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domingo, 16 de mayo de 2010

Va de drogas


Ha sido una semana rara, como de salsa de restaurante chino, de esas que no tienen mal sabor pero esconden un regustillo del que, en el fondo, no quieres conocer nada más. Medio Madrid celebraba la victoria de uno de sus equipos en la Liga Europea el mismo día que Zapatero anunciaba las diez medidas para reducir el déficit público. El fútbol es así: opio. Pura droga analgésica narcótica. De hecho, estoy convencido que si hubiera sido Diego Forlán el que hubiese comunicado que se bajaba el sueldo de los funcionarios en un 5%, lo mismo sólo iban a la huelga los de la Generalitat. A mí todo esto me dibuja un gesto de gilipollas en el rostro con la impresión de que no se va a borrar fácilmente. Necesito respuestas. Acumulo tal volumen de interrogantes en la vida diaria que mi archivo de preguntas ocuparía los 500 Gb de un disco duro. Me urge recopilar contestaciones, incluso a riesgo de que la decepción acabe siendo mi único aliado. Algunas las presiento cercanas –permítanme que frivolice un segundo pero el último episodio de Perdidos está al caer- y otras… sospecho que se acabarán instalando en mi subconsciente hasta que alguna droga analgésica narcótica me haga creer que nunca existieron. Como esa que me hace dudar si alguien tan alejado de mi ideología, como el señor Rajoy, tiene razón cuando le reclama a Zapatero la eliminación de la vicepresidencia tercera del Gobierno. No veo que en las diez medidas contra el déficit se refleje la devolución, por parte de la Banca, de los millones de euros que se le inyectó, como droga en vena, para que luego presentaran unos informes brillantes de beneficios. Sin embargo, sí leo la suspensión de la revalorización de las pensiones y una chorrada sobre los envases de los medicamentos que casi me provoca un aneurisma. Son tantas las preguntas y tan contradictorias las respuestas que nos ofrecen que podríamos quedar paralizados, de repente, por puro miedo. Congelados en medio de la calle, en la cola del autobús, frente a la caja del supermercado, como en una fantástica película americana de serie B.

Paso frente a un escaparate decorado con el acrónimo de la Televisión Digital Terrestre. Creo que la TDT es el mayor bluff de los últimos años. Ya sé que es pronto para sacar conclusiones tan drásticas pero aquellos que nos hablaban de variedad de canales, de multiplicar la oferta, de crear en España una televisión similar a la americana, con canales a lo HBO, creo que nos vendieron una moto. Lo único que veo en la TDT son películas infames, Sálvame en todos sus formatos y a todas horas, videoclips latinos y teletienda. Eso es todo. Muy apetecible. Muy HBO. Las productoras y las televisiones arriesgan menos que Santiago Segura rodando Torrente 4. Y para colmo de males me aseguran que nadie, de la jerarquía tecnológica pensante, se atreve a anunciarnos que la TDT ya se ha quedado vieja. Que ningún decodificador ni ningún televisor está preparado para recibir la Alta Definición, el HD en el que ya emite, por ejemplo, Telemadrid y TVE –no toda la programación porque hace falta una adaptación tecnológica importante y no está el horno para bollos-. A estas alturas empiezo a titubear. Ya no sé si quiero respuestas. Recibo una llamada de teléfono de Gustavo Jiménez Vera, el director de El Club de Pizzicato, en La 2. Me recuerda que otra televisión es posible y me confirma que el programa, en el que Nacho Pérez de la Paz y yo escribimos los guiones, ha sido nominado a los premios de la Academia de la Televisión. O sea, que estoy nominado. Ya sé que una gran mayoría, consumidora de esa televisión poco compatible con la Ley General Audiovisual, piensa que eso significa que la audiencia puede decidir si abandono o no la casa. En mi caso, la nominación va seguida de un galardón, no de un estudio en el que me van a poner a caer de un burro. El espacio, presentado por el violinista Ara Malikian, las actrices Rocío Calvo y Virginia Carmona, y el gato Pizzicato, es una manera de acercar la música clásica a los más jóvenes, convirtiendo el aprendizaje en algo divertido y con un lenguaje apropiado para aquellos que, nacidos en plena era digital, deben descubrir que ambos universos son compatibles. Pues bien, el programa está nominado, en la categoría de Mejor Infantil, junto a My Camp Rock de Disney Channel y Los Lunnis de TVE. Las buenas noticias son la mejor droga. Tienen mucho de analgésico pero apenas componentes narcóticos. Sólo espero que cada semana alguien se encargue de proporcionarme mi dosis de buenas noticias.

sábado, 1 de mayo de 2010

Después de tantos desencantos


En 1976, en plena España tardo-franquista, el director de cine Jaime Chávarri rodó un documental sobre la viuda y los tres hijos del poeta Leopoldo Panero. En ese trabajo se podía intuir la decadencia del régimen representado en una familia burguesa del franquismo que vive de la apariencia, la hipocresía, la mentira, la locura, el escándalo, el fracaso, el exceso,… El documental se titula El desencanto y marcó a toda una generación que, posiblemente hoy, maldiga a la familia Pajares cuando expone sus miserias en un plató de televisión. Parece lo mismo pero los tiempos y la intención, no lo son. Creo que en los ojos, en las miradas de la gente corriente, en las historias personales y familiares que se esconden en cada casa, se puede sospechar el estado de salud de una sociedad e, incluso, de un país. Escribo esto porque tengo la impresión de que ha vuelto el desencanto. Nos ha durado poco la alegría, menos la esperanza y menos aún la confianza. La gente camina por la calle con gesto melancólico. No hay cena o reunión en la que no se deje entrever el rostro de la decepción. Hemos sumado tantos desencantos que pedirnos un voto de confianza es una crueldad. Hay quien apunta que el Gobierno está buscando una cabeza de turco para entregarla al pueblo como salvoconducto ante el despropósito de su gestión de la crisis. Pero es que al pueblo…al pueblo ya nos da igual. ¿Qué más nos da que nos anuncien que hay otra vida mejor si ya no creemos en Dios? En los tiempos que corren, confiar en la clase política es un ejercicio de ingenuidad abofeteable. Cualquier familia española, de clase media, podría ponerse delante de una cámara, abrir su intimidad y demostrar que su tristeza, que su apariencia, no es otra cosa que el reflejo de un tiempo y de un país.

Y cuando salgo a la calle, ese lugar en el que la mayoría empezamos a disimular, me encuentro con Alberto Ruíz Gallardón, su mujer, Mar Utrera, y el perro. Ser vecino de barrio del alcalde de Madrid te invita a asistir a estampas cotidianas como esa. No es la primera vez que veo a Gallardón paseando al perro, rodeado de guardaespaldas. Pero sí es la primera vez que veía cómo un matrimonio mayor, con aspecto de vivir de una sencilla pensión, paraba al alcalde y a su esposa para tocarlos y decirles lo mucho que les admiraban, lo mucho que les valoraban y lo mucho que les votaban. Y yo, con mi desencanto a cuestas. Fue entonces cuando Mar Utrera, imagino que cansada de los elogios repetitivos, decidió poner fin a la conversación y empezó a caminar. Entonces, la señora, sin soltar el brazo de Gallardón, se giró hacia su mujer y gritó: “Señora, venga aquí. No se marche. Que le estamos hablando”. La mujer regresó con una medio sonrisa, Gallardón demostró que era más centrista que nadie y yo me marché calle abajo, que los guardaespaldas ya me miraban mal. Cada uno tiene su votante. Los de Gallardón, mantienen la disciplina de partido y el carácter ‘ordeno y mando’ hasta en la calle. Los de Zapatero, se desencantan y van raspándose los nudillos contra los muros de la ciudad, como hacía Juliette Binoche en Azúl, la película de Kieslowski en la que una mujer apenada se enfrentaba a tiempos difíciles, a la reconstrucción de una vida maltrecha, con unas herramientas que ni ella misma sabía que tenía.