Una semana, amigo Miguel. No sé cómo explicarte el agotamiento al que Leonardo, el novio de Marta, ha sometido a este cuerpo mío, que se ha convertido en río, que diría Bebe, durante la última semana. El hecho de que no compartiese su afición por ‘customizar’ coches ha provocado una convivencia entre los dos, tan innecesaria como reincidente, para convencerme de que el tuning es casi casi tan maravilloso como un disco de Andy y Lucas con DVD de regalo. “Tío, el tuning me da la vida. Es como personalizar tu coche”, me decía emocionado. “Pero si es tuyo imbécil, ¿para qué quieres personalizarlo?”, le contestaba. “Aunque claro, mejor el tuning que andar por la calle delinquiendo”, solía añadir. Compréndelo, ha sido una semana muy intensa y ya hemos pillado cierta confianza en el trato. “Yo tengo un colega que ya se ha gastado 10 kilos en ‘atunar’ su ‘buga’. Es un fiera. Su alerón es el mejor de Mallorca, llantas cromadas, lunas tintadas, tubarro de escape, pedales de aluminio, salpicadero blanco rollo animalista, asientos como los del AMC y un equiparro con tweeter y subwoofer. Hasta lleva un equipo de meteorología dentro, con su barómetro, su termómetro y hasta uno que mide la altura a la que estás”, me dijo para que, finalmente, dejase de vivir en la ignorancia y aceptase la evidencia. “Muy funcional eso de un equipo de meteorología. Le será de gran ayuda cuando quiera conocer el tiempo que le queda antes de morir asfixiado el día que los contínuos graves de ese subwoofer del infierno provoquen un cortocircuito que impida que las lunas tintadas bajen. Además, cualquier actividad que conjugue el verbo ‘atunar’ me suena a tuno y por ahí sí que no paso. Por cierto, no todo lo blanco es minimalista”, respondí. Y Leonardo dejó de molestarme. Creo que vuelvo a ser la mala persona que mi psicólogo argentino estaba logrando aislar.
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miércoles, 26 de enero de 2011
El 'buga' de tus sueños
Una semana, amigo Miguel. No sé cómo explicarte el agotamiento al que Leonardo, el novio de Marta, ha sometido a este cuerpo mío, que se ha convertido en río, que diría Bebe, durante la última semana. El hecho de que no compartiese su afición por ‘customizar’ coches ha provocado una convivencia entre los dos, tan innecesaria como reincidente, para convencerme de que el tuning es casi casi tan maravilloso como un disco de Andy y Lucas con DVD de regalo. “Tío, el tuning me da la vida. Es como personalizar tu coche”, me decía emocionado. “Pero si es tuyo imbécil, ¿para qué quieres personalizarlo?”, le contestaba. “Aunque claro, mejor el tuning que andar por la calle delinquiendo”, solía añadir. Compréndelo, ha sido una semana muy intensa y ya hemos pillado cierta confianza en el trato. “Yo tengo un colega que ya se ha gastado 10 kilos en ‘atunar’ su ‘buga’. Es un fiera. Su alerón es el mejor de Mallorca, llantas cromadas, lunas tintadas, tubarro de escape, pedales de aluminio, salpicadero blanco rollo animalista, asientos como los del AMC y un equiparro con tweeter y subwoofer. Hasta lleva un equipo de meteorología dentro, con su barómetro, su termómetro y hasta uno que mide la altura a la que estás”, me dijo para que, finalmente, dejase de vivir en la ignorancia y aceptase la evidencia. “Muy funcional eso de un equipo de meteorología. Le será de gran ayuda cuando quiera conocer el tiempo que le queda antes de morir asfixiado el día que los contínuos graves de ese subwoofer del infierno provoquen un cortocircuito que impida que las lunas tintadas bajen. Además, cualquier actividad que conjugue el verbo ‘atunar’ me suena a tuno y por ahí sí que no paso. Por cierto, no todo lo blanco es minimalista”, respondí. Y Leonardo dejó de molestarme. Creo que vuelvo a ser la mala persona que mi psicólogo argentino estaba logrando aislar.
miércoles, 21 de abril de 2010
Por favor, no customices tu coche

Como te iba contando ayer, decidí cambiar de psicólogo. Fue algo complejo porque ya sabes que cualquier cosa que diga un argentino suena mejor. Tuve que dejar a un lado mi debilidad por ese acento y comenzar a buscar nuevo psicoanalista. Recurrí a la persona que más sabe de eso en mi entorno: Marta. “Lo que más se lleva ahora, aparte del refining, es la terapia gestaltica”, me dijo. “Vente conmigo y te presentaré a la gente”. Al día siguiente estábamos esperando en la calle, con un frío de mil demonios, a su novio Leonardo, que pasaría a buscarnos con el coche para ir los tres juntitos al gabinete gestaltico. Ya sabes que las parejas que se psicoanalizan unidas permanecen unidas. No sé si fue el frío o el bótox lo que paralizó mi cara aquella mañana cuando vi aparecer a Leonardo con el coche. Conozco tus argumentos sobre mis prejuicios pero te aseguro que no entiendo a aquellos que convierten el coche en un museo del horror. Pues el vehículo de Leonardo era el catálogo de ese museo. El volante estaba tapizado con una especie de pelambrera de cebra que parecía que le había arrancado media peluca a Cruella De Vil. Eso sin contar el pomo transparente con estrellas de mar y concha jacobea que apretaba cada vez que quería cambiar las marchas. La tapicería del coche, indescriptible; una mezcla entre Aventura en la Selva y Aída. ¿Y los dados que cuelgan del espejo retrovisor? Te entran unas ganas locas de que saquen tres veces seis y se tengan que volver a casa, como en el parchís. Un sudor frío comenzó a recorrer mi nuca. La angustia se apoderó de mi cuerpo. Notaba una presencia a mis espaldas que impedía tranquilizarme. Con la parsimonia propia de una actriz de cine de terror, me fui girando lentamente hasta que... ¡Allí estaba! ¡Dios mío! ¡El odioso perrito que menea la cabeza al más mínimo movimiento, como si fuera la familia de Will Smith en El príncipe de Bel Air! Aquel día no hubo terapia. Me conformé con una tila y con saber qué diablos era el refining.
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