lunes, 5 de abril de 2010

Soñar con el día en que el Coyote atrape al Correcaminos


Los bancos son como el Correcaminos. ¿Se acuerdan? No importa lo que hiciera el Coyote para intentar atraparlo, él siempre salía victorioso. Los banqueros, después de amortizar la crisis con una ayuda gubernamental de 50.000 millones de euros (no lo olviden nunca, que la memoria es muy traicionera) y de continuar negando el crédito, han logrado que, amparados por la polémica de las prestaciones, vuelva a hablarse de los fondos de pensiones marca ACME. Aunque nos lo vendan como una balsa de troncos en la inmensidad revuelta del mar, todos sabemos que, en el fondo, significa que vuelve a ganar el Correcaminos y que al Coyote le aplasta una roca, otra vez. Hubo un estudio, hace bastantes años, llamado “Rentabilidad de los Fondos de Pensiones en España 1991-2007” –eso es un título seductor y no los de Ruíz Zafón-, que dejaba en evidencia la rentabilidad de este tipo de productos frente a la inflación, los bonos del Estado y la bolsa española. O sea, escasos beneficios pero, eso sí, elevadas comisiones. El puto Correcaminos. Aquí lo que importa es tener propiedades, no fondos de pensiones. Miren el caso de Sara Montiel. Arruinada y sin pensión. Pero ella está tan tranquila, con las razonables crisis de angustia que provocan que tu administrador, tras 19 años de buena relación, se fuge con tu dinero, porque le quedan propiedades. Pienso que esto confirma dos cosas: uno/ que nunca hay que fiarse de alguien que ha estudiado con números; y dos/ que al mal tiempo, maquíllate la cara. Como si fuera la gran Maruja Mallo, Sara Montiel celebró su 82 cumpleaños en la sala Alegoría, que ya tiene coña el nombre. No es lista Sara ni ná. Cuentan que Pepe Tous le advirtió de eso antes de morir. O sea, que el administrador debía llevar escrita la palabra ‘estafador’ en la cara y eso, a un mallorquín, no se le pasa por alto. Aunque luego les den cargos públicos y les voten en las elecciones. Una cosa a favor del administrador; diecinueve años preparando el golpe le aportan a este individuo un perfil estupendo para acabar siendo Correcaminos. Casi prefiero que el Gobierno ayude antes a Sara Montiel que a Emilio Botín o Isidro Fainé. Por lo menos Sara nos aporta grandes momentos para la historia como ese “pero ¿qué invento es esto?” o el videoclip de Absolutamente con Fangoria. Me hace más gracia ella, con todo lo trilera que pueda llegar a ser, que Isabel Pantoja. La folclórica no debe ver con buenos ojos el guión de tv movie –o movie of the week, que dicen los americanos- que está preparando Telecinco sobre su persona. Y menos con el título provisional que tiene el proyecto: “Donde la ambición me lleve”. Eso sí, abstenerse morbosos. Al parecer, en el primer guión ni aparece María del Monte. ¿María del Monte será Coyote o Correcaminos? Ni lo sé ni creo que me importe. Lo único que tengo claro es que los que nacemos Coyote empezamos a estar agotados de que los productos ACME funcionen tan mal y de que la garantía no sirva para nada. Tal vez tendría que presentar este artículo en una ventanilla de Consumo.

domingo, 4 de abril de 2010

En el nombre de Billy


El 28 de marzo de hace 12 años murió Billy Wilder, posiblemente, el mejor guionista y director de la historia del cine. En aquella ocasión, la revista Fancine me pidió un obituario y yo escribí esto:


Soy, en esencia, mitómano. Es una enfermedad apasionante aunque se nos va la vida con cada sueño que se desvanece. Imaginé que nunca iba a suceder. Que ante la escasez de genios no estaba el planeta para deserciones.

Desde una entrega de los Oscars en la que Trueba me mostró la luz, cada noche rezaba a Billy Wilder. Pero esa noche, la del 28 de marzo de tal año como hoy, el hombrecillo de mirada irónica, verbo procaz y mente ingeniosa no contestaba. No era una noche calurosa y dudo mucho que oliese a madreselva, algo que Walter Neff si percibía en 'Perdición'.

Me encomendé a aquella 'Ninotchka', la soviética que logró que Greta Garbo riera, y al gigoló que tanto se parecía a Charles Boyer en 'Si no amaneciera'. Me abracé a mi libro sagrado ('Conversaciones con Billy Wilder', de Cameron Crowe) y juré que, como los protagonistas de sus películas, cuando tuviera que elegir entre dinero y felicidad, elegiría lo segundo, para señalar mi grado de madurez. Apostaría por el individuo antes que por el grupo, amaría y criticaría mi sociedad a partes iguales, exploraría la realidad burlándome del reflejo en el espejo o estremeciéndome al paso del dolor, me travestiría siempre que una banda de gángsters se cruzase en mi camino y haría de mis crisis de identidad una carcajada a medio camino entre la obra maestra y la genialidad.

Cumplí con la tradición y me arrodillé ante mi altar catódico cuando Ray Milland, en la piel de Don Brinam, le dice a Jane Wyman en 'Días sin huella': "Estoy intentando no beber". Y ella le responde: "Sí, estás intentando no beber como yo estoy intentando no quererte". Y cuando Norma Desmond desciende las escalinatas de su mansión en Sunset Boulevard convencida de ser Salomé mientras Joe Gillis flota en la piscina de 'El crepúsculo de los dioses'. O cuando Fran Kubelik (Shirley MacLaine) te deja boquiabierto, en 'El apartamento', con un contundente "Si te enamoras de un casado, no te pongas rimmel".

Iba perdiendo las fuerzas, como si de mí dependiera introducir la Coca Cola en el mercado ruso en plena guerra fría. Mi fe comenzó a desdibujarse como el rostro de 'Fedora'. Prometí que si nada de "eso" que me habían dicho había sucedido, visitaría con más asiduidad los templos de 'En bandeja de plata','Primera plana', 'Testigo de cargo', 'Irma la dulce', 'El gran carnaval' o 'La tentación vive arriba'.

Me hice un combinado musical con unas gotitas de Waxman, un chorrito de Previn y una rodaja de Deutsch y me senté a esperar. Uno piensa, y más si padece mitomanía, que "eso" no te iba a pasar nunca. Pero, qué quieres que te diga, nadie es perfecto.

Libertinaje de expresión

Ha llegado la Primavera y la sangre…yo no sé si la sangre se altera pero las cabezas, las cabezas están fatal. Porque lo de la sangre, en una especie como la humana, tampoco es tan importante si tenemos en cuenta que nosotros no tenemos época de celo; más bien vivimos en un celo permanente. Pero lo de la cabeza, eso sí que es serio. He escuchado a la cantante de rancheras Paquita la del Barrio decir, con una serenidad escalofriante, que prefiere que un niño muera de hambre en la calle a que sea adoptado por una pareja homosexual. Quiero pensar que es la voz de la ignorancia porque, de lo contrario, empezaría a jugar en su misma liga y posiblemente acabaría haciendo declaraciones espantosas del tipo “yo preferiría que se muriese Paquita la del Barrio antes de que un niño sea adoptado por una pareja gay”. Por cierto, que ese grupo ya existe en Facebook. La cantante, que se ganó en su momento un nutrido grupo de fans femeninos, y también homosexuales, gracias a temas pasionales y de despecho que reflejaban la discriminación que ella misma sufrió por ser mujer en una sociedad tan machista como la mexicana y lo hizo con letras tan poéticas como “rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho”, añadió que tiene muchos amigos gays, que los quiere mucho, pero de ahí a tener derechos va un mundo. Y llega el tercer, y supuestamente último capítulo de la serie, en el que nuestra protagonista de hoy emitió un comunicado de prensa en el que pedía disculpas, decía que actuaría para la comunidad gay y que sus declaraciones eran fruto de su pobre educación. Bueno, al menos reconoce eso. Hay miles de personas manifestándose contra los derechos gays en grandes ciudades del mundo que no lo hacen. Lo que les tengo que confesar que me cansa, más que una astenia primaveral, es ese argumento que justifica con la libertad de expresión semejantes patadas a la Declaración Universal de los Derechos Humanos y a la de los Derechos del Niño. A lo mejor, si todos estos vieran perseguidos sus derechos fundamentales, como han visto perseguidos los suyos el colectivo gay durante siglos, a lo mejor le sacaban mayor partido a la libertad de expresión. Como dicen ellos, "es que no hay que confundir la libertad con el libertinaje". Pues eso digo yo, que no hay que confundir la libertad de expresión con el libertinaje de expresión. Y voy a cortar, que se me altera la sangre, se me desboca el verbo y luego no me entran todos los contenidos en el programa. Hombre, ya.

sábado, 3 de abril de 2010

Capas de cebolla



Se titula Sonata de invierno y, aunque te pueda sonar a Bergman o Rohmer, es una telenovela coreana sobre amor adolescente. Este éxito de la televisión oriental cuenta la historia, y lo lleva haciendo desde 2002, de Jung Sang y Joo-Ying, un chico y una chica que se conocen en el colegio y caen perdídamente enamorados el uno del otro. Pero como el destino resulta especialmente cruel, sobre todo si lo guionizas, el muchacho fallece en un accidente de coche y, diez años más tarde, ella vuelve a encontrarse con un hombre muy parecido a aquel amor de juventud, pero ella, ya está casada. El argumento no es para irse escribiendo el discurso de agradecimiento por el Oscar al mejor guión original pero lo fascinante de la historia, como sucede con la gran mayoría de las telenovelas y culebrones, es su impacto social. Sonata de invierno ha provocado que en Japón se desarrolle un movimiento que han dado en llamar ‘boom del llanto’. Y cuando eso sucede en una cultura acostumbrada a ocultar los sentimientos y a no exhibirlos en público, llama la atención. En la tierra del sol naciente ahora no hay quién les consuele. La demanda de sentimientos extremos ha empujado a las empresas a organizar reuniones con sus empleados más estresados para que vean, en grupo, películas dramáticas y liberar tensiones llorando. Si bien en España somos de lágrima fácil y no necesitamos mucha provocación para sacar el pañuelito de papel -es lo que tiene la pasión latina-, la noticia me hizo pensar en un mundo en el que ya nadie pretendiera ser feliz y empezara a sacarle rendimiento económico al derecho a sentirse infeliz. Me han contado que en Londres están de moda clubes como el Feeling Gloomy (Sentirse Deprimido), a los que la gente acude por placer; por el placer que origina sentirse desgraciado. En el local se escucha Anthony and the johnsons, las paredes están forradas con las peores noticias aparecidas en la prensa e incluso hay personas pelando cebollas, por si hay que incentivar la lágrima de alguna manera. La tristeza es adictiva y quizá ya no podamos hacer nada para escapar de ella. Puede que hasta nos guste entregarnos a la canción más triste de nuestra discoteca por el mero hecho de sufrir un berrinche. Llorar hasta cuando la vida te sonríe. Brutal.




Artículo publicado el 10 DE NOVIEMBRE DE 2007

miércoles, 31 de marzo de 2010

Reflexiona, que algo queda

“Yo donde mejor reflexiono es sentado en la taza del váter”, dijo Josep, en un discreto homenaje a Albert Boadella. Así que todo el grupo, menos él, hemos decidido pasar la jornada de reflexión fuera de casa. El día previo a unas elecciones finge tener la función de otorgar un descanso de mítines y descalificaciones, confiando en una olvidada capacidad para pensar en todo lo escuchado y considerar nueva, o detenidamente, nuestra decisión al respecto. “Con la semántica en la mano, esta jornada es una chorrada que bien podría reciclarse a Día Internacional de la Media Tupida porque, para lo que se reflexiona hoy, mejor sería tener las medias a mitad de precio”, apuntó Marta. “Para poder reflexionar primero hay que tener ganas de pensar. Y pensar es el trabajo más difícil que existe; por eso hay tan pocas personas que lo practican”, añadí, todo solemne. Mientras, Emma, la ex secretaria rubia de nuestro ex psicoanalista, vio pasar una nube de polen y se quedó boquiabierta hasta que la perdió de vista. Entrañable. “¿Os apetece reflexionar?”, pregunté, así en general. “A mí me apetece una manzanilla, que tengo el estómago revuelto”, comentó Encarna. “Creo que realmente nadie suele dedicar tiempo a la reflexión. Pensamos que eso es patrimonio de filósofos y místicos y que nosotros bastante tenemos con llegar puntuales al trabajo. Si no reflexionamos durante el resto del año, ¿por qué íbamos a hacerlo hoy?”, cuestioné. “Yo sí reflexiono. Sobre todo las piernas. Me encanta reflexionar las piernas, que me han dicho que es buenísimo para los glúteos y para el abdomen. Hasta Emma reflexiona, ¿verdad Emma?”, lanzó Marta. Y Emma sonrió. “Perdonad pero estaba en otra cosa. ¿Qué decís?”, añadió. “Nada preciosa. Hablábamos de política”, apuntó Marta. “Yo soy apolítica”, dijo Emma. “¿Veís? Rubia, con derecho a voto y apolítica... no hay nada que reflexionar. Esta jornada de hoy debería llamarse jornada de aceptación, en la que uno tiene 24 horas para aceptar dónde vive, la categoría crítica de sus contemporáneos y asumir lo que se avecina, para que no duela”. No sé si Marta fue un poco dura en su análisis, aunque creo, como ella, que los resultados electorales siempre confirman lo poco que se reflexiona antes de acudir a las urnas. Sin embargo, la rubia de Emma no se mosqueó.



Artículo publicado el 26 DE MAYO DE 2007

El surtido de galletas



En ocasiones, los planes organizados con tanta anticipación como deseo se acaban desvaneciendo entre tanta expectación, como si cayesen de rodillas al suelo, heridos de muerte tras ser alcanzados por el proyectil de la espontaneidad. Vamos, que habíamos montado una cena para que Marta nos contase la inquietante experiencia de asistir a un concierto de Julio Iglesias, con el ingrediente adicional de saber que cada nota musical del recital salía a 6 euros, y acabamos tomando café con galletitas, flipando con lo grande y tupida que era la manta que cubría al govern de Jaume Matas. “Era como un invernadero de delincuentes”, dijo Santi. Y todos asentimos con la cabeza resignada y la boca llena de migas. De repente Marta, con la mirada anestesiada sobre el recipiente del surtido Cuétara, dijo: “Somos como las galletas de esta caja”. Nos miramos entre nosotros, disimulando el desasosiego, y tragamos como pudimos. “¿No os dáis cuenta? Todos preferimos los bocaditos de nata, las galletas de chocolate envueltas en papel brillante, pero la galleta calada, la sencilla galleta de mantequilla, esa no la pilla nadie. Qué injusto”, dijo. Antes de que pudiésemos levantarnos y salir corriendo de allí, con la excusa más peregrina, Marta continuó. “El mundo es un surtido de galletas. Si naces bocadito de nata, vas a tener muchas más facilidades que el resto para estar entre los elegidos. Puede que nazcas simple galleta de chocolate pero si tienes la suerte de estar bien envuelta, más de uno empeñará sus fuerzas por tenerte. Pero...¿qué pasa si eres la dichosa galleta calada, con aspecto de celosía monacal, sin papel brillante, sin chocolate, sin nata, sin nada?” Permanecimos unos segundos en silencio, con los ojos tristes clavados en el envase de plástico del surtido, con sus compartimentos perfectamente diferenciados: algunos ya vacíos, otros -como el de la galleta calada- sin estrenar. Entonces Emma, la ex secretaria rubia de nuestro ex psicoanalista, dijo: “Ahora han sacado otro surtido en el que esa galleta de la que hablas tiene la parte de abajo bañada en chocolate con leche. Está riquísima”. Pensamos que eso aún era peor. Que era como nacer corteza de pan de molde, ser la parte prescindible de un algo apetecible. “De hecho, han comercializado un pan de molde sin corteza”, recordó Santi. Y una jornada que en algún tiempo prometió desternillante, acabó en pesadumbre. Eso sí, nadie pilló la galleta calada. Ni siquiera en actitud de rendido homenaje.

lunes, 29 de marzo de 2010

El adversario

Parecen sacados de una novela de Georges Simenon, de un relato en el que no hay héroe, de un catálogo de seres humanos obligados a viajar al filo de sí mismos. La historia del ex gerente de Bitel tiene un ingrediente que podría seducir a Patrice Leconte, o a Michael Haneke, trasladando a la gran pantalla el episodio que desnuda al triunfador del barrio para dejar en pelotas al hombrecillo débil, al individuo casi anodino que acaba convirtiéndose en una víctima del sistema. Como en una versión menos sangrienta de El adversario, aquel suceso real que nos presentó a Jean Claude Romand, el francés que asesinó a su familia, a la que mantuvo engañada durante 18 años haciéndoles creer que trabajaba como médico, Damià Vidal ha adoptado el rol del personaje perdedor, del ‘pobre hombre’ que no sabía decir que no, del individuo gris que intenta brillar ante los ojos de su familia, concediendo todos los caprichos que la engrasada voracidad del sistema reclama. Aunque para ello tenga que negociar préstamos personales con fondos públicos. Uno tiene la impresión que el anterior gobierno de Balears, incluso el de Palma, estaba compuesto por el reparto de una obra de Tennessee Williams; el perfil psicológico de los personajes no tiene desperdicio. Aquellas razones que en los libros de caballería se sustentaban en el honor, hoy sobreviven gracias a la deshonra. El guión distrae la atención del espectador sobre el delito para enfocar la supuesta motivación, algo infinitamente más atractivo, desde el punto de vista dramático, que la propia falta. La cocaína tuvo la culpa, la familia y sus caprichos tuvieron la culpa, el sistema tuvo la culpa. El mismo sistema que contempla la libertad provisional pasando por caja. Pero una cosa te voy a decir: una mente acostumbrada a escribir guiones es una mente desconfiada; nunca se fía de los personajes. Por eso llevo días imaginando a los protagonistas de estas historias sonriendo, sabiendo que quizá esa deshonra es el atenuante que más le conviene para poder escapar del callejón sin salida con el menor número de brechas posible. En cualquier caso, los que deben estar frotándose las manos son los psicólogos. Con políticos como estos, tendrán trabajo hasta los Juegos Olímpicos de Londres 2012.


Artículo publicado el 26 DE ABRIL DE 2008.

Baleares sigue empapelando políticos corruptos desde entonces...