Todo termina. Nada es para siempre. Es cuestión de fijarse bien en la fecha de caducidad. Y eso también incluye los sentimientos, las emociones y las inquietudes. A mí, por ejemplo, me ha caducado la paciencia. Se ha quedado blanquecina. Como ágria. No es la que era. Lo noto cuando leo que los jóvenes españoles están obligados a compartir piso si quieren independizarse. “Existe hasta un perfil de persona para compartir vivienda”, le explicaba a Marta. “28 años, trabajando en una gran ciudad, pagando 400 euros por habitación y conviviendo con ambos sexos”, añadí. Entonces me doy cuenta que ya no tengo paciencia para compartir piso con nadie. Que no tengo ninguna gana de convivir con alguien que no sea yo. Marta cree que el problema está en el optimismo con el que he leído la frase. “El reportaje habla de jóvenes, ¿por qué crees que tiene que ver contigo?”, dijo, sin ninguna piedad. Y posiblemente tenga razón. La paciencia me caducó porque, como sucede con todo lo que concluye, el tiempo le pasó por encima. Ya no tengo edad para soportar las manías de completos desconocidos a cambio de una economía más o menos desahogada. Quiero dejar los cacharros en el fregadero el tiempo que necesite mi fatiga; no preocuparme del canal de la tele, de la serie favorita de unos y otros, ni de a quién le toca hacer el baño. No me apetece repartir los estantes de la nevera ni los armarios de la cocina. Ni preguntar la conveniencia o no de hacer una fiesta en casa. Mi capacidad de aguante es minúscula y mi tolerancia en la convivencia empieza y acaba en mí mismo. Eso me obliga a gastar una cantidad vergonzosa en un alquiler que, encima, no me desgrava pero que, aún así, es más barato que la hipoteca que tendría que pagar por ese mismo piso. Cuanto más lo pienso, menos incentivos le veo a abandonar el hogar familiar para acabar aceptando los antojos de un grupo de compañeros de trabajo. Ni siquiera si son amigos porque, lo más posible, es que después de convivir, dejen de serlo. Marta cree que me he vuelto un misántropo y que así, dificilmente lograré que alguien sonriente me invite a cenar un viernes. No me entiende. No comprende que desde que me caducó la paciencia, ceno con una sonrisa todas las noches.
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lunes, 17 de enero de 2011
Compartir piso
Todo termina. Nada es para siempre. Es cuestión de fijarse bien en la fecha de caducidad. Y eso también incluye los sentimientos, las emociones y las inquietudes. A mí, por ejemplo, me ha caducado la paciencia. Se ha quedado blanquecina. Como ágria. No es la que era. Lo noto cuando leo que los jóvenes españoles están obligados a compartir piso si quieren independizarse. “Existe hasta un perfil de persona para compartir vivienda”, le explicaba a Marta. “28 años, trabajando en una gran ciudad, pagando 400 euros por habitación y conviviendo con ambos sexos”, añadí. Entonces me doy cuenta que ya no tengo paciencia para compartir piso con nadie. Que no tengo ninguna gana de convivir con alguien que no sea yo. Marta cree que el problema está en el optimismo con el que he leído la frase. “El reportaje habla de jóvenes, ¿por qué crees que tiene que ver contigo?”, dijo, sin ninguna piedad. Y posiblemente tenga razón. La paciencia me caducó porque, como sucede con todo lo que concluye, el tiempo le pasó por encima. Ya no tengo edad para soportar las manías de completos desconocidos a cambio de una economía más o menos desahogada. Quiero dejar los cacharros en el fregadero el tiempo que necesite mi fatiga; no preocuparme del canal de la tele, de la serie favorita de unos y otros, ni de a quién le toca hacer el baño. No me apetece repartir los estantes de la nevera ni los armarios de la cocina. Ni preguntar la conveniencia o no de hacer una fiesta en casa. Mi capacidad de aguante es minúscula y mi tolerancia en la convivencia empieza y acaba en mí mismo. Eso me obliga a gastar una cantidad vergonzosa en un alquiler que, encima, no me desgrava pero que, aún así, es más barato que la hipoteca que tendría que pagar por ese mismo piso. Cuanto más lo pienso, menos incentivos le veo a abandonar el hogar familiar para acabar aceptando los antojos de un grupo de compañeros de trabajo. Ni siquiera si son amigos porque, lo más posible, es que después de convivir, dejen de serlo. Marta cree que me he vuelto un misántropo y que así, dificilmente lograré que alguien sonriente me invite a cenar un viernes. No me entiende. No comprende que desde que me caducó la paciencia, ceno con una sonrisa todas las noches.
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