martes, 9 de noviembre de 2010

El taller de escritura


A raíz de los últimos conflictos generados por la ética y deontología profesional de nuestro psicoanalista argentino, Marta y yo estamos pensando seriamente en buscarnos una terapia alternativa con la que encontrarnos a nosotros mismos sin necesidad de estar rodeados de restos humanos, algunos arrancados de nuestro amor propio, como si fuésemos Scarlet O’Hara caminando entre heridos del combate en aquel mítico plano de "Lo que el viento se llevó". Juliana, la maquilladora de la tele, me ofreció una solución. “Apúntate a un taller de escritura. Tienen una vertiente de terapia oral que para vuestro desquicie os iría genial”, dijo mientras maquillaba a una ex amante del novio de una concursante de Gran Hermano. Según Juliana, existe la idea de la literatura como laboratorio para explorarnos a nosotros mismos y al mundo. Aprender a escribir implica aprender a mirarse dentro, a reconocerse, tanto a uno mismo como al mundo que nos rodea, aunque solo sea para poder reproducirlo bien. “Y eso no es un desbarre mío, que ya lo escribió Chuck Palahniuk en un artículo”, añadió. Y luego habló de Gran Hermano 12 sin que se le cayesen los anillos. Para mí que es la única intelectual de verdad que conozco. Como pude, le expliqué la teoría a Marta. “O sea, que, pongamos por caso, escribo una novela sobre una mujer que siente cierta fobia al compromiso pero que desea enamorarse perdidamente”, dijo. “Esa es mi historia. Mejor que cada uno escriba la suya, ¿no crees?”, apostillé. “No me interrumpas cuando reflexiono que se me va el hilo. Quizá con un poco de esfuerzo por mi parte podría vivir la historia que quiero escribir. O mejor aún, la historia que la gente quiere leer”, explicaba como si fuese una visionaria. “Lo veo”, añadió. “Me conoceré desde la lucidez aséptica del escritor frente al personaje y podré darle forma a mi futuro. Genial”. Y salió a buscar un taller de escritura en los tablones de anuncios de los bares de Malasaña. Yo me quedé pensando en mi novela. Quizá peco de pesimista pero a mí solo me viene a la cabeza Kafka. Tal vez dos o tres sesiones más de psicoanalista tampoco me harían ningún daño.

domingo, 7 de noviembre de 2010

La ficción real

Ya no es que tengamos consciencia de que la realidad supera la ficción. Ahora es que confundimos ficción con realidad, entrando en una espiral desequilibrada que nos conducirá, irrevocablemente, al hospital psiquiátrico más cercano o, en su defecto, a participar en ‘De buena ley’ en Telecinco. Mis ojos giraron sobre su propio iris, como si fueran las ciruelas de las máquinas tragaperras, cuando me dijeron que la Oficina de la Defensora del Espectador de RTVE recibía quejas porque en la serie Amar en tiempos revueltos se fumaba demasiado. Que todavía existan ciudadanos que confundan realidad y ficción y se atrevan a escribir su queja porque se fuma en una serie ambientada en unos años en los que ese hábito era una actividad social bien vista, me preocupa. De hecho, me preocupa tanto que bloqueo mi mente y niego que eso haya sucedido. De lo contrario, sería como aceptar que algunos de mis contemporáneos creen que Marlon Brando murió en ¡Viva Zapata! o que Sharon Stone va por ahí sin bragas. La ficción es libre, incluso libertina si así lo desea su autor; forma parte de otro universo que aunque beba de éste, no forma parte de él. Sería tan simple como hablar de creatividad. Imagino que algo de esto macera en el fondo de la polémica Sánchez Dragó.

Dios me libre de mostrar un mínimo de afinidad con ese individuo pero creo que su narración sobre haber mantenido sexo con dos niñas de 13 años en Japón, ha vuelto a poner sobre la mesa un tema que me apasiona y es el de los límites de la ficción. Dragó cuenta esa experiencia en su último libro Dios los cría…y ellos hablan de sexo, drogas, España, corrupción,… , texto con el que ya figura entre los candidatos al Guinness en el apartado ‘título más feo del mundo’, y, para algunos, ampararse bajo la ficción, no es aceptable como excusa. Creo realmente que la ficción, en todas sus formas de expresión, debe ser libre; esa libertad implica que puedan escribirse textos políticamente incorrectos y que cada uno de nosotros seamos libres para decidir si los leemos o no. Pero la idea de regresar a un ‘Fahrenheit 451’ me parece muy peligrosa. Incluso más que una novela que hable de pederastia, madres que apagan cigarrillos en la piel de sus bebés o tipos que salen a la calle a matar homosexuales. Aunque, a estas alturas, sepamos que la realidad siempre supera a la ficción.

Con los libros de memorias, donde uno cuenta ‘su verdad’, más o menos dramatizada, casi sucede lo mismo. Incluso apuntaría que los consumidores de este tipo de libros se sienten decepcionados cuando la obra no muestra la miseria humana del personaje. Los libros de memorias, o de entrevistas en profundidad, o de conversaciones que sitúan al escritor bajo el foco, tienen la obligación de narrar una realidad que, en muchos casos, desenmascara a un personaje tenebroso. En las memorias de Katharine Hepburn descubrimos que a Spencer Tracy se le ‘iba la mano’ alguna que otra vez. En las de Jaime Gil de Biedma se narran sus encuentros con menores en Manila. Creo que hay una biografía de Angelina Jolie en la que se cuenta que mantuvo relaciones, siendo menor de edad, con el novio de su madre. En las memorias de la presentadora de televisión Marisa Medina, ella habla de cómo su ex marido, el compositor Alfonso Santiestéban, la introdujo en el mundo de las drogas y las partidas clandestinas.

Incluso en el festival de Sitges se ha proyectado la película A serbian film, una ficción sobre la crueldad del ser humano en la que se practican actos sexuales con un bebé. Sin embargo, en San Sebastián un juez ha suspendido la proyección y, aún así, ha ganado el premio del público.

Ficción y realidad se convierten en un rompecabezas de difícil solución. Pero, en cualquier caso, en un mundo de adultos, censurar la libertad creativa es peligroso. Nosotros, como lectores o espectadores, deberíamos estar capacitados para decidir si nos interesa esa historia que nos cuentan o no, independientemente de la catadura moral o ética de los hechos que narre. Pero el linchamiento público del autor –que repito, me cae como el culo- me recuerda el final de Frankenstein y sospecho que está incentivado por otras cuestiones, más cercanas a la ideología y a esa cadena siniestra, llamada Telemadrid, donde Dragó tiene su programa. Como muy bien me comentaba un amigo esta semana, Roman Polanski también abusó de una menor, en 1977, y cuando fue detenido por ese delito, el año pasado en Suiza, muchos intelectuales firmaron un manifiesto de apoyo al cineasta.

En medio de este debate, leo que los estudios cinematográficos de la Metro Goldwyn Mayer, la del león, entran en suspensión de pagos. A veces, odio que la ficción se parezca tanto a la realidad.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Las aventuras de Enrique y Ana. Cap. 8

Y a ti, ¿qué te gustaba más? ¿Anillos de Oro o Segunda Enseñanza?


Plegarias atendidas


“Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”.
Santa Teresa de Jesús


No. No pretendo emular, pobre de mí, a Truman Capote, aunque en ocasiones me invada la sensación de que soy incapaz de escribir un artículo mejor que el anterior. O que el anterior del anterior. O simplemente, escribirlo. Te explico. Hubo un sueño bastante habitual en mi infancia. Imaginaba que era invisible. Observaba la vida desde la primera fila pero nadie sabía que yo estaba allí. Escondía estuches a mis enemigos y me paseaba sin prejuicios por los lugares que albergaban los objetos de mi deseo. Y lo que más me gustaba soñar era cuando me volvía invisible en El Corte Inglés y cerraban las puertas, dejándome dentro. Pasaba la noche entera en la planta de juguetes montando en bicicleta, abriendo juegos de mesa y hasta casando a Geyperman con Barbie. Yo solo, rodeado de juguetes y silencio. Sospecho que de niño, esa debía ser mi forma de entender la felicidad: convertirme en alguien invisible. Ese es el drama porque ahora, cuando salgo los fines de semana o me invitan a algunas fiestas, tengo la impresión de haberlo logrado, que por fín soy invisible. “Ya está con lo mismo”, dice Marta como si yo no estuviera delante. “A ti lo que te pasa es que sales para ligar y ese es el error. Hay que salir para estar con los amigos y pasarlo en grande. Si luego ligas, estupendo; pero si no, jamás regresarás a casa con ese gesto de frustración que te está acentuando las arrugas de expresión. Te voy a dar la tarjeta de un cirujano que conocí la otra noche que tiene mano de santo con el botox”. Al menos Marta conoció a un cirujano que mostró cierto interés por ella y le dio su tarjeta. Mi caso es distinto. Paso tan desapercibido que resulta ofensivo. Y no es cuestión de ligar; es cuestión de deseo. Una de las piezas del mecanismo interno de nuestra sociedad es el deseo. Todos necesitamos sentirnos deseados y desear. Objetos, personas, situaciones. Participar en un juego en el que el hecho de sentirse deseado es casi más importante que la conclusión. Y la ‘invisibilidad’ es enemiga del deseo. Sobre todo cuando ya no te conformas con montar en bicicleta por la planta cuarta. Ahora, tu deseo es compartir, pero si nadie te ve, nadie te desea. Me frustré tanto que acabé llamando al cirujano de Marta y le pedí hora para la semana que viene.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

De amor ya no se muere

Amigo, el Centro de Orientación Matrimonial está más desorientado con nosotros que Malena Gracia en la Feria del Libro. Si en mi anterior mail te comentaba la cita ‘compatible’ de David, en este caso te adelanto que los esfuerzos del gabinete de profesionales por encontrar pareja estable a Marta ya adquieren una dimensión épica, como la de los hechos que marcan el curso de la Historia y nunca vuelven a repetirse: la conquista de Granada, la llegada del hombre a la Luna o la oposición balear haciendo oposición. Un mito. Marta está tan resentida aún con su ex que no la veo yo receptiva. Ni yo, ni nadie. El chico con el que quedó el lunes le dijo: “¿Puedo invitarte a una copa?” Y ella contestó: “Preferiría que me dieras el dinero”. El muchacho del miércoles optó por lanzarse sin paracaídas. “Estoy seguro de que podría hacerte muy feliz”, aseguró. “¿Por? ¿Ya te vas?”, machacó ella. Eso sí, feliz. Y el tipo del viernes, tras esquivar varios derechazos, buscó una respuesta en las estrellas. “¿De qué signo eres?”, preguntó. “De negación”, dijo Marta. Luego se levantó y se fue. “Creo que estás tirando el dinero”, le comentó Encarna, a la que no le han encontrado compatibilidades. “Dios da pañuelos a quien no tiene mocos”, añadió, con sabiduría popular. “Yo tengo ganas de encontrar el amor”, declaró Emma, que es rubia. “El amor es sólo una palabra con cuatro letras, dos vocales, dos consonantes y dos idiotas”, sentenció Marta. Se quedó un segundo pensativa y apuntó: “Lo encontrarás, Emma, lo encontrarás”. Insistimos tanto en que debería estar más abierta al amor -lo que comentó Emma no lo escribo por si lee esto algún menor- que se molestó. “¿Es que no tengo derecho a renunciar? ¿Por qué lo correcto es decir ‘sí’?”, dijo. Y me vino a la cabeza Francia y Holanda votando la Constitución Europea. “Los hombres me aburren. Son como mi correo electrónico: de cada diez cosas que recibo, ocho son tonterías”. Espero que tú no pienses lo mismo. Un beso.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Playlist (2 de noviembre)

Voy a pinchar alguno de estos temas el jueves.



KT Tunstall, The New Pornographers, Sidonie, Belle & Sebastian, Donavon Frankenreiter, Panic! At the Disco, Asier Etxeandía y Fangoria, I blame Coco, Rubi, Bla y Frida

El espectáculo rococó



El exceso me gusta. Aunque haya asistido, con serenidad, a explicaciones minimalistas y a doctrinas que intentaban demostrarme que ‘menos es más’, me he dado cuenta que hay algo en mí que disfruta cuando la vida se satura de ornamentación. No tanto para mi vida personal, que precisamente es más austera de lo que muchos creen y busca descansar la mirada en espacios en blanco, sino para la vida a la que asisto como espectador. Me gusta situarme ante lo excesivo porque lo desmesurado me parece fabuloso. Incluso como forma de expresar un rechazo al propio exceso. Como sucedió cuando lo Barroco dio paso a lo Rococó. El exceso dejó de ser patrimonio del poder absolutista y, a través de la burguesía, se convirtió en una explosión de formas, colores y luces al servicio del lujo y la fiesta. Incluso el artista trabajaba con mucha más libertad, dando rienda suelta a su imaginación, en ocasiones completamente incontrolada, aportando su primera piedra a la construcción de un ‘mercado del arte’.

Creo que por eso disfruté viendo Balada triste de trompeta, la última película de Álex de la Iglesia. No es una obra maestra, ni siquiera creo que su guión fuera el mejor de los que participaron en el último festival de Venecia, pero es un espectáculo del rococó más sangriento, una locura tan desproporcionada, que yo sólo pude entregarme a su juego como un muñeco de trapo en las fauces de un rottweiler. Asistí a un pase privado para un reducido grupo de personas, entre las que estaba El Gran Wyoming, y sin que me diera casi cuenta, la película empezó a zarandearme sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Tiene un comienzo brutal –tremenda participación de Fofito- y, a partir de ese momento, circula de un modo irregular, como sucede muchas veces en las películas de Álex de la Iglesia, con algunas secuencias y planos creados para pasar a formar parte de la Historia del Cine. Pero su exceso es tal, su desmesura es tan salvaje, que yo sólo puedo someterme. Capitular ante las interpretaciones de Antonio de la Torre y Carlos Areces (su trabajo ya huele a Goya a mejor actor revelación), frente a la intención del director de reaccionar ante el exceso de un país, que pasa de una guerra civil a los años 70 acumulando odio, y hacerlo con más exageración si cabe. Como cuando los artistas franceses señalaban los excesos del régimen de Luis XIV creando el rococó. El espectáculo rococó de Álex de la Iglesia no es frívolo. Es, simplemente, bestial. La esencia de las dos españas convertida en un tebeo pulp que no dejará indiferente.

Desde ese mismo argumento puedo mostrar mi rendición a la reapertura del nuevo Molino, en Barcelona, con la gran Terremoto de Alcorcón convertida en vedette cómica, siguiendo los pasos de grandes actrices como Yolanda Ramos, Amparo Moreno o Lita Claver, o al concepto que hay detrás del nuevo disco de Fangoria.
Por si los más modernos siguen indignados –la modernidad también puede ser más papista que el Papa-, sólo recordaría que el título del disco ya da suficientes pistas: El paso trascendental. Del vodevil a la astracanada. En la astracanada lo único que importa es reír, la parodia, el disparate. Cuando uno se levanta por la mañana y es capaz de reírse de sí mismo, ya no hay dardo que le alcance. Y creo que en ese terreno, Alaska y Nacho Canut se mueven como unos Blahnik en la joyería Suárez. Que Alaska vuelva a cantar en los directos Mi novio es un zombie, Bailando, Ni tú ni nadie o La tribu de las Chochoni es pagar una deuda histórica con una generación. Y que lo haga desde el exceso del espectáculo de variedades, desde la revista, cargando una ‘mochila’ de plumas, cubierta de transparencias y bajando una escalera, como si fuera una vedette en el Folies Bergère, es puro espectáculo rococó cañí. Y así lo hicieron el pasado martes presentando el disco en el teatro de La Latina de Madrid, donde Lina Morgan vivió sus grandes éxitos. Por cierto, Alaska ha perdido doce kilos y luce como una auténtica vedette. Como en la Francia rococó, lo que importa es tener una alta actividad social. Aunque acabemos con el cuerpo muy mal.