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lunes, 1 de agosto de 2011

¿Charlamos?

Les aseguro que enfrentarme al papel en blanco, y cuando digo papel en blanco también me refiero a una pantalla virgen de Word, me produce un agarrotamiento de esos que crees que sólo se va a solucionar con un miolastán. Es como el nerviosismo previo al acto sexual, esa incertidumbre ante el otro cuerpo que, aunque sabes que puede darte muchas satisfacciones, no deja de preocuparte a la hora de plantear cómo debes afrontar la salida. Ahora que lo pienso, dice mi madre que todo lo comparo con el sexo. Y es verdad. Lo mismo me lo tengo que hacer mirar.

El caso es que, y en esto la escritura no se parece al sexo, cuando las musas no quieren ni verte, lo mejor es salir a dar un paseo. A refrescar las ideas sin llegar a constiparte. Y entré en un VIPS.
Para aquellos que no tengan VIPS en sus poblaciones, les explico que este tipo de establecimientos unifican restaurante -de cocina indescriptible, pero con unas tortitas con sirope estupendas- y tienda en la que se puede comprar, caro, desde revistas, libros de Taschen, música, películas, golosinas, fundas para el iPod, jamón serrano y todo eso a un coste desorbitado y hasta casi las 2 de la madrugada. En esa visita siempre me detengo ante uno de los apartados más deslumbrantes que tiene este tipo de tiendas: el apartado chorra.

Consiste en un montón de cosas que no sirven prácticamente para nada, gadgets absurdos, que me apasiona recorrer. Piezas para tatuar tostadas, chanclas matamoscas, ratones de ordenador con forma de pieza de Lego, moldes para hacer huevos fritos con silueta de revólver… Y en ese edén de la tontería me encontré con una cajita transparente en la que podía leerse “¿Charlamos?” Me inquieté ante esa presencia y leí que esa cajita escondía 110 tarjetas con preguntas. Una especie de excusa, de rompehielos, para sacar en una cena y provocar temas de conversación. Lo primero que pensé fue que si en una cena hay que sacar los temas de conversación de una cajita, una de dos: o hay que cambiar de invitados o hay que dejar de organizar cenas. Pero luego pensé en el papel en blanco, en la pantalla inmaculada de mi portátil, y llegué a la conclusión de que no me vendría mal una ayuda para saber de qué escribir.

Dicho y hecho. Me he comprado la cajita. Lo mismo, cuando no se me ocurra nada, sacaré una tarjeta de su interior y según lo que tenga escrito, de eso hablaré en el blog. Dice el “prospecto” del juego que es una manera ideal de conocer mejor a la gente. A mí se me ocurre otra pero…no sé, mejor no la digo que seguro que está mi madre leyendo (en plan anónimo) y luego me dice que siempre hablo de lo mismo.


martes, 9 de noviembre de 2010

El taller de escritura


A raíz de los últimos conflictos generados por la ética y deontología profesional de nuestro psicoanalista argentino, Marta y yo estamos pensando seriamente en buscarnos una terapia alternativa con la que encontrarnos a nosotros mismos sin necesidad de estar rodeados de restos humanos, algunos arrancados de nuestro amor propio, como si fuésemos Scarlet O’Hara caminando entre heridos del combate en aquel mítico plano de "Lo que el viento se llevó". Juliana, la maquilladora de la tele, me ofreció una solución. “Apúntate a un taller de escritura. Tienen una vertiente de terapia oral que para vuestro desquicie os iría genial”, dijo mientras maquillaba a una ex amante del novio de una concursante de Gran Hermano. Según Juliana, existe la idea de la literatura como laboratorio para explorarnos a nosotros mismos y al mundo. Aprender a escribir implica aprender a mirarse dentro, a reconocerse, tanto a uno mismo como al mundo que nos rodea, aunque solo sea para poder reproducirlo bien. “Y eso no es un desbarre mío, que ya lo escribió Chuck Palahniuk en un artículo”, añadió. Y luego habló de Gran Hermano 12 sin que se le cayesen los anillos. Para mí que es la única intelectual de verdad que conozco. Como pude, le expliqué la teoría a Marta. “O sea, que, pongamos por caso, escribo una novela sobre una mujer que siente cierta fobia al compromiso pero que desea enamorarse perdidamente”, dijo. “Esa es mi historia. Mejor que cada uno escriba la suya, ¿no crees?”, apostillé. “No me interrumpas cuando reflexiono que se me va el hilo. Quizá con un poco de esfuerzo por mi parte podría vivir la historia que quiero escribir. O mejor aún, la historia que la gente quiere leer”, explicaba como si fuese una visionaria. “Lo veo”, añadió. “Me conoceré desde la lucidez aséptica del escritor frente al personaje y podré darle forma a mi futuro. Genial”. Y salió a buscar un taller de escritura en los tablones de anuncios de los bares de Malasaña. Yo me quedé pensando en mi novela. Quizá peco de pesimista pero a mí solo me viene a la cabeza Kafka. Tal vez dos o tres sesiones más de psicoanalista tampoco me harían ningún daño.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Viaje a los sueños polares

Cuando uno empieza un viaje, lo habitual es conocer el destino de antemano. Tener la maleta perfectamente distribuida, devorar la guía del lugar elegido e incluso planificar los días y las rutas que harán de ese sitio nuestro hogar, más o menos fugaz. Sin embargo, hay otro tipo de viajes en los que uno puede llegar a intuir dónde comienzan pero que, de ninguna manera, acertaría a señalar en qué punto del mapa concluirán. No pongan esa cara; no estoy hablando de drogas. Me refiero a que, en ocasiones, los trayectos acaban incluso por encima de nuestras propias intenciones o deseos. Como en una road movie espontánea, La Transversal empezó casi sin saber quién se iba a subir al coche ni cuantas maletas llevábamos; imaginad, en esa circunstancia, hablar de destino. Nadie sabía si pillaríamos una autovía o una carretera comarcal. Ignorábamos si éramos más de playa o de montaña o de ambas cosas a la vez. Desconocíamos si el viaje duraría tres meses o diecisiete años. Lo único que teníamos claro es que íbamos a parar a todo aquel que nos hiciera auto-stop.

Quizá eso provocó que, a los pocos meses de haber iniciado este viaje, olvidásemos a dónde queríamos ir. Estábamos disfrutando tanto que, como explicamos en aquella ocasión en la que debatimos sobre el final de “Perdidos”, nos dimos cuenta que lo importante no era el destino; era el camino. Es cierto que parar el taxímetro nunca fue decisión mía. Hay unos jefes que deben tomar decisiones y lo han hecho. Para algunos esa decisión será errónea, para otros acertada, para unos injusta y para vaya usted a saber quien, adecuada. Pero una vez tomada lo único que puedo hacer es…reflexionar. Pensé que cuando la meta sale al encuentro del corredor, el hecho extraordinario ya te está obligando a detener el ritmo de tus zancadas. Y en nuestro caso, el coche ya funcionaba un poco como el de Los Picapiedra. Pasamos de dos horas y un equipo a 45 minutos y unos becarios maravillosos que dividieron sus prácticas del máster entre nosotros e informativos. Gracias chicos/as.

Cuando se me informó del fin de La Transversal se me instaló un vacío helado en la garganta, como si las cuerdas vocales se hubieran descolgado y cayesen, a través de mi cavidad corporal, para acabar desfibradas en los pies. Pero al poco tiempo comprendí que si no lográbamos que nuestro vehículo siguiera siendo el más bonito, el más original, el más interesante, el más divertido, quizá es que había llegado el momento de parar en el pueblo más cercano. Quería seguir haciendo La Tranversal, pero La Transversal que yo quería. Una que se aproximase un poco a la que caracterizó las dos primeras temporadas y eso era imposible. Un programa de 45 minutos semanales no tiene muchas opciones. Así que decidí ser obediente, por una vez en la vida, y quitar la llave de contacto. No es fácil renunciar a algo que te gusta. Y la mejor manera de hacerlo es sustituyéndolo por otra cosa que también te guste.

Quiero escribir. Llevo muchos años tomando notas en innumerables cuadernos que, algún día, deberían nutrir una novela. Nunca encuentro el momento preciso en el que detenerme y empezar con la disciplina del escritor. Así que me enfrenté al destino y pensé que si él había previsto acabar con La Transversal, tal vez también había contemplado la posibilidad de una novela para el año que viene. Y eso pensé. Hasta que en Radio Nacional me ofrecieron otra cosa.

Sé que muchos habéis recibido una respuesta de la Defensora del Oyente en la que se os informa de que continuaré vinculado a la casa. Eso es cierto. Me han ofrecido algo que, en cuanto se materialice, os contaré de qué se trata en este mismo blog que, por otra parte, deseo que se convierta en el punto de encuentro de todos aquellos ‘seres’ que durante tanto tiempo han habitado al otro lado, que ahora también es mi lado. Mi lado bueno. Voy a procurar compaginar ese nuevo rumbo con la escritura y deseo no deshidratarme en el intento.

En el nombre de todos los que alguna vez habitaron La Transversal quiero daros las gracias. No quiero ponerme ñoño, que sabéis que lo detesto, pero sería tremendamente injusto si pasara por alto los mensajes que habéis dejado en este blog, que habéis enviado al correo del programa o que habéis escrito en el muro del Facebook. Que pongáis mi nombre al lado del de Lolo Rico me parece encantadoramente exagerado. Y que habléis ya de una Generación Transversal me asusta tanto que me paraliza. Pero debo daros las gracias porque sé que lo decís de corazón, que no tenéis ningún interés en regalarme los oídos y menos en los tiempos del cólera, y que creéis en lo que manifestáis. Gracias infinitas. Prometo ir colgando fragmentos del programa en mi blog (como ya estoy haciendo) cada vez que me invada la nostalgia, que ya sabéis que es muy traicionera. Incluso estaba pensando empezar con “Las aventuras de Enrique y Ana” desde el capítulo 1. Ya veremos.

Ahora sólo me queda despedirme con un ‘hasta luego’. No me gusta la palabra ‘adiós’. Aún queda un programa y luego…nuevos caminos que recorrer. Espero que juntos. Y si me permitís una recomendación transversal, buscad en vuestra discoteca, cedéteca, digitalteca o en el mismo Spotify la canción “Viaje a los sueños polares” de Family, una banda indispensable. La canción es para vosotros, ‘raros seres del otro lado’ a los que tanto os estimula esa ‘tonta sensación de libertad’. Un beso.


Paco Tomás, un inmigrante al otro lado de La Transversal