Llevo unos días que me mosqueo por cualquier cosa. Me molesta hasta la música de las cortinillas de RTVE. De la irritabilidad paso a sufrir taquicardias, que alimentan mi ansiedad, y cuando pretendo combatirlas a base de tranquimacines, voy...y me pongo triste. Oye, que se me saltan las lágrimas con el anuncio de Casa Tarradellas. Según un conocido, esa montaña rusa de las emociones tiene que ver con el síndrome postvacacional. “Pero, ¡si me fui de vacaciones hace un año!”, comenté. “No importa. Hay personas que psicomatizan a largo plazo”.
Vamos, que encima de provocarme el síntoma, lo hacía con retraso. Ese dato no hizo otra cosa que acentuar mi bajo estado de ánimo y me tomé otro ansiolítico. “La extrema exigencia en el ámbito laboral es una de las causas de estos indícios. Y sospecho que en tu caso se podría agravar porque tienes un perfil muy exigente contigo mismo”, añadió. O sea, que debo darme vacaciones de mí mismo. Regresar a mí mismo de forma gradual, no hacerlo en lunes pero sí con actitud positiva. E imagino que como todo empresario que se precie, me despediré. “Y jamas, bajo ningun concepto, echar cuentas de los días que nos quedan para volver a tener vacaciones”, continuó el conocido. Mientras yo apuntaba todo eso en mi libreta, Marta se sacó un pitillo y dijo: “Eso del síndrome postvacacional es una chorrada propia de millonario. La gente que tiene que levantarse cada día y buscarse las castañas de verdad no sufre este tipo de males”. “¿Rico yo?”, pregunté alucinado. “Podrías serlo”, dijo Marta. Según ella, y dos señores americanos muy listos, los millonarios viven como personas de clase media. “Es el síndrome Inditex, también conocido como efecto Amancio Ortega”, explicó Marta. Según nuestra amiga, la gran parte de los millonarios actuales lo son porque su abuelo o su padre se dejó los cuernos trabajando para que ellos vivan ahora como reyes. “Pero para construir fortunas, hay que tener un estilo de vida conservador. Ese es el verdadero millonario. Lo otro, es gente que gasta dinero y en eso no hay ningún mérito”. Y me sentí mejor. Tener un rasgo de millonario, aunque fuese psicomatizado, me ayudaba a dejar el tranquimacín.


undo de Michael Cunningham, busco una salida al abatimiento y comienzo a imaginarme historias detrás de los ojos de la persona que tengo sentada enfrente, y en las expresiones congeladas desde las 8 de la mañana de un grupo de ecuatorianos, y en las manos que sujetan un libro envuelto en papel de periódico, para que no se ensucie la cubierta, o tras las cabezadas incontrolables de una mujer casi anciana que oculta sus zapatos tras varias bolsas con compra del mercado. En uno de esos recorridos por el subsuelo, sin libro ni música que echarme a la imaginación, me llamó la atención un titular sensacionalista del periódico de veinte páginas que leía la persona que viajaba a mi lado. En la misma tipografía que el publicista de Pepa Flores utilizaría para promocionar el regreso de ‘la más grande’ a la música, leí: “¡Tranquilos, los ricos viven menos!”. Así, con signos de admiración y subtítulos jocosos que nos hicieran pensar, a todos esos individuos anónimos que viajábamos en ese vagón –porque los ricos no van en Metro-, que en el fondo, los afortunados éramos nosotros no ellos, que viajan en coches de lunas tintadas y aire acondicionado, que ven la luz del sol mientras hablan por el móvil con la secretaria que les reserva mesa para esa noche en el restaurante de moda. ¡Qué bueno ser pobre de clase media ahora que el dinero, además de no dar la felicidad, acorta la vida! Al llegar a mi destino se lo conté a Emma, la ex secretaria rubia de mi ex psicoanalista, y dijo: “¿Estaba bueno el tío que leía eso?” Así que llamé a Marta, que es como entrevistar a Loquillo, que siempre te da un titular. O dos. “Me parece una ofensa inmoral que alguien se dedique a elaborar estadísticas absurdas con el objetivo de hacernos creer que los ricos también lloran porque su consumo insostenible de bienes y servicios perjudica seriamente su esperanza de vida”, contestó indignada. Le expliqué que existen 14 consejos para vivir más tiempo y que quizá deberíamos ponerlos en práctica: no dormir demasiado, ser optimista, practicar más sexo, tener una mascota, hacerte análisis regularmente, dejar de fumar, vivir con tranquilidad, comer alimentos antioxidantes, emparejarte bien genéticamente (o sea, que tu pareja también tenga padres y abuelos longevos. Eso suponiendo que desees que tu hijo también viva mucho, que eso va en gustos), hacer ejercicio, reír, perder peso, controlar el estrés y meditar. “¿No te das cuenta que hay que ser rico para poder cumplir con todo eso?”, apuntó Marta. Y decidimos que, aunque pobres, esa noche íbamos a intentar cumplir con el tercer consejo tantas veces como ricos dicen que entran en el infierno.