miércoles, 31 de agosto de 2011

Playlist (31 de agosto)




Depeche Mode, Valeria Lynch, Queen & David Bowie, Jedward, M83, Florence+The Machine, Alex Winston, Amaral, Neon Trees y Francisco Nixon

La lotería

Me he encontrado este artículo vagabundeando por el ordenador.



22 de diciembre. Día Internacional de la Salud. Es lo único de lo que podremos presumir cuando el informativo del mediodía abra con la parejita de niños de San Ildefonso cantando el número agraciado con tres millones de euros. “No solo los euros han destrozado mi economía doméstica, que 30 euros me duran menos que los tíos que me ligo en el Populart, sino que también han estropeado la ceremonia de la lotería de Navidad”, se quejaba Marta. “Con lo bien que encajaba la palabra ‘pesetas’ en la cantinela de estos niños,...Y ahora hay que cantar ‘euros’, que no pega, que no entra con la métrica de la canción”. Todos los años dice lo mismo. Necesitamos ya una generación que no dependa del referente de las pesetas. “Bueno, lo importante es que tengamos salud”, añade mi madre cada año, cuando acaba el sorteo y mira, con cierto desencanto, esa mesa llena de participaciones, papeletas y décimos que ya no albergan ilusión alguna y que no sirven para otra cosa que no sea reciclar.


Y aunque la esperanza, como las bragas, sea lo último que se pierde, y ella compre el periódico para dejarse los ojos en un extenso listado de números minúsculos, como si hubiésemos impreso la pantalla principal de Mátrix, la ilusión no se colma, ni siquiera disfrazada de pedrea. “Lapidados vamos a quedar un año de estos”, suelo bromear. Y mi madre suelta esa reflexión que, año tras año, acompaña al deseo de la salud: “Jugar por necesidad, perder por obligación”. Lo más recomendable en el día de hoy, si usted forma parte de esa inmensa mayoría de los no premiados, es apagar el televisor. Aunque con los años he llegado a empatizar con el sufrimiento cuando éste aparece en televisión, no me sucede lo mismo con la alegría desbordante. Dice mi psicoanalista que eso se llama envidia cochina y que me lo debería tratar. Mientras me lo pienso, opto por no ser el espectador masoquista de la alegría de un grupo de personas, que además no conozco de nada, que brincan con el décimo en la mano, cantan, ríen y beben en la puerta de la administración de lotería de su barrio. Sé que este sentimiento no me hace mejor persona pero sí me hace más humano. El que no se consuela es porque no quiere.


lunes, 29 de agosto de 2011

¿Quiero vivir en la ciudad?


Dice un amigo que los que se trasladan a vivir en plena naturaleza no son verdaderos ecologistas. Que el auténtico ecologista es él, que ni pisa el campo. Y si no va, difícilmente puede estropearlo. Y un poco de razón sí que tiene. Es que él y yo somos urbanitas.

Yo llego a una gran ciudad y veo cristal, arquitectura, asfalto, tumulto y me recorre una vitalidad por todo el cuerpo que parece que me he tomado cuarenta cafés. La metrópolis tiene la oferta, la demanda, la variedad, la densidad, el glamour, la afinidad, las primicias, los estrenos, incluso todas las posibilidades de transporte necesarias para escapar de todo eso.

La ciudad sería un entorno vital perfecto si no fuera por un pequeño detalle: es imposible habitarla. Las metrópolis son espacios maravillosos diseñados para ser visitados y, por lo tanto, disfrutados, pero nunca para ser vividos. Una gran ciudad es invisible. Si es el paisaje de tus vacaciones, te fascinará. Pero si es el entorno de tu vida cotidiana, te desesperará. Vivirás en un medio de transporte prácticamente todo el día para llegar al trabajo y luego para volver a tu casa. Llegarás tan cansado, porque en una ciudad todo cuesta un poco más, que no tendrás ni fuerzas para participar de las muchas ofertas culturales y de ocio que te presenta. Nunca llegarás a tiempo a los sitios, que estarán llenos de gente, siempre llenos, sea un concierto de Prince o una exposición de papiroflexia. Y cuando quieres irte de allí, intentarás pillar un taxi pero no pasará ni uno y si pasa, apagará la luz verde en tu propia cara para no llevarte.

En la ciudad todo hay que prepararlo con tiempo porque una ciudad no te deja ser espontáneo. Y para evitar todo eso, acabas yendo al bar de siempre, como si fuera el único a mil kilómetros a la redonda. Lo que no entiendo es porqué sigo viviendo en una ciudad. Dice mi amigo que porque en el campo hay bichos. Cómo se nota que nunca ha estado en una gran superficie comercial un sábado por la tarde.


Modus Vivendi

El Madrid pos-JMJ apenas tuvo tiempo de recuperarse de la invasión cuando la plaza de Cibeles volvió a ser tomada. Fue por un acto de los católicos tostados, o sea, los ‘kikos’. Un snack nada crujiente. Más bien duro como una piedra. Eso, en religión y en política, se conoce como ultraconservador. En el mundo de los aperitivos, podría ser un producto en stock. Ellos lo llaman Camino Neocatecumenal. Desconfío de todas las asociaciones y movimientos religiosos que juegan con la palabra ‘camino’. Pero esa desconfianza no se debe a que un día me sirvieran kikos rancios mientras disfrutaba de un vermú y almacene el rencor como si fuera energía. Está argumentada por una decena de reportajes –les recomiendo que los lean- que nos muestran las tinieblas que rodean a esta organización religiosa, una absoluta secta si no fuera porque está aprobada por la Santa Sede y eso parece darle bula papal a su funcionamiento.

Ni el ayuntamiento de Madrid, máximo responsable de esa ocupación de suelo público, ni la Comunidad han explicado aún la razón por la que cedieron el centro de la ciudad a una especie de secta religiosa. El acto, que suele ser tradición tras una visita del Papa, debía celebrarse en Cuatro Vientos pero el Ministerio de Defensa negó el permiso porque se salía de la convocatoria oficial de las JMJ. Sin embargo, Gallardón, el poli bueno, corrió al auxilio de esta especie de ejército de salvación y le permitió no solo ocupar Cibeles sino aprovechar toda la infraestructura que se montó para el Vía Crucis. ¿La razón? Para muchos tiene que ver con el benefactor de este ‘camino’, el cardenal de Madrid, Rouco Varela. De hecho los ‘kikos’ (este nombre rinde homenaje a su creador, Kiko Argüello) han sido los que han nutrido de voluntarios las JMJ y han aportado una importante cantidad de dinero, o sea, hay que devolverles el favor. En cualquier caso, les aseguro que verlos desfilar (sí, al acabar el acto volvieron a pasearse, todo muy espontáneo, por las calles céntricas de Madrid, banderas en alto, a voz en grito, cual soldados dispuestos a amedrentar cualquier insurgencia). Podemos restarle importancia pero verlos de frente les aseguro que da miedo.

Ellos avalan su poder en la convocatoria de 150.000 neocatecumenales y en más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo. Al director de cine Alex de la Iglesia le siguen más de 156.000 personas en Twitter y el perfil de Lady Gaga tiene más de doce millones de seguidores en todo el mundo. Puestos a elegir, prefiero que se corte el tráfico en Cibeles para proyectar, en pantalla enorme, Balada triste de trompeta o para un concierto de la Gaga. Todo gratis.


Tras ese blue monday, la ciudad fue recuperando, poco a poco, la cordura. De eso se vale nuestra clase política: de ese analgésico modo de olvidar que tenemos los españoles y que nos permite seguir viviendo. Cometemos el error estadístico de pensar que lo que nos indigna en las redes sociales es lo que le preocupa a la gente. No siempre es así. Porque, ¿ustedes creen que la gente hablaba en los bares o en el metro de la reforma express de la Constitución y la necesidad de un referéndum? Ya les digo yo que no. Habían decidido volver a olvidar. La amnesia como modus vivendi.

Para compensar las lagunas, la ciudad está llena de oportunidades para evadirse. Una de ellas es la fascinante exposición de la japonesa Yayoi Kusama en el Museo Reina Sofía. Un experiencia sensorial que mezcla arte pop y compromiso feminista con esculturas de acumulación y apéndices fálicos. Muy visitada durante la JMJ. No sabemos si les gustó.

El jueves, la cuestión era asistir al estreno de la ópera prima de Vicente Villanueva, Lo contrario al amor, o sentarse en una incómoda butaca del Matadero y ver lo que hecho Tomaz Pandur con La caída de los dioses de Visconti. Lo tuve claro. Sobre todo porque no me invitaron al estreno de la película protagonizada por Hugo Silva y Adriana Ugarte y sí al montaje teatral interpretado por Belén Rueda, Manuel de Blas, Pablo Rivero y Santi Marín, entre otros actores. La falta de opciones facilita la elección.

No voy a aprovechar para hacer crítica –total, esta función nunca llegará a un teatro dirigido por Margalida Moner; lo desolador es que antes, tampoco-, pero diré que ver el declive de una aristocracia alemana en los primeros momentos del Tercer Reich sigue inquietando. Especialmente si nos da por jugar a las siete diferencias. Los Essenbeck que se colocan el brazalete con la esvástica recuerdan que una tierna flor puede ser aplastada si entorpece el avance del Estado. No quiero seguir dándole vueltas. Voy a intentar olvidar. Al menos durante los próximos 60 minutos.

viernes, 26 de agosto de 2011

Los muertos


No hace ver El Orfanato, ni Los Otros, ni El sexto sentido para sospechar que, quizá, el ‘más allá’ se manifieste en el ‘más acá’ con una naturalidad preocupante.

Mi madre entra en el salón y dice: “Bajo un momento a la plaza. Si viene el de los muertos, el dinero está sobre el taquillón”. Y se marcha. No es un sueño. En mi casa, desde que tengo uso de razón, ‘los muertos’ vienen una vez cada trimestre. Y asustan, pero con sus cuotas, que crecen a medida que cumples años, en un concepto macabro de la ley de la oferta y la demanda. “Por lo menos dejan recibo”, bromea mi hermana. Mi madre tiene tantos resguardos que podría pagarse quince funerales con lo recaudado. Son las mútuas, seguros y cofradías, que en casa siempre se las ha reconocido como ‘los muertos’, las que albergan el honor de hacer negocio con ‘lo inevitable’.

Nos gustaría no tener que hablar de ellos, que no estuvieran ahí, pero siempre aparecen, recordándonos su existencia, y el fin de la nuestra, cada tres meses. Vemos el recibo encima de la mesa y se nos queda la piel blanca; de un blanco Nicole Kidman, y miramos hacia otro lado. Mi madre es la única de la familia que sigue cumpliendo con el ritual. Alimenta a ‘los muertos’ para que algún vivo subsista como un rey. Incluso lo hace por nosotros, pagando nuestras cuotas. Creo que es una pena que la Iglesia desmintiera la existencia del limbo. Sospecho que muchos pondríamos en peligro el negocio al elegir deambular por viejos orfanatos o casas abandonadas en lugar de abonar nuestro fin desde el principio. Solo un detalle más: los vivos que rodean a ‘los muertos’ no son ni la mitad de atractivos que los de A dos metros bajo tierra. Que si algo tiene la ficción, es que siempre resulta más atrayente.

jueves, 25 de agosto de 2011

Los besos del amor



Nuestra amiga Encarna se ha vuelto a enamorar. Como siempre ocurre en estos casos, sucedió cuando ella menos lo esperaba; cuando dejó de anhelarlo con unas fuerzas desesperadas, cuando notó que la única manera de encontrar era dejando de buscar; cuando una noche no se arregló para los demás y se vistió para sí misma, con la única intención de tomar una copa con las amigas al salir del trabajo. Encarna clasifica la vida en la medida de lo enamorada que esté; como Karina ordenaba las flechas. “Me he dado unos besos del amor esta mañana”, me contó por teléfono. “Fuímos al cine del amor y luego estuvimos compartiendo una cena del amor”, le contó a Emma. “Con el coche del amor nos iremos a pasar el fin de semana a Alaró”, le contó a Marta.

“¿Se ha vuelto boba? ¡Todo lo que dice es del amor! Parece una canción de Maná y por ahí sí que no paso”, comentó Marta, visiblemente horrorizada, ante el asentimiento del resto. “Creo que tenemos demasiados prejuicios con la palabra amor”, apunté. “Y no tiene nada que ver con Gran Hermano 9”, añadí. “Creo que existe un miedo ridículo a pronunciar la palabra, a vivirla, a entregarnos a ella sin condiciones ni horarios. Un miedo social a apostar y perder. Miedos tan antiguos como el propio miedo que genera. Y por eso estamos aquí, burlándonos de Encarna mientras ella está gozando de unos besos del amor”, dije.


Todos me miraron con la cara que pondría Karl Lagerfeld ante el armario abierto de Mariah Carey. Su silencio se me antojó tan eterno que volví a tomar la palabra.

“Vamos, digo yo...pero tampoco me hagáis mucho caso que hoy he dormido fatal”, me excusé, con una sonrisita. “Será eso”, atajó Marta. Y todos volvieron a conversar como si nada. Solo Josep interrumpió la charla hablando de Cásate conmigo, una peli de Jason Biggs que muy bien podría definirse como un ‘filme del amor’. “Es la evolución natural del amor: acabar en comedia. Eso, en el mejor de los casos”, soltó Marta. No me extraña que su madre diga que así no va a encontrar novio nunca.


miércoles, 24 de agosto de 2011

La erótica de la corrupción



Estaba yo en Mallorca cuando...

“¿Para qué son necesarias 45 personas?”, preguntó mi amiga Marta, con rigurosa actitud. “¿Para una orgía?”, contesté. El resto de amigos disculparon mi aportación achacándola a los ‘daños colaterales’ propios de las altas temperaturas. “Cualquier deseo sexual que intente sobrevivir a 35 grados acabará hecho cenizas. ¿Quién demonios puede follar con 35 grados?”, me defendí. “Quizá el punto de vista de Paco no esté del todo desencaminado”, añadió Marta, con el aderezo gestual del filósofo sumido en la reflexión. “A lo que yo me refería era al número de técnicos precisos para investigar los escándalos económicos del ejecutivo Matas. Quizá eso explica por qué el PP dice que con ellos baja la cifra de desempleados. A más corrupción, más personas son necesarias para la investigación. Es la ley de la oferta y la demanda. Hay casos en los que la demanda puede ser incluso judicial pero no vamos a hacer leña del arbol caído, ¿verdad que no?”

Y todos movieron la cabeza de un lado a otro, como un lector de código de barras, con una disciplina digna de partido. “Pero si entendemos la orgía como una práctica sin ningún tipo de restricciones, nos viene a la mente la gestión del Palma Arena, de Turisme Jove, de Bitel, y unas cuantas más. O sea, que la misma orgía anima a la entrada de más personas en la orgía, aunque sea como voyeurs, llegando a lo que los antiguos romanos conocían como bacanal”, aclaró Marta.

Y cuando todos nos disponíamos a tomar apuntes, aunque fuese en una servilleta de papel, Emma, la ex secretaria rubia de nuestro ex psicoanalista, dijo: ¿No os habéis dado cuenta? Dos detenidos por chantajear con vídeos sexuales a varios empresarios, dos pasajeros ‘meten mano’ a tres azafatas, un funcionario le hace una felación a un preso en la cárcel, tipos que insertan anuncios en televisión pidiendo sexo,... ¿Y si la Isla desprendiese una energía sexual descontrolada que impidiese el sensato funcionamiento de la convivencia? No me miréis así. En la serie Perdidos sucede algo similar”. Lo que te decía, a veces piensa como una morena.