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domingo, 9 de enero de 2011

No me comí las uvas de la suerte

Este fin de año no he comido uvas. Hace tiempo que ya tengo asumido que aunque ese fruto te ayude a eliminar toxinas, lo que desde luego no tiene son capacidades venturosas. Vamos, que relacionar la suerte con que te comas o no te comas las doce uvas al ritmo que marca el reloj es tan disparatado como encontrar un ejemplar de Salario, precio y ganancia de Karl Marx en casa de Ángela Merkel. Las uvas, el oro en la copa –que siempre me ha parecido una cerdada más que una invocación a la buena fortuna- o la ropa interior roja son tradiciones tontas que, eso sí, nos hacen la vida más agradable. Porque todo lo que da esperanza, aunque sea una estupidez, es positivo. La suerte de nuestros años venideros tiene más que ver con los ‘mercados’ que con las tradiciones e, incluso, la ideología de nuestros políticos. La desconfianza reside en que sabemos de sobra la ideología de los mercados y eso acojona. Pero, aún así, no me tomé las uvas. Y eso que su pulpa, administrada como una mascarilla durante 20 minutos, es un buen recurso para eliminar las arrugas. De hecho, yo se lo hubiera recomendado a Zapatero si hubiera tenido la oportunidad de echármelo a la cara. Ese hombre ha envejecido en el último año más que en las dos últimas décadas.

Y aunque confieso que lo que más me atraía de las uvas de este año eran sus propiedades laxantes, algo que me permitiría empezar a cagarme en todo y así estar inmunizado a cualquier decisión de los ‘mercados’, no me las tomé porque estaba en Francia, ese país que ya lleva cuatro huelgas generales, y donde la tradición de Nochevieja es besar a un desconocido. Está claro que los creadores del ‘menage a trois’ saben lo que es celebrar un fin de año a lo grande. Pero eso no es todo. Todavía se podía cambiar de década con grandes dosis de surrealismo capitalista. Y mi familia, y yo, lo hicimos. Despedimos el año frente al castillo de la Bella Durmiente en Disneyland París. Puede que a algunos les resulte un ejercicio de frikismo, puede que hasta un hecho desproporcionado y pelín hortera, pero después de sufrir un año en el que un gobierno de izquierdas tomó decisiones de derechas, unos sindicatos decidieron aplazar la huelga general contra la reforma laboral a una fecha en la que la reforma ya estuviera aprobada y los culpables de la crisis mundial recibieran dinero del Estado, como si encima hubiera que estarles agradecidos, no me negarán que empezar el año al lado de un osito amarillo, un pato cascarrabias, una rata chef y un perro antropomorfo era la apuesta más razonable.

Hoy me pregunto si el hombre que iba dentro de Mickey Mouse sonreía mientras hacía todas esas pantomimas. También me pregunto si el señor empresario Robert Iger pagará bien a sus empleados; lo suficientemente bien como para que no les costase nada fingir que eran felices en el reino de la fantasía. Y mientras me pregunto todo eso asisto, estupefacto, a una portada de El País Semanal dedicada a la llamada ‘reina del pueblo’. Y me doy cuenta que me merece casi más respeto Telecinco, que siempre dejó claro que hacían tele para vender publicidad, que los del Grupo Prisa, que fueron de referencia, de prestigio, de calidad, y en el fondo también hacen un producto para vender publicidad. Y si no es rentable, venden, como ha sucedido con CNN+, ahora Gran Hermano 24 horas. Ellos aseguran que el hecho de que Belén Esteban fuera portada del suplemento dominical más leído de España no tiene nada que ver con la compra de Cuatro por parte de Telecinco. Y nosotros, que nos lo creemos todo, tragamos con pulpo como animal de compañía como tragamos con un Premio Ondas, que también entregaba Prisa, a Jorge Javier Vázquez. Y por si todo esto les parece poco circo, llega el anuncio navideño de Antena 3, creado por la agencia de publicidad de Risto Mejide, otro producto de Telecinco, y arremete contra la cadena de Paolo Vasile apuntando (o mejor dicho, cantando) que ellos hacen entretenimiento sin humillar a nadie. Supongo que no se referirán a DEC, donde la ‘gran hermana’ María José Galera insultaba, hace un mes y pico, a su ex amante y también ‘gran hermano’ Jorge Berrocal y le acusaba de masturbarse delante de su hija, que estaba dormida. Y eso era Antena 3 que, como Telecinco o el Grupo Prisa, lo que quiere es tener más audiencia para cobrar más cara la publicidad.

Dicho esto, reflexionen sobre dos cuestiones: ¿aceptarían que el Gobierno aumentase la partida presupuestaria para RTVE a cambio de una televisión y una radio a la que le importase un pimiento vender o no vender publicidad y su objetivo fuera la calidad y no el instinto básico? Y, ¿de verdad les parece friki pasar la Nochevieja con Buzz Lightyear cuando tenemos semejante panorama en casa?


sábado, 19 de junio de 2010

El cuento cambiado


Érase una vez una niña, hija de un rey, que tenía una madrastra obsesionada con matarla al saber que la superaba en belleza. No vamos a tener en cuenta que el informador de la malvada reina era un impertinente espejo mágico; es lo que tiene el reino de la fantasía, que el número de malos hábitos humanos son adoptados por animales y seres inanimados, para más coña. La joven, que respondía al sencillo nombre de Blancanieves, acabó escapando del oscuro dominio de la madrastra y se refugió en la casa de siete enanitos que echaban horas como locos en una mina de diamantes, aunque eso no significaba que viviesen con todo lujo de comodidades. Es lo que tiene la fantasía, que es irracional. Hasta que llegó el día en que la madrastra descubrió el paradero de Blancanieves y decidió tomarse una poción mágica -en el reino de la fantasía, esa bebida es tan popular como un Cacique con Coca Cola en nuestros fines de semana-. Se transformó en una bruja irreconocible, sin necesidad de inyectarse bótox, y, con un cesto de manzanas envenenadas, fue al encuentro de Blancanieves. Cuando tuvo delante ala muchacha, la bruja le ofreció una manzana. Sin embargo, para sorpresa de la madrastra, Blancanieves se negó a comérsela. “Pero, ¿cómo que no? Si no muerdes la manzana no podemos seguir con el cuento”, le reprochó la bruja. “Me importa un pimiento la manzana. Estoy harta de envenenarme cada dos por tres por las cuatro perras de mierda que me pagan. O hablamos de un aumento de sueldo o la manzana se la come el enano como que me llamo Blancanieves”, soltó la chica. Los cuentos ya no son lo que eran. En un sistema capitalista como el que rige las voluntades, y los bolsillos, de todo occidente, la realidad siempre supera a la ficción. El pasado viernes, los visitantes que entraban al mágico mundo de Disneylandia, en Los Angeles, vieron con asombro cómo la policía detenía a Blancanieves, Cenicienta o Campanilla por reclamar mejoras laborales. Cerca de 32 empleados del parque, que representaban a 2.000 trabajadores de los hoteles del parque temático, todos propiedad de la empresa Disney, fueron detenidos por obstaculizar el tráfico con sus reclamaciones. “Yo pediría una indemnización al Estado por el trauma ocasionado a los cientos de niños que vieron esa escena”, dijo Emma. “Yo hubiese pagado por verla”, añadió Marta. En nuestro planeta ya no queda espacio para la fantasía. Si hemos llegado a un punto en el que ni Blancanieves ni Cenicienta pueden pagarse un seguro médico y no llegan a fin de mes, quizá es que algo no funciona. “Que no se lamenten tanto”, interrumpió Marta. “Suerte tienen de estar en Los Ángeles, que si el EuroDisney lo llegan a abrir en España, Blancanieves sería una mileurista y no podría independizarse de los enanitos en toda su vida”. Y se quedó tan pancha.