Les aseguro que enfrentarme al papel en blanco, y cuando digo papel en blanco también me refiero a una pantalla virgen de Word, me produce un agarrotamiento de esos que crees que sólo se va a solucionar con un miolastán. Es como el nerviosismo previo al acto sexual, esa incertidumbre ante el otro cuerpo que, aunque sabes que puede darte muchas satisfacciones, no deja de preocuparte a la hora de plantear cómo debes afrontar la salida. Ahora que lo pienso, dice mi madre que todo lo comparo con el sexo. Y es verdad. Lo mismo me lo tengo que hacer mirar.
El caso es que, y en esto la escritura no se parece al sexo, cuando las musas no quieren ni verte, lo mejor es salir a dar un paseo. A refrescar las ideas sin llegar a constiparte. Y entré en un VIPS.
Para aquellos que no tengan VIPS en sus poblaciones, les explico que este tipo de establecimientos unifican restaurante -de cocina indescriptible, pero con unas tortitas con sirope estupendas- y tienda en la que se puede comprar, caro, desde revistas, libros de Taschen, música, películas, golosinas, fundas para el iPod, jamón serrano y todo eso a un coste desorbitado y hasta casi las 2 de la madrugada. En esa visita siempre me detengo ante uno de los apartados más deslumbrantes que tiene este tipo de tiendas: el apartado chorra.
Consiste en un montón de cosas que no sirven prácticamente para nada, gadgets absurdos, que me apasiona recorrer. Piezas para tatuar tostadas, chanclas matamoscas, ratones de ordenador con forma de pieza de Lego, moldes para hacer huevos fritos con silueta de revólver… Y en ese edén de la tontería me encontré con una cajita transparente en la que podía leerse “¿Charlamos?” Me inquieté ante esa presencia y leí que esa cajita escondía 110 tarjetas con preguntas. Una especie de excusa, de rompehielos, para sacar en una cena y provocar temas de conversación. Lo primero que pensé fue que si en una cena hay que sacar los temas de conversación de una cajita, una de dos: o hay que cambiar de invitados o hay que dejar de organizar cenas. Pero luego pensé en el papel en blanco, en la pantalla inmaculada de mi portátil, y llegué a la conclusión de que no me vendría mal una ayuda para saber de qué escribir.
Dicho y hecho. Me he comprado la cajita. Lo mismo, cuando no se me ocurra nada, sacaré una tarjeta de su interior y según lo que tenga escrito, de eso hablaré en el blog. Dice el “prospecto” del juego que es una manera ideal de conocer mejor a la gente. A mí se me ocurre otra pero…no sé, mejor no la digo que seguro que está mi madre leyendo (en plan anónimo) y luego me dice que siempre hablo de lo mismo.