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jueves, 21 de octubre de 2010
Una confusión
Primera cita en...ya ni me acuerdo. Y sin ayuda de los profesionales del sector. Quedé con Marta para contárselo, porque si una cita no es lo suficientemente buena como para narrarse, lo mismo es que no era tan buena. “Nos conocimos en una librería”, comencé. “¿Librería? ¿Qué pasa, habían cerrado todos los bares de la ciudad?”, añadió Marta mientras le daba otro trago a su gin tonic. “Buscaba libros de antropología y yo...yo nada, pero me mostré muy interesado por un ensayo de Ian Buruma y Avishai Margalit sobre los estereotipos del mundo occidental que alimentan el odio”. En este punto, Marta estaba decidida a morderse la lengua y dejarse morir, así que fui al grano. “Acabamos en la misma estantería y...bueno, el resto ya te lo imaginas”. “¿Hubo sexo?”, preguntó. “No. Pero hemos quedado para vernos otra vez”. Como la expresión de Marta no resultó muy halagadora opté por soltar lo de la profesión, un as en la manga a la hora de sorprender a los amigos. “Es antropólogo”, dije. Marta puso cara de salir de ver 'Embrujada' (un espanto) y brindamos por el amor. Al día siguiente, Marta merendó con Encarna y le dijo que yo había quedado con un antropólogo y Encarna, a su vez, llamó a Emma, la rubia, para decirle que yo había tenido una cita con un antropomorfo, algo que sorprendió a Emma que, acto seguido, llamó a Josep para contarle que yo tenía un romance con un antropófago, a lo que Josep puso el grito en el cielo y llamó a Santi para comunicarle que yo tenía previsto casarme con un canibal que, además, era antropomorfita. Santi se indignó de tal manera que me hizo sospechar que no tenía ni puñetera idea de lo que significaba esa palabra pero, de todos modos, llamó a David para decirle que me había casado, en una ceremonia íntima, con un antropopiteco, algo que llegó a los oídos del propio antropólogo, al que sus amigos le recomendaron, entre carcajadas, que me controlase no fuera a ser que le pusiera los cuernos con el Myotragus. A él no le hizo mucha gracia y me quedé sin cita en menos que sientas un tránsfuga a tu mesa. Una pena.
sábado, 18 de septiembre de 2010
La cita

“Eso pasa por tomarte la vida tan a pecho”, me soltó mi amiga Marta después de escuchar mi narración. Quedé con ella en un café del centro para contarle que había tenido una cita. Ya sé que hay personas a las que este dato les resulta tan cotidiano que no entenderán mi recreación, a la que calificarán de desproporcionada. Podría decir que realmente soy un tipo desproporcionado, pero tampoco quiero crear falsas expectativas entre posibles amantes aficionados a leer columnas de opinión. Pero lo que es cierto es que soy un individuo de pocas citas. Por eso, cuando tengo una, la vivo como si fuera Nochevieja, la boda de mi mejor amigo o la retirada definitiva de Julio Iglesias de los escenarios: con mucha emoción y una entrega casi adolescente. Y según Marta, ahí está el error. Uno se pasa los domingos sentado frente a la tele, sin prestarle atención al telefilme basado en hechos reales, y dejando volar la imaginación hacia el páramo de la nostalgia o, en el mejor de los casos, hacia la ensoñación de la cita perfecta. Una disfunción cerebral hace que te imagines la cena, las velas, la balada de Norah Jones, el cutis radiante, la sonrisa encantadora, el polo de Ralph Lauren que te queda como un guante y no remarca lorza alguna y el vaquero que te hace un culo tipo Bon Jovi. Entonces, llega la cita e intentas poner en práctica tu fantasía animada dominical. Te afeitas, porque la barba canosa te hace mayor: te cortas y te irritas, porque es inevitable. Te aplicas corrector de bolsas para los ojos, pero no funciona porque lo que tú quieres es que la crema actúe sobre las bolsas como hace el Fairy con la grasa y eso, es imposible. El polo es de Ralph Lauren, eso sí, pero la lorza es digna de Michael Moore. Y no se va. Nunca se va. Está saturada. Como la grasa de las patatas fritas que te comiste en tu última depresión. Menos mal que si camino como si fuera un avestruz, marco un poco de culo. Lo del pelo no tiene solución. Te encantaría rapártelo, pero ya es tarde y te lo engominas hasta atentar contra los tratados de Kioto. Resultado: estás horrible. Y solo hay una cosa peor que estar espantoso: estar espantoso pero dando pistas de que has intentado parecer divino. Humillante. Y como llegas a la cita con la autoestima anorexica, no das lo mejor de ti y la cita es un fracaso. Si ya me lo decía Marta: “Te exiges demasiado”. ¿Será verdad?
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