar en la escalera automática. Miraba a las personas que, a mi lado, descendían por la contraria. Sus gestos, como protegidos por un candado, me empujaban a ver a la gente como maletas perdidas en la cinta transportadora, equipaje sin un propietario que diera señales de vida. Supongo que ellas pensarían lo mismo si hubieran reparado a mí. Estaba tan entretenido en ese pensamiento, absurdo y paliativo, que no escuché los gritos hasta llegar a los torniquetes de salida del Metro.

En Madrid es habitual encontrar a gente que le grita enfadada a alguien. En ocasiones, puede que incluso no exista alguien. Y también es bastante usual ver como los demás apenas le prestan atención a la pelea. En un principio, buscan el origen del jaleo pero, en cuanto lo identifican, a no ser que entre en juego la sangre o el contacto físico, regresan a lo que estaban haciendo sin perder un segundo más de su tiempo. Vivir en sociedad significa mimetizarte con la masa, acabar haciendo aquello que ves. Aunque me disponía a cruzar la zona de taquillas y llegar hasta la escalinata que me conduce a la superficie, sin darle mayor importancia a la disputa, en ese breve camino vi al hombre que le gritaba, amenazador, al taquillero. “¡Dame la hoja de reclamaciones! ¡Funcionarios! ¡Teníais que estar todos en el paro!”, gritaba. Salí de allí pero no pude evitar pensar, durante el trayecto hasta casa, que se avecinan tiempos horribles.

Si los entrenadores de fútbol son capaces, con sus formas y su talante, de encender los ánimos de jugadores e hinchada antes de un partido, los líderes de un país –ya sean políticos, económicos o espirituales- son los responsables, con sus mensajes y actitudes, de la crispación de los ciudadanos. Creo que la crisis, y sus gestores, han elaborado un discurso que solo logra irritar, enfrentar, confundir, violentar, estremecer. Por eso tengo la sensación de vivir en un país de personas irritadas, provocadoras, confusas, violentas, alarmadas. Gente que hoy cree tener la razón a toda costa y se reafirma en el menosprecio a los demás, gente que ha perdido el interés por el diálogo, gente convencida de que es más sencillo lograr lo que uno quiere desde la convulsión que desde la cooperación, gente que puede faltarle al respeto a un funcionario porque los políticos les han dicho que esos señores son unos vagos que no quieren trabajar más por menos. Y ese tipo de ciudadanos solo pueden construir un país de desigualdades, de insolidaridad, de rencillas.


Lo peor es que aquellos que hemos decidido instalarnos en el término medio, en la objetividad más razonable, aunque les parezca pretencioso, acabamos convertidos en víctimas saqueadas por los que han hecho del poder y la política su fuente de ingresos y por los otros, por esos que, amparados en viejas consignas antisistema, le roban al ayuntamiento la electricidad, que pagamos todos, para alumbrar su casa okupa. Ambos parecen estar cómodos en el enfrentamiento, ambos tienen razones que lo justifican pero, mientras tanto, nosotros pagamos el derroche de unos y la luz de los otros. Aunque, si me pongo pejiguero, la luz de una casa okupa me costaría menos que los privilegios de la clase política.

No piensen que esto es un entreverado alegato a favor de la abstención. Más bien todo lo contrario. Tengo más respeto por aquellos que votan a un partido que está en mis antípodas ideológicas que aquellos que no van a votar. Eso me recuerda a aquella pareja de lesbianas con la que me crucé en Madrid, la noche del 22-M, portando orgullosas banderas de un partido que no defiende sus derechos.

Ya entonces pensé que esa pareja tendría sus argumentos, aunque a muchos nos parezcan extraños, pero había ejercido su derecho al voto y lo había hecho en conciencia. Sin embargo, no querer participar me parece un ejercicio de insolidaridad. No votar, porque no crees en el sistema, es como si vieras al maltratador agredir a su víctima y optases por mirar al otro lado porque “total, la justicia es una mierda y al final, entran por una puerta y salen por la otra”. Creo que no participar es la manera más cobarde de participar. Y se lo digo yo que, mientras usted está leyendo este artículo, aún no habré votado. Más que nada porque soy segundo vocal en una mesa electoral y no podré ejercer mi derecho hasta el cierre del colegio. La semana que viene prometo contarles la experiencia. Pero solo si van a votar.


NOTA DEL AUTOR: Este artículo salió publicado ayer en Diario de Mallorca mientras yo me pasaba el día sentado en un colegio electoral actuando como segundo vocal. Próximamente contaré mi experiencia en la "gran fiesta de la democracia", aunque muchos ya la conocerán porque me pasé tuiteando las doce horas. Posiblemente, también reflexionaré sobre los resultados electorales. Reflexionar a 'toro pasao' se nos da mejor a todos. No aporta nada, pero relaja.

Ahora, a punto de tomar un avión en el aeropuerto de Palma, destino Madrid, viendo como llueve a cántaros, me viene a la cabeza aquella canción protesta de Pablo Guerrero y creo que el destino es bien cabrón.

domingo, 30 de octubre de 2011

Segundo vocal

Soy segundo vocal en la mesa electoral. No soy la letra E ni esto es una rima consonante de un poema de la genial Gloria Fuertes. Es mi futuro relativamente inmediato. Y sin gastarme un euro en esos sinvergüenzas que infectan la TDT en horario nocturno con sus cartas y sus posos del café. No entiendo por qué ellos no están perseguidos por la ley y los trileros sí, cuando se dedican a lo mismo. Tranquilos, no voy a volver a enumerar cosas que odio que da muy mala imagen. Creo que soy una persona de carácter curioso y, sin embargo, nada temerario. Por eso hay determinadas experiencias que veo más probable que llegue a consumar que otras. Tirarme en paracaídas lo veo poco (o nada) posible; estar en una mesa electoral y ver lo que se cuece en la concluyente jornada electoral, puede que hasta me estimule.

“Ha venido un policía a casa”, me dijo mi madre, que fue quien recibió la notificación certificada. Los responsables deberían buscarse otra manera de informar de este tipo de cosas. ¿Qué necesidad tenía mi santa madre de abrir la puerta de su casa y encontrarse de cara con un policía preguntando por mí? El susto que se habrá llevado la mujer. Espero que por lo menos el municipal estuviera bueno. Las malas noticias siempre las debe dar una persona guapa. Una mala noticia en voz y cara de un feo puede provocar una reacción en el oyente de espantosas consecuencias. Acuérdense de Juan Manuel de Prada cuando anunció en directo que se casaba. Creo que hubo espectadores de Intereconomía que, como aquellos niños japoneses que veían un capítulo de Pokémon, sufrieron ataques epilépticos. Y subrayo lo de ‘mala noticia’ porque creía que formar parte de una mesa electoral era una manera de participar en eso que llaman “gran fiesta de la democracia”. ¿Y quién rechaza una fiesta en la que no es que te inviten, es que te obligan a ir? Como le pasa a Arancha de Benito pero cobrando mucho menos. Ojo, y la invitación te la trae un poli. Nada de un cartero o un mensajero. Un poli.



Era de la opinión de que sentarte frente a una mesa con sus urnas y sus hojitas del censo electoral era un ejercicio de madurez democrática. Eso pensaba hasta que todo el mundo al que se lo he contado actúa como si me hubieran destinado a Fukushima. “Hostia, lo siento”, “vaya putada” o “joder, qué marrón” han sido las reacciones más habituales en lo que llevo de semana. Vamos, que he pasado de sentirme especial a sentirme un pringao elegido por sorteo.

“Segundo vocal, segundo vocal”, pensaba, no sin cierta inquina. “Ya que me molestan, por lo menos me podían haber hecho presidente”. Ser presidente antes de que llegase a serlo Rajoy, aunque solo fuera por unas horas de diferencia, me hubiera dado una seguridad en mí mismo que me hubiese ayudado a soportar los ocho años, mínimo, que me (nos) quedan por delante. ¿Y qué demonios hace un segundo vocal? ¿Los coros? Supongo que estoy en la fase de la ira. Una vez escuché a una monologuista -¿qué otra cosa se puede hacer con una monologuista?- que ante una mala noticia nuestro cerebro pasaba por cinco estados: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. O sea, que me quedan tres. Bueno, cuatro, porque negarme…¿puedo? “No”, contestó mi madre. “Ya se lo he preguntado yo al policía. Me ha dicho que llames a este número pero que lo ve muy difícil”. Parece que con todo el mundo se puede negociar excepto conmigo. Empezamos mal.

Entré en Internet. Hay personas que acuden a iglesias en busca de respuestas. Yo acudo a la red. Encontré un foro en el que un tipo, que aseguraba haber sido interventor en varios comicios, decía que si no me presentaba, no pasaba nada porque para eso estaban los suplentes. Pensé que no me gustaría ser compañero de trabajo de un tipo así. Seguí buscando. Acabé comprendiendo porqué formar parte de una mesa electoral era un marrón: si no me presentaba podía ser condenado a una pena de privación de libertad de 14 a 30 días y a una multa de tres a diez meses. Simplemente por no acudir, un domingo, a la mesa electoral. Proporcionalmente, mi actitud sería castigada con más contundencia que la de Matas o Munar. Curioso y deprimente sistema el nuestro. “Bueno, al menos te dan 62,61 euros de dieta”, añadió mi madre. Y pensé que si a los parados de este país les ofrecieran la oportunidad de estar en una mesa electoral a cambio de 62,61 euros, lo mismo decían que sí.

P.D: Como escuche las expresiones “con la que está cayendo” y “esto es lo que hay” durante la jornada electoral, no respondo de mis actos. Que soy segundo vocal pero con una mala leche de primera. Experto en segundas voces. Como los de Mocedades.