sábado, 14 de mayo de 2011

¿Qué lee una reina?

“Mañana es el cumple de la Reina”, soltó Marta, con una naturalidad pasmosa, mientras trasteábamos en la sección de libros de unos grandes almacenes. Me quedé un rato mirándola fijamente, intentando comprender qué se escondía detrás de su mirada, que en ese preciso instante paseaba por la cubierta del último libro de Joyce Carol Oates. Como no abría la boca, lo hice yo. “Sueltas esa frase y te callas. Te parecerá normal…”, comenté. “¿Qué se le regala a una reina?”, preguntó. Si no puedes con ella, únete a ella. “En asunto regalos, ser una reina es una putada porque te cae cada horror...”, apunté. “Y lo peor es que aunque te parezca la vasija artesana más espantosa del universo y comprendas que no te pega con la decoración del palacio, tienes que mostrarte tremendamente agradecida e incluso interesada por su fabricación. Eso sin contar las veces en las que te regalan un oso panda, que esa es otra”, añadí. “Ya. Entonces, ¿qué se le regala a una reina?”, insistió. Miré la portada de La hija del sepulturero, que Marta sujetaba entre sus manos. “Un libro”, dije. Y sonreí. “¿Y qué lee una reina?”, cuestionó Marta. Justo cuando iba a contestarle mal, me dí de bruces con la más fantástica de las realidades: Una lectora nada común, la fábula de Alan Bennett.
En ese libro, el autor de Ábrete de orejas, fantasea con lo que sucedería si un buen día a la reina Isabel II le diese por leer. “La cuestión es, ¿qué puede interesar a alguien cuyo oficio es mostrarse interesada?”, leí en voz alta. “¿Autores en lengua castellana?”, preguntó Marta. “De entrada, sí”, respondí. “¿Ruíz Zafón?” “Demasiada descripción de amaneceres. Ya que es para una reina, vamos a innovar.” “Millás”, aportó Marta. “Me refería a algo más cercano a Chuck Palahniuk, pero en castellano”, rebatí. “Pero…¿tú crees que la Reina lee?”, apuntilló Marta. Me reprimí, por no ofender a nadie, cualidad, por otra parte, muy común en los monarcas…de antes, debe ser. Es la consecuencia de tener una Familia Real ‘tan cercana y moderna’: que opina. “Ignoro si lee pero empiezo a sospechar que el problema podría estar en lo que lee”, apunté. “¿Un libro de Pilar Urbano te parece bien para una mujer de 70 años?”, dijo Marta. Asentí y me pregunté: si Marta conociese a la Reina, me lo habría comentado, ¿no?

jueves, 12 de mayo de 2011

El mar tiene la culpa

Marta tiene una teoría. Ya sé que todos tenemos una pero las de Marta son como las botella adornadas de cristales de Swarovski: exclusivas. Desde hace años, mi amiga considera que si uno busca la estabilidad sentimental es preciso ubicar a los dos miembros de la pareja en un lugar alejado de la costa. Según ella, la presencia del mar, de la costa, erotiza. Y esa sobredosis de sensualidad acaba normalmente en infidelidad, lo que a su vez conlleva una ruptura adjunta. Me he reído mucho de esa teoría hasta que Marta apareció con una estadística en la mano: Balears era la cuarta comunidad con más rupturas matrimoniales. Junto a ella, Canarias, Cataluña, Asturias y Valencia. “¡Todas con mar!”, sentenció, como el detective que descubre la clave de su investigación. El mismo artículo aseguraba que en el lado opuesto se encontraban Extremadura, Castilla León, Castilla La Mancha, Navarra y Aragón. “¡Sin mar!”, subrayó. “Esa teoría tiene menos estabilidad que Raquel Mosquera”, ataqué. “La playa excita. Es el entorno natural de los cuerpos sin ropa, el agua sobre la piel, el aire, el sol,…eso es una contraindicación para la fidelidad. En los sitios con playa es más fácil ser infiel. Te lo digo yo, que estoy pensando en buscarme un adosado en Las Hurdes”. Y de repente se puso a hablarme de una profesora de la Universidad de Toronto, una tal Meredith Chivers, que había realizado un estudio que demostraba que a las mujeres les excitaban más las acciones sexuales que el sexo de los actores. O sea, que ver a un tío desnudo en la playa les provoca la misma excitación que un potaje de garbanzos. “A eso le llamo yo ser contradictoria y no a lo que hizo Solbes con la crisis”, apunté.
Marta me miró de arriba abajo y soltó: “El informe habla de nosotras, que sí podemos habitar en un entorno costero. El problema, como siempre, sois vosotros, que tenéis el instinto más primitivo. Funcionáis bajo la fórmula tetas+posibilidad= cuernos”. Yo le pregunté que si la teoría de la profesora Chivers, que me suena a whisky, hablaba de que a ellas les excitaba más la acción que el sexo de los autores, en definitiva abría el abanico de la bisexualidad. “Si quieres pareja para toda la vida hay que alejarse del mar, excepto si eres lesbiana, que en ese caso es muy recomendable. Yo, si no encuentro adosado en Las Hurdes, me hago bollo”. Y se quedó tan pancha.

lunes, 9 de mayo de 2011

Un 'palco' en el Open

“El Open de Tenis es la nueva ópera”, me dicen. La afirmación es tan desconcertante que en un principio dudo de lo que he escuchado hasta que se produce la consecuente ratificación. “El boom de la ópera en el siglo XIX no se debe tanto a sus autores, ni a sus partituras, ni siquiera a sus intérpretes; el fenómeno radica en convertir los palcos en prolongaciones elitistas de tu propio hogar. Los palcos se convierten en miradores, en escaparates desde los que exhibir lo mejor de uno mismo y observar, con un poco de suerte, lo peor de los demás. A los y las aristócratas les importaba un pimiento si Violeta Valery muere tuberculosa y sola y no juzgan si Pinkerton era un caradura que se aprovechó de la pobre Madama Butterfly. A ellos lo que les importaba era ver y ser vistos. Pues eso mismo sucede ahora con los partidos de tenis”. En ese momento me doy cuenta de que horas antes he renunciado a una entrada para la semifinal del Master de Tenis de Madrid, zona sur, fila 4, por 80 euros. “El otro día estaba Cristiano Ronaldo y Xavi Alonso, Carmen Machi y Javier Cámara, Amaia Montero y Gonzalo Miró, Luis Tosar y Marta Etura y hasta Maite Zaldívar, que ya me dirás lo que le importa el tenis a esa mujer”, me dijeron. “¿Y quién jugaba?”, pregunté. “Nadal…creo”, fue la respuesta.


Puede que tenga razón. Asistir a un partido de tenis de esa categoría es como acudir a la ópera: un acto social. Aunque, como todo buen acto social con ambición selectiva, valora unas normas de conducta y basta poner un pie en las tribunas que rodean la cancha para percibir que el aire que allí se respira finge ser diferente. Esto no es fútbol, donde cualquier descerebrado que no saber hacer la o con un canuto puede vomitar adrenalina a borbotones mientras se caga en la madre de cualquier jugador. Aquí se guarda un respeto cuando el tenista va a sacar. El mismo silencio que merece la soprano cuando muestra toda su tesitura vocal. Y sólo se aplaude cuando se acaba el aria, sea o no bola de set. Aquí no hay disturbios al finalizar el encuentro. Aquí la gente se saluda y se marcha, tranquilamente, a su casa o a tomar una copa por ahí.

El Open de Tenis convertido en la nueva ópera, en el acto social de moda. Supongo que a eso no se le puede llamar evolución. Vivimos unos tiempos en los que nadie piensa en evolucionar. Aceptamos la evolución como algo meramente biológico y asumimos haber experimentado las transformaciones necesarias para convertirnos en la especie suprema sobre la capa de la tierra. ¿Qué más podemos pedir? Quizá por eso, la sociedad moderna ha reemplazado la evolución por la adaptación. No queremos ser mejores; queremos vivir mejor. O, en el principal de los casos, aparentarlo. Tal vez estemos ante una sencilla demostración de la apariencia.

Me cuenta un amigo que por La Caja Mágica, lugar en el que se celebra el Madrid Open de Tenis, ha desfilado hasta Ana Obregón. Ana cuenta, y a un volumen dolby surround, porque lo importante de asistir a un acto social no es el mero hecho físico de presentarse allí sino la constancia que queda de tu visita en los demás, que se levanta todos los días a las 5 de la mañana para escribir su autobiografía. Escalofriante disciplina.

Todos debemos incorporar a nuestra vida un acto social. Como si formase parte de una terapia colectiva. Es importante conocer de antemano que un acto social no es ponerse cualquier cosa y bajar a comprar el pan. Un buen acto social necesita seguir un proceso, cumplir unos plazos, no se puede improvisar. Y se valora mucho la adaptación al medio, algo, por otra parte, muy propio de las especies en proceso de aburguesamiento. Tras pensar en ello –tampoco mucho, no vayan ahora a pensar que me preocupaba más el Open de Tenis que la muerte de Bin Laden-, llegué a la conclusión de que lo más destacado, aunque no imprescindible, de un acto social es que además te entretenga.

Hablando de Bin Laden –desde ‘Rebeca’ de Hitchcock que un muerto no había dado tanto juego-, creo que me voy a hacer fan del grupo de Facebook que responde al axioma ‘Hay que ser muy malo para que te mate el Premio Nobel de la Paz’. Ya lo soy de la iniciativa, gestada en Twitter, “sin preguntas, no hay cobertura”, con la que se pretende recuperar la dignidad de la profesión periodística animando a que no se cubran las ruedas de prensa de los políticos que no admitan preguntas. Creo que una red social también puede ser un acto social pero de eso mejor hablo otro día.


viernes, 6 de mayo de 2011

Como la quinta temporada de "Sexo en Nueva York"

Amigo, aún no tengo claro si tanta terapia me está sirviendo de algo pero lo que puedo asegurarte es que los poleos que nos tomamos a la salida se están convirtiendo en la excusa perfecta para unos foros de debate que dejarían al de Formentor a la altura del currículum académico de un tronista de Hombres, mujeres y viceversa.

El pasado martes, sin ir más lejos, el grupo se debatía entre dos temas fascinantes: si tuvieras que compartir una isla desierta con Tomás Gómez y Esperanza Aguirre, ¿a cual de los dos sacrificarías primero para alimentarte? “A Tomás Gómez, que tiene los muslos más anchos”, dijo Encarna, que es morena. “Yo a ninguno. Soy vegetariana”, contestó Marta, que es castaña. “¿Quién es Tomás Gómez?”, preguntó Emma, que es rubia.

El segundo tema, en el área masculina, era: si tuvieras delante una tía en bikini y un Mercedes G55 AMG, ¿qué elegirías? “El coche. Con ese coche podría tener todas las tías en bikini que quisiera”, dijo Josep, que es moreno. “¡Ya te digo! Es el coche de Beckham y de Brad Pitt”, dijo Santi, que es castaño. “Y de Jay-Z. Y de P-Diddy”, dijo David, que es castaño claro y escucha una música muy rara. “¿De qué color sería el bikini?”, dije yo, que también soy moreno pero una vez, hace mucho tiempo, me decoloré cinco veces para teñirme de rubio.

En medio de este enfrentamiento dialéctico, Marta levantó la voz. “¡Dios mío, estamos en la Quinta Temporada!”, dijo. Y es que Marta es una incondicional de Sexo en Nueva York y había llegado a un curioso paralelismo entre la serie y nuestras vidas. “En la quinta, Samatha se vuelve una romanticona, Miranda está deprimida post parto, Charlotte sigue buscando el amor sin encontrarlo y Carrie está más perdida que María Teresa Campos en Telecinco. Y para colmo de males, ¡casi no hay sexo! Sólo les queda Nueva York. ¿No os dais cuenta? ¡Nosotros estamos viviendo nuestra quinta temporada!”, dijo. Luego recordamos que la sexta era la última y nos invadió la angustia, con una pizca de ansiedad.

jueves, 5 de mayo de 2011

Adopta un Tragic Toy

Un amigo me explicó en una ocasión que España tiene una de las leyes de adopción más avanzadas del mundo. Que aunque una pareja homosexual no pueda adoptar una criatura no significa que esas personas, individualmente, no puedan hacerlo. Aquellas palabras ocuparon mi mente. Y al final, adopté. Abrí mis puertas, y mi corazón, a unas criaturas que están recuperando la ilusión por vivir. Si Dios existe, imagino que ya me he ganado una parcelita en el cielo.

Resulta que un día recibí una carta de unos seres que reclamaban unos padres. No es que no los tuvieran, es que se habían cansado de ellos. Si el amor es como la luz de una llama, ¿por qué no iba a ser lo mismo el sentimiento paterno-filial? Concerté una cita con las criaturas y me contaron que eran hijas naturales de Tim Burton y Helena Bonham Carter pero que ya no aguantaban más el pelo de su padre y la intensidad, algo indie, de su madre. Añadieron, además, que su madre les daba miedo. Yo les expliqué que "Una habitación con vistas" era una de mis películas favoritas y ellos dejaron escapar una lágrima verde. Criaturitas. Me conmovió que a ellos, que son Tragic Toys, les diese más miedo Helena que Tim. Los españoles enseguida nos identificamos con alguien que tema a una Helena, con H o sin ella, así que fui muy receptivo a su dolor. Decidí adoptarlos y desde entonces, viven en casa.

Os los voy a presentar. De izquierda a derecha, La Niña con Demasiados Ojos, Oyster Boy, el niño con clavos en sus ojos, Junk Girl, The Pin Cushion Queen, Brie Boy, Stain Boy, Staring Girl y Robot Boy. MNo salen en la foto, son muy suyos, tienen mucha personalidad, Mummy Boy, Roy (the toxic boy) y Jimmy (the Hideous Penguin boy). Para mí que me han tomado por la Josephine Baker del mundo freak.




martes, 3 de mayo de 2011

El club de la lucha

Amigos, el club de la terapia ya se ha convertido en el club de la lucha. Las apuestas y las peleas marcan el orden del día.


Día 1: Encarna lee, por decimonovena vez, el boletín de candidatos a pareja estable. “Escuchad esto”, dice. “Hombre soltero, 40 años y de buenas costumbres busca chica que se las quite. ¿Qué os parece?” “Imbécil”, contesta Marta. Y comienza la lucha.


Día 2: Me apuesto con David una cena en el Ramses a que Esperanza Aguirre pierde la mayoría absolutista. No entiende por qué estoy tan seguro. “No lo estoy”, apunto. “Pero si vuelve a ganar tendré que hacer una investigación de campo e intentar conocer a los madrileños, o sea, a los empadronados en Madrid; saber qué comen realmente, si beben agua del Canal de Isabel II o la compran embotellada, a qué dedican el tiempo libre, si guardan restos de algún alijo incautado en Barajas y lo mezclan con el Special K,...no sé, algo que le aporte algo de luz a semejante Expediente X. De hecho, haré lo mismo si el PP gana en Valencia y en Baleares”. David se toma mi respuesta como una burla a la madurez democrática del pueblo madrileño, valenciano y mallorquín y, como su abuela nació en Chamberí, él pasó su infancia en la costa alicantina y tuvo una novia mallorquina, se mosquea. Y empieza la lucha.




Día 3: Santi nos invita a su casa a tomar café. Después de media hora buscando un lugar en el que poder sentarnos donde no hubiera camisetas, calzoncillos, pantalones, calcetines, cajas de pizza, ceniceros llenos de colillas, películas de dvd y servilletas de papel, logramos tomar el café. “¿Os habéis dado cuenta de la cantidad de espacio que necesita Santi para vivir?”, pregunto. “Dí más bien para desordenar”, añade Josep. “Si dividimos la cantidad de hombres entre la superficie que ocupan obtendremos la densidad de la estupidez”, dice Marta. Justo en ese momento entra Santi en la habitación, apartando trastos a su paso, y le pica la susceptibilidad, que también tiene guasa la cosa cuando se vive en un entorno más desordenado que los juguetes de la niña de El Exorcista. Y tiene lugar la pelea.


Día 4: Aparece Emma, la rubia, teñida de morena. Ante la sorpresa de todos, reta a Marta. “¿Y ahora qué?”, dice. Marta la mira serena y responde: “Inteligencia artificial”. Emma se lanza a su pelo y aún hay un equipo médico en un hospital intentando separarlas.


domingo, 1 de mayo de 2011

Par

Solo necesito sentarme ante un Telediario para saber lo que realmente estimula a nuestra sociedad. Cada vez estoy más convencido de que, a pesar de los intentos por ver la vida como una portada de revista cara, llena de sumarios sugerentes e incitantes, todo se resuelve con una simple operación matemática de resultado par. El producto puede que no sea exactamente divisible por dos y, en ocasiones, designará un número impreciso pero todos, consciente o inconscientemente, nos situaremos junto a una u otra cifra. Reclamamos, con más derecho que voz, un cambio de la ley electoral para dejar de sentir que estamos en un falso sistema bipartidista pero es imposible: somos carne de par. Necesitamos el par, el símbolo de géminis, para posicionarnos y, de inmediato, enfrentarnos. Aunque rechacemos los polos opuestos como parrilla de salida, nos venden una realidad tan fragmentada, tan burda, tan plana, tan poco dada a los matices, que acabamos vistiendo el uniforme de un equipo u otro como si nos fuera la liga en ello.

Si poco podemos hacer ante eso (la bipolaridad no es otra cosa que el número par en absoluta libertad), nuestra capacidad de decisión se limita a elegir, en medida de nuestras posibilidades, entrenador. En el reino del número par solo hay dos opciones: o te entrena Mourinho o te entrena Guardiola. Dos métodos y un mismo objetivo. Salimos a la calle como si irrumpiésemos en el terreno de juego, con la misma energía, con ganas de comernos el mundo, de regatearnos las oportunidades los unos a los otros y acabar, con un poco de suerte y mucho esfuerzo, apuntándonos un tanto. La diferencia está en el talante, esa palabra que en los últimos años ha sido más argumento de burla que un principio a seguir. Para mí es importante. De hecho, en una sociedad polarizada como la nuestra, es la única tabla de salvación que nos queda para no acabar convertidos en hienas. Es difícil no posicionarse pero, ya que lo hacemos, necesito alinearme junto a los que incentivan desde la humildad, desde la confianza en el individuo para que trabaje en equipo, desde conceptos que ya suenan tan pretéritos como educación y respeto. Por eso me alegró la victoria del Barça frente al irritante Real Madrid.

Esta semana, la semana en la que la señora Cospedal y la señora Mato nos dejaron entrever lo que nos espera cuando lleguen al poder (Mato dijo que nunca había visto tanta manipulación en la televisión pública como ahora. Debe ser que en la era Urdaci o en la era María Antonia Iglesias veía Telecinco), me he encontrado con bases del Partido Popular que han elevado a ‘escándalo’ el supuesto ‘enfrentamiento’ entre la periodista Ana Pastor y la política argumentando que Ana es hermana de Mercedes Pastor, la jefa de prensa del presidente de Castilla La Mancha, José María Barreda, candidato del PSOE a la reelección y, por lo tanto, adversario de Cospedal en las próximas elecciones autonómicas. Añaden que ese parentesco inhabilita a Ana Pastor para hacer esa entrevista. Sin embargo, ser marido, cuñado, hijo o amigo íntimo de un político parece no inhabilitar en absoluto para hacer eso que ellos llaman ‘negocios’. Debo relajarme. Me lo exige mi entrenador desde el banquillo. Es que me parece un ejemplo de osadía insólita atreverse a denunciar manipulación en la actual TVE teniendo los casos de Telemadrid o Canal 9 tan cerca.

Como no me interesa nada el fútbol, mientras se jugaba el Barça-Madrid, yo estaba en el teatro Valle-Inclán de Madrid viendo un verdadero espectáculo: Falstaff, en la adaptación de Marc Rosich y Andrés Lima sobre textos de Shakespeare. Por cierto, Andrés Lima, director y actor de la función, cada vez me recuerda más a Alex de la Iglesia. Dicho esto, solo puedo lamentar que este montaje no recorra toda España para que puedan disfrutarlo desde Lanzarote hasta Finisterre. Daría por bien empleados mis impuestos si esa producción de un teatro público no se quedase circunscrita a Madrid y rotase por nuestro país, como danza el gordo de Falstaff al ritmo de una botella. Acompañado por la actriz Cristina Fenollar, y con los directores de cine Félix Sabroso y Dunia Ayaso y los actores Paco León y Mariano Peña, disfruté del sorprendente resultado de una operación matemática que me demostró que tres horas de función no son igual a tostón y jaqueca. Una propuesta admirable y un reparto magistral, encabezado por un futuro premio Max llamado Pedro Casablanc en el papel de Falstaff, con Raúl Arévalo, Carmen Machi, Jesús Barranco o Rulo Pardo entre otros, formaban parte de la fórmula.

El gordo de Falstaff no es un personaje; es la vida misma. Es la conciencia borracha que solo busca sobrevivir en el terreno de juego cuando está tan gordo que ni siquiera puede correr tras el balón. Falstaff vive en un mundo en guerra que se retroalimenta para que sigamos enfrentándonos los unos a los otros. Un mundo en el que la fuerza, la traición y la ambición por el poder son sinónimos de triunfo. Un mundo par, sin apenas guardiolas y docenas de mourinhos y cospedales. Un mundo que nos vende pena porque sabe que la pena, como le sucedió al gordo Falstaff, es lo único que nos puede matar.