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viernes, 21 de enero de 2011

¿Por qué nos gusta 'House'?


Estábamos rebañando un Häagen Dazs de tarta de queso cuando mi amiga Marta decidió verbalizar lo que pensaba. “Yo que tú, cambiaba de psicoanalista. De la manera en la que te trata, dudo que acabes superando tus traumas”, dijo, “Chica, lo cuentas como yo si fuera Norman Bates. Tampoco tengo tantos traumas. Voy al psicoanalista como el que va al fisioterapeuta: para aprender a sentirme mejor. Además, ya sabes que me gusta el acento argentino”, apunté. “Lo sé. Yo también voy a ese psicólogo pero contigo se comporta de una manera extraña”, añadió. “Ahora la culpa la tendré yo”.

Me puse a la defensiva, qué iba a hacer.

“No, pero reconoce que contigo es impertinente, arrogante, sarcástico, frío, incrédulo y brutalmente honesto. Y ahora, si me disculpas, me tengo que marchar. Empieza 'House' y no me la puedo perder. Es mi serie favorita”.

Marta se fue. Y me quedé en casa, con un recipiente de Häagen Dazs vacío, dándole vueltas a la cabeza, como la niña de 'El exorcista'. ¿Por qué nos gusta tanto 'House' si no seríamos capaces de soportar a un doctor que realmente fuera así? Llamé a Encarna, que ha cambiado a Vilches por House, y se lo pregunté. “Porque en la ficción todo vale. Es el único terreno de la vida en donde lo políticamente incorrecto es agradecido. Es como una válvula de escape, como el pitorro de la olla expres, un desahogo”, me contestó. Luego llamé a David. “Escucha: ‘Una enfermedad que ataca al cerebro, al corazón y a los testículos, ¿no será un poema de Byron?’ ¿No te parece genial? Hay que ver 'House' porque tiene frases que puedes emplear en tu vida cotidiana y quedar como un auténtico genio delante de tus amistades”, soltó. Y marqué el número de Marta. “Porque House cura enfermedades, no pacientes. Porque algunos médicos de nuestra Seguridad Social son igual de impertinentes pero sin un equipo de guionistas detrás. Porque hay doctores que no son capaces ni de detectar un embarazo y diagnostican gases. Y porque, gracias a House, tenemos aún más claro que todo el mundo miente”. Y me colgó. Está echando un carácter...

jueves, 18 de marzo de 2010

La trampa antiedad

“Los productos antiedad son como los pacientes de House: todos mienten”. Así de claro lo dejó doña Guillermina, una mujer de familia bien que invirtió gran parte de la fortuna de su marido en una interminable carrera contra el envejecimiento. “Yo, por herencia familiar, siempre he sido anti-radicales libres”, bromeaba, en sus buenos tiempos, mientras hojeaba la información nacional de un periódico de derechas. “Antioxidantes, melatonina, ampollas de Gerovital, toda la gama de cosmética de La Mer,... Lo he probado todo y mírame. Sigo teniendo 78 años”, se quejaba. Doña Guillermina no quería atajar el paso del tiempo; quería invertirlo, como Fedora. “Ya te darás cuenta de lo terrible que es el primer día que te sitúes frente a una jovencísima dependienta para comprar tu primera crema antiarrugas. Te aseguro que no lo olvidarás nunca”. Y lo contaba como si hablase de un fusilamiento durante la Guerra Civil. “La dependienta te observará con la mirada luminosa, la sonrisa perfecta y el rostro hidratado. Hablará maravillas del producto que está a punto de venderte y tú, ciega de fe, creerás todas y cada una de sus palabras pensando que esa crema te convertirá en el reflejo de esa dependienta, sin darte cuenta que ella deslumbra no porque use cremas antiedad sino porque tiene treinta años menos que tú.” Y uno la escuchaba y creía estar viendo a Nuria Espert en una versión teatral de Mr. Skeffington. “Ese tipo de productos deberían estar prohibidos. No se puede jugar con nuestras emociones como lo hacen las empresas cosméticas”, reclamaba, mientras la televisión informaba sobre el abuso de la industria farmacéutica en el Tercer Mundo. Entonces, me atreví a decir: “Las arrugas son vida, experiencias. No debería eliminarlas de su rostro. Son un orgullo”. Me miró como si hubiese blasfemado y añadió: “Mis experiencias están en mi memoria, en mis álbumes de fotos y hasta en los 50 años que Televisión Española no deja de cumplir. Por mí, como si todas esas experiencias quieren estar dando vueltas por el salón de casa. Que estén donde quieran menos en mi cara.” Ayer me he comprado el Anti-Rides de Biotherm. Creo que tengo que hacer algo con mis arrugas de expresión.


(Artículo publicado el 10 de diciembre de 2006)